En medio de su crisis estructural, el cine argentino ha recibido este domingo una noticia penosa más, esta vez procedente de Madrid. La muerte de Adolfo Aristarain, uno de los grandes directores y guionistas de la segunda mitad de siglo. Tenía 82 años. Aristarain ha dejado numerosas películas de referencia, entre ellas La parte del león (1978), Tiempo de revancha (1981) y Últimos días de la víctima (1982), todos títulos ineludibles a la hora de hablar sobre la manera en que se representaron los años de la dictatura mientras todavía se ejercía el terror en las calles.
Su última película, Roma, data de 2004, pero a pesar del silencio, su figura nunca dejó de ser evocada. «Nuestro lugar en el mundo no es un lugar, es un sentimiento», dice precisamente uno de los personajes de Un lugar en el mundo, su aplaudido filme de los años noventa. Aristarain tenía al menos «dos lugares», su propio país y España, cuya nacionalidad obtuvo en 2003. Había ganado dos Premios Goya y la Medalla de Oro de la Academia de Cine, que lo valoró como «uno de los nombres fundamentales de la historia del cine en español, destacado representante del fundamental cine argentino, que tanto ha aportado a nuestra cinematografía».
Había nacido en 1963. Al principio se desempeñó como sonidista en Río de Janeiro. Había realizado parte de su carrera en España en los años sesenta, antes de retornar a Buenos Aires en 1974 y dar inicio a la saga de títulos esenciales. Fue ayudante de directores de la talla de Mario Camus, Vicente Aranda y Sergio Leone.
El coraje cuando se callaba
Las películas de Aristarain rodadas bajo la dictadura tuvieron la impronta de la osadía. Para realizar Tiempo de revancha y Últimos días de la víctima, dirigió dos filmes de muy dudosa calidad y » para «toda la familia», La playa del amor (1979) y La discoteca del amor (1980), este último con la presencia de un novato Ricardo Darín. El dinero obtenido le permitió llevar a cabo sus proyectos personales. El director supo qué estaba en juego y de alguna manera lo hizo saber a través de sentencias de sus películas. «Todo el mundo tiene un precio», dice Bengoa, el protagonista de Tiempo de revancha, un hombre que se ve forzado a silenciar su pasado político para ganarse la vida. El trabajo y un entorno corrupto lo obligan a no traicionar sus ideales y resistirse a la idea de que su voluntad puede ser comprada.
La crítica fue casi unánime al referirse a los méritos como director: el manejo que tenía de los tiempos dramáticos, su sentido de la acción. Aristarain nunca ocultó su predilección por John Ford y Alfred Hitchcock. Esas huellas las consideraba motivo de orgullo. Federico Luppi, quien también residió en España, fue su actor preferido. También permitió el lucimiento de José Sacristán, Mercedes Sampietro, Eusebio Poncela, Aitana Sánchez-Gijón, Cecilia Roth y Juan Diego Botto, entre otros.
Angustia por su país
«El que se siente patriota, el que se siente que pertenece a un país, es un tarado mental. La patria es un invento», le hace decir precisamente a Botto en Martin (Hache).
Pero Aristarain no podía disimular su bronca y frustración por el declive argentino, especialmente a partir de la llegada al poder del ultraderechista Javier Milei, con su política de destrucción de la industria cinematográfica de este país. «Gracias a un grupo lamentablemente numeroso de imbéciles, ignorantes y zombies que una vez votó a (Mauricio) Macri, y ahora a su bufón Milei y a toda la banda de rufianes que los acompañan, se entregó el gobierno y administración del país a una banda organizada que no tiene ideología, que busca sólo sacar provecho y rematar las industrias, los minerales, todo lo que puedan, sin límite». Como si se tratara del desenlace épico de algunas de sus películas, el octogenario Aristarain llamaba a los argentinos a «ganar la calle hasta que caiga» el experimento anarco capitalista
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