Entre las muchas proclamas que hizo David Navarro cuando tomó el mando del Real Zaragoza en busca de una salvación que por aquel entonces ya parecía algo similar a una quimera, una en la que más hincapié hizo el técnico fue la de recuperar la fortaleza en casa en la primera temporada en la que el equipo aragonés, por las obras en La Romareda, se veía obligado a exiliarse al estadio modular.
Hasta ese momento, los números del Zaragoza como local eran para echarse a temblar e incompatibles con cualquier tipo de esperanza con mantener la categoría. Pero el discurso de David Navarro convenció y más lo hicieron las actuaciones de los blanquillos en sus dos primeros partidos en el Ibercaja Estadio con el nuevo técnico a los mandos. Por el resultado y por la entidad de los rivales. Porque cuando peor pintaban las cosas el Real Zaragoza cuajó dos de sus mejores partidos de la temporada para superar de manera consecutiva al Almería y al Racing de Santander en un estadio que, por primera vez, podía considerarse, por el ambiente que se vivió, una mini Romareda. El Real Zaragoza había encontrado un «hogar», como no se cansó de repetir David Navarro en sus apariciones ante la prensa. Y era verdad. Porque tanto a la afición le apetecía acudir al Ibercaja Estadio como los jugadores tenían ganas de jugar delante de su gente.
Pero algo se rompió el día en el que el Mirandés visitó Zaragoza. Los jabatos llegaron como colistas y como la víctima perfecta para que los blanquillos cosecharan su tercer triunfo seguido como local. Comenzó bien la cosa y los aragoneses se adelantaron con un gol de penalti transformado por Dani Gómez, pero los visitantes le dieron la vuelta al partido gracias a la debilidad defensiva zaragocista y después el equipo falló cosas imperdonables para sumar la que, por aquel entonces, era la octava derrota del curso en el Ibercaja Estadio, lo que ya era un récord histórico negativo del Real Zaragoza en Segunda División.
Datos insostenibles
Tampoco los resultados a domicilio acompañaron y el siguiente partido en el modular acabó por confirmar que el aura del que parecía haberse impregnado el Ibercaja Estadio se había esfumado. Tras remontar ante diez jugadores, el empate con sabor a dolorosa derrota que rescató el Ceuta en el descuento dejó helados a todos los presentes. Lo ocurrido el pasado viernes ante el Granada, además de consumar la novena derrota (décima si se cuenta la eliminatoria copera ante el Burgos) del curso en casa, dejó claro que lo de que el Ibercaja Estadio se había convertido en un hogar se ha quedado en un espejismo y que, en el peor momento, ha vuelto a ser un lugar frío y casi hostil que le va a costar, si no hay milagro de aquí al final, salir al Real Zaragoza del fútbol profesional.
Porque es imposible que un equipo con las estadísticas que presentan los blanquillos como local pueda pensar en salvarse. El balance hasta el momento es de, en Liga, de 4 victorias, 6 empates y 9 derrotas en 19 partidos. Eso supone que el Zaragoza solo se ha quedado con un 31,6% de los puntos que se han puesto en juego en el Ibercaja Estadio. Los aragoneses solo han podido anotar 17 goles (0,85 por encuentro) y han encajado 27 (1,35). Números anticompetitivos y que explican muchas cosas de lo que le ha sucedido al Zaragoza esta trágica temporada.













