Es difícil describir lo vivido por la afición del Rayo y, a la vez, muy fácil entender lo que sintieron tras la histórica clasificación para la final de la Conference. Un triunfo muy celebrado en el sur de Madrid, pero también en el norte, en el oeste y en el este. Por supuesto, también en Estrasburgo. Una alegría compartida en la Fuente de la Asamblea de Vallecas, donde los hinchas de la franja terminaron empapados. Cánticos, tragos y abrazos entre desconocidos unidos por la fe de un barrio inquebrantable.
De los fuegos artificiales a las bengalas
Hasta 1.600 rayistas acompañaron al Rayo en Estrasburgo después de hacer colas interminables a las puertas de un estadio que ya forma parte del camino histórico del equipo hacia la final de la Conference. Sin venta online, pidiendo favores para que les cubrieran en el trabajo y con la angustia de que las taquillas cerrasen de un momento a otro. Todo el que pudo estuvo en el Stade de la Meinau, donde hasta el público local terminó ovacionando la gesta de un equipo que firmó el mejor partido de la temporada justo en el escenario que más lo exigía.
Los seguidores franjirrojos entraron tarde al campo, escoltados por un fuerte dispositivo policial. Cualquier malestar desapareció de golpe con el pitido inicial de un partido que terminó entre bengalas. Había comenzado de una manera muy distinta, con las lágrimas de Ilias, que no pudo ser de la partida tras lesionarse en el calentamiento. Le sustituyó un Pacha Espino al que adora Iñigo Pérez, más en manga corta que nunca bajo el calor de un estadio en el que también hubo protestas contra la multipropiedad. Porque el Estrasburgo es del Chelsea, pero sus aficionados no lo sienten así.
Se ven más representados en un Rayo al que intentaron incomodar con fuegos artificiales a las 2.00 de la madrugada, como si no supieran que en Vallecas las noches pueden hacerse eternas. Más aún antes de una semifinal en la que conciliar el sueño es lo de menos. Van a sobrar horas hasta el 27 de mayo, cuando el Crystal Palace aparecerá como el último obstáculo. Territorio Premier, la máxima representación del fútbol moderno. Para colmo, un club que tienta a Andoni Iraola, con quien comenzó el asalto a los cielos.
“¿Baño? Baño al Estrasburgo”
Hasta una tostadora hizo saltar las alarmas del hotel en el que el Rayo mató las horas previas a un duelo en el que los jugadores no dejaron de mirar hacia la grada. No faltaron los clásicos en una celebración infinita. “La vida pirata” sonó como himno de varias generaciones que reivindican el carácter obrero de un barrio irreverente, capaz de imponerse incluso a sus propias contradicciones, como las que plantea la relación con la directiva que preside Raúl Martín Presa. Pero todas las diferencias quedaron a un lado en una noche que ya es eterna.
La contarán quienes estuvieron en la colmena que se levantó en el Stade de la Meinau, pero también todos los que siguieron el partido desde los bares de las calles aledañas a un Estadio de Vallecas en el que también se disputó la vuelta. Sus puertas permanecían cerradas, pero en los locales de alrededor cada aficionado remataba como si fuera Alemão en busca del gol definitivo. Alguno incluso se lanzó al suelo indicando a Batalla hacia dónde debía tirarse para frustrar el disparo de Enciso que confirmó el pase a la final.
“¿Baño? Baño al Estrasburgo”, repetía con ironía uno de los hinchas empapados hasta los huesos en una Fuente de la Asamblea que volverá a vestirse de gala dentro de unas semanas. Nadie contempla en Vallecas un desenlace distinto a la victoria. Aunque tocará actualizar el cántico de moda, ese que surge de manera espontánea hasta en las paradas del autobús. “Por la mañana café, por la tarde ron, llévanos a Leipzig, Isi Palazón”. Un himno contra las ojeras, los malos días, los regulares y también los grandiosos que ha regalado el Rayo a cualquiera que alguna vez se haya acercado a una fe indómita que arrastra para siempre a quien pisa Vallecas.















