«Siento ardientes deseos de perpetuar por medio del pincel las más notables y heroicas acciones o escenas de nuestra gloriosa insurrección contra el tirano de Europa». Así resumió el propio Francisco de Goya los sentimientos detrás de ‘El 3 de mayo en Madrid’ (o ‘Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío’), que bien se podrían extender a su otra mitad, ‘La lucha con los mamelucos’. Más de 200 años después del levantamiento del pueblo de Madrid contra las tropas francesas en la Guerra de la Independencia, este lienzo de uno de los maestros de la pintura universal sigue siendo uno de los grandes atractivos del Museo del Prado. Eso sí, desde que el genio plasmó la última pincelada en 1814, ha sufrido varios reveses. Y ha sido objeto de mitos y leyendas.
«Esta escena representa la reacción cruel del mariscal Murat tras la revuelta de los madrileños contra las tropas francesas el 2 de mayo de 1808. Estos querían impedir la salida de los últimos miembros de la familia real hacia Francia. Goya quería transmitir el dramatismo que se vivió», explica Gudrun Maurer, doctora en Historia del Arte por la Freie Universität de Berlín y conservadora de Pintura Española del Siglo XVIII y Goya en el Museo del Prado.
La forma que eligió el pintor para transmitir la intensidad de la tragedia se ve, como tantas otras veces, en la luz: «Hay una fuente fuerte, una única y gran linterna que aparece en el propio cuadro. Está puesta en el suelo, ante una fila cerrada de soldados franceses. La posición sugiere que los condenados no tienen forma de escapar de la muerte», puntualiza. El protagonista («esa figura de camisa blanca con las manos elevadas en una postura que recuerda a Jesús crucificado«) es el que acapara toda la iluminación. Por el contrario, la población que se ve al fondo está totalmente a oscuras.
Detalle del protagonista de ‘Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío’. / EFE
Maurer destaca otro elemento del que se valió Goya para reflejar el horror de la matanza: el muerto que yace en el suelo. «La herida de bala en la frente está representada con un realismo sin precedentes», apunta, y añade: «Quizás sea la obra más violenta y expresiva de entre todas las que descansan en el museo». Una brutalidad que, dice, no es difícil de extrapolar al contexto actual: «Es una historia real que se repite hasta hoy, con sus variaciones. Y no va a acabar nunca», lamenta.
Iniciativa o encargo
Los sentimientos que transmite este óleo sobre lienzo afloran al instante cuando el espectador se pone frente a esta colosal obra (2,68 x 3,47 metros). Lo que no se puede saber en un vistazo es lo que llevó al genio a empuñar el pincel. «Todo parece indicar que Goya actuó por patriotismo, aunque no sabemos si la iniciativa fue suya o respondía a una propuesta oficial. Y tampoco hay que descartar una motivación económica, ya que era un momento complicado donde escaseaban los encargos», asevera Juan Carlos Lozano, doctor en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza. Para él, el ‘El 3 de mayo en Madrid’ «podría resumirse como el martirio heroico y patriótico del pueblo llano por la libertad».
El protagonismo de los mártires es total y se aprecia en un solo vistazo: sus rostros desencajados aparecen de forma frontal, mientras que sus verdugos están inmortalizados de espaldas. «Goya quiso mostrar la desigualdad entre los bandos: el pelotón de fusilamiento se representa como una perfecta máquina de matar, fría y anónima, mientras sus víctimas, con los rostros visibles, son la trágica expresión del sufrimiento humano y la muerte», apunta Lozano.
Goya quiso mostrar la desigualdad entre los bandos: el pelotón de fusilamiento se representa como una perfecta máquina de matar, fría y anónima, mientras sus víctimas, con los rostros visibles, son la trágica expresión del sufrimiento humano y la muerte
Tres grandes restauraciones
Gudrun Maurer enumera los tres grandes procesos de restauración a los que ha sido sometida la obra. El primero, en 1875, en el propio Museo del Prado, a cargo de Salvador Martínez Cubells. El segundo, durante la Guerra Civil, cuando, en un traslado que buscaba poner el arte a salvo de la contienda, el camión que transportaba ‘Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío’ y ‘La lucha con los mamelucos’ chocó contra un balcón. «‘El 3 de mayo’ sufrió daños en la parte inferior, porque viajaban boca abajo. Restauradores del Prado actuaron ‘in situ’ y, más tarde, en el propio museo, se pudo reparar adecuadamente», explica.
La última intervención se hizo en 2007 «para mejorar su aspecto estético», una rehabilitación periódica habitual. Entonces, los trabajos se centraron en la limpieza del barniz, que presentaba un tono amarillento, y en la mejora de los retoques anteriores. «Su estado es y será óptimo en el futuro», asegurar Maurer. Entre otras cosas, porque nunca se presta.

Los reyes eméritos y el entonces el ministro de Cultura, César Antonio Molina, contemplan ‘El 3 de mayo en Madrid’ tras su restauración, en una imagen de 2008. / EFE
Toda esta inversión permite, también, apreciar todos los detalles que el maestro diseñó. Los dos expertos que participan en este reportaje señalan los que consideran que no se deberían escapar a todo aquel que se sitúe frente a este lienzo. «Voy a proponer a los espectadores que se acerquen a él todo lo que les sea posible para observar cómo Goya ha representado, en la lejanía, otro grupo humano que podría tratarse de una segunda ejecución, y cómo en el desmonte situado al fondo, una vez pintado, arrastró la pintura con una espátula para conseguir la textura de tierra seca en un alarde de vigor y precisión pictórica», indica Juan Carlos Lozano.
Por su parte, la restauradora del Museo del Prado se decanta por el uso «magistral» de la capa de preparación, el tratamiento de las piernas de los soldados («en el primer término están muy definidas y hacia el fondo se difuminan cada vez más, una técnica que crea una profundidad espacial impresionante», señala) y el propio lienzo, que pese a su descomunal tamaño, es de una sola pieza: «Goya evitó que se vieran las costuras y por eso tiene una superficie tan increíblemente uniforme y limpia«, concluye Maurer.
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