Gramsci define las crisis como el momento en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Es en ese interregno cuando aparecen los monstruos, como el que el devoró a Gaietà Ripoll el 31 de julio de 1826, hace ahora 200 años. València lleva la cruz de haber visto colgado al último hereje que ejecutó la Inquisición Española en el mundo.
Gaietà Ripoll. / Levante-EMV
La historia de Ripoll es más o menos conocida: un catalán de Solsona nacido en 1778, veterano de las guerras napoleónicas, preso de los franceses, miliciano en el trienio liberal, un hombre de profundas convicciones cristianas que entró en contacto con librepensadores, con ideas de una cultura abierta a Voltaire y Rosseau, que evolucionó al deísmo, una corriente que cree en Dios, en una relación directa con él, pero distanciada de la jerarquía eclesiástica, sus dogmas y sus ritos.
Ese es el Gaietà Ripoll que termina en l’Horta de Valencia por motivos que se desconocen, en una alquería recientemente localizada en la Punta (entonces conocida como l’Horta de Russafa), y que instruirá a los hijos de los llauradors. Mal momento para tener ideas avanzadas. Mal lugar para exhibirlas.
Una víctima fácil
Tras el trienio liberal, en plena restauración absolutista (1824), la archidiócesis valenciana recupera la antigua Inquisición bajo el nombre de Junta de Fe. Valencia se sitúa a la vanguardia de la reacción. En aquel momento de tensión histórica entre la modernidad y el retroceso que se negaba a capitular, Ripoll será una víctima fácil. “El arzobispo Simón López era un superviviente del antiguo régimen”, un radical entre integristas, viene a definir Alfred Bosch, exconseller catalán y escritor que publicó Inquisitio (Planeta, 2007), una novela sobre aquel proceso.
“López quiere procesos ejemplares, se cruza un pobre desgraciado y la toman con él. No tiene conexiones, es inofensivo, no tiene fuerza. Y es maestro. Enseñar a los niños, dar mal ejemplo, lo consideran un agravante terrible”, narra Bosch, sobre costumbres como no creer en la virginidad de María o no santiguarse.
Ripoll no acudía a misa ni llevaba a sus alumnos; no salía a la puerta de la choza donde daba clase para saludar el paso del Viático quitándose el sombrero; comía carne en Viernes Santo; y sustituía en las oraciones de clase la expresión «Ave María» por «Alabado sea Dios», recordaba hace unos años un documental impulsado por la Associació Valenciana d´Ateus i Lliurepensadors (Avall).
Su proceso durará dos años. Dos años de prisión, interrogatorios y resistencia. Gaietà Ripoll no ayuda a suavizar las cosas. “En algún momento le proponen una abjuración de su herejía. Pero no reniega de nada, mantiene sus convicciones”, cuenta Bosch.
Autos de fe frente a trenes e ideas
Aquello terminó con Gaietà Ripoll en la horca, a los 48 años, ajusticiado en la plaça del Mercat de València en medio de un espectáculo siniestro, con el pueblo en la calle, paseado y exhibido por el centro, desde su prisión hasta el mercado. Mientras en Europa las revoluciones liberales ya se habían asentado y se vivía la revolución industrial, en València se instalaba el cadáver en un tonel con llamas pintadas para ilustrar la purificación del fuego necesaria con los herejes. Autos de fe frente a trenes e ideas. España y Valencia en la retaguardia de la Historia.
Ripoll será sepultado fuera del cementerio general de Valencia, como los herejes medievales, sin ninguna señal que lo identificase. En esos metros cuadrados de tierra donde termina una historia de España. Porque aquel crimen será el último. No es que hubiera una campaña de presión internacional pero el proceso, que conectaba con la Leyenda Negra, escandalizó y hubo noticias en la prensa británica o francesa, un país muy vinculado al régimen restaurado en España. No parece una buena propaganda. Ocho años después aquella estructura fue desmontada de manera definitiva.
Icono laico recuperado
Ripoll murió como víctima aunque se le rescató como héroe. Una especie de icono laico, una de los primeros mártires de la modernidad en España recuperado por el republicanismo blasquista a principios del siglo XX.

Alquería de la Punta donde recientemente se localzó su casa. / Levante-EMV
Pese al desconocimiento general sobre el mestre Ripoll (tiene una plaza en València al final de Blasco Ibáñez), su figura sigue despertando interés. En 2012 se produjo aquel documental y una investigación reciente localizó el lugar donde impartía clases. En 2017 el ayuntamiento de Joan Ribó restituyó en su honor la placa que había estado entre 1906 y 1940 en la plaza del Mercado de Russafa. Ahora, la Societat Coral el Micalet trabaja en algún tipo de acto para julio, como en Solsona, su municipio natal.
Es un personaje abonado a la literatura, como demuestra otra novela, La ultima hoguera, de Enrique Tomás. Es una historia, también, que reverbera en el momento actual.
“Hay mucha distancia. La Iglesia no mata a los herejes, pero sí hay elementos de reacción ultra en todo el mundo. Cosas que hace 30 años parecían incuestionables ahora se cuestionan: sobre el ecologismo, la ciencia, el machismo… tiene cierto retorno. Nos ayuda a entender que esto siempre se ha de cuidar. Una mala época devuelve fantasmas”, concluye Alfred Bosch.
Suscríbete para seguir leyendo












