Martin Amis, en su maravilloso libro «Desde dentro», nos cuenta cómo sufre y disfruta la agonía de su mejor amigo Christopher Hitchens. Está hospitalizado en Houston para recibir una terapia especial que pretende alargar su vida ya muy deteriorada. Martin, mientras espera en el pasillo que los «sangradores» obtengan una nueva muestra, reflexiona sobre las palabras de Samuel Johnson cuando dice que en la agonía todos somo iguales. Martin piensa que Chris es único, le queda un hálito de ironía y mucha paciencia, dignidad y cortesía, la que usa para disculparse de los aprietos en los que mete a esos vampiros que fracasan una y otra vez en encontrar una vía. Ambos disfrutaron mucho de los amores femeninos, un tema que ocupa buena parte del libro. Un día el enfermo le confiesa la repentina indiferencia hacia los arrolladores encantos de las mujeres. Elige a Penélope Cruz como la más tentadora: ni siquiera la miraría. «Es un sacrificio iniciático colosal», comenta, «el imperio de Tánatos». Pero un día, sin saber cómo, regresa «Eros la fuerza más potente y más inefable de la naturaleza, la que puebla la tierra».
Tánatos ya hizo su trabajo en el otoño, embelleciendo la naturaleza con una muerte digna y necesaria. Los árboles, los que más se resisten a desaparecer, sacrifican sus hojas. Primero dejan de producir clorofila y muestran así el color amarillo de los betacarotenos o el más rojo de los tiocianatos. Más tarde caen sumidas en un ocre de muerte. Hibernan silenciosamente. Cuesta ver en sus ramas desnudas aquel esplendor de la primavera. El que ahora disfrutamos con el nuevo triunfo de Eros. Ese esfuerzo de supervivencia en las largas noches de invierno solo tenía un fin: llegar con alguna reserva para mostrar al mundo sus órganos reproductores. Eros los toca con su belleza, la que atrae a los insectos y aves polinizadoras, la que nos hace extasiarnos en su presencia, embelesarnos con sus formas, sus colores, sus olores. No lo hacen para que nosotros disfrutemos, qué les importamos. En ese esfuerzo por atraer animales que hagan el trabajo de llevar y traer el polen germinador, encontraron la fórmula de estimular sus sentidos. Una simbiosis: ellos, los animales, consiguen alimento, las plantas, reproducirse. La evolución seleccionó unos genes que se activan con la luz y temperatura y obligan al árbol a producir flores que resultan atractivas a los animales. A la vez, la evolución seleccionó en ellos los genes que incitan al animal a acercarse, oler, libar y llevar en sus patas o picos el polen que fertilizará otra planta de su especie.
Pensábamos que éramos muy diferentes, excepcionales en la naturaleza. El resto meros autómatas regidos por sus instintos. Darwin, mediante la observación y la reflexión, demostró que no somos más que otra especie. Se comprobó cuando se destripó el genoma. Creíamos que teníamos más genes que ninguno. No es así. Por ejemplo el trigo tiene más de 100.000 y el simplísimo C. elegans, casi los mismo que los humanos; la pulga de agua, 31.000; el ratón, 25.000. Hay muchas razones para tener más o menos genes. Nosotros no necesitamos algunos porque nuestra supervivencia depende más de la cultura que de los instintos programados.
Si le dijéramos a una persona del siglo V, por poner una época que no somos nada excepcional, solo una variación, como tantas, de la naturaleza, no lo creería como probablemente no lo crean muchos ahora. Me atrevo a especular con que conservamos algunos genes de nuestros ancestros que ahora no son funcionales, por ejemplo, esos que hacen tan atractivas las flores a los insectos polinizadores. Ya no están relacionada con Eros directamente, pero sí indirectamente.
Pasear por el campo en primavera nos hace sentir nuestra insignificancia. En esta rueda incesante de muerte y renovación nosotros no somos más que un instante, un mero eslabón en una cadena inútil. Nuestra grandeza es que lo sabemos y que podemos disfrutar de ese periódico renacimiento, de la explosión de vida que ocurre en estos meses. Los individuos se concentran en cumplir su misión de reproducirse una fiesta de Eros que disfrutamos. Y que debemos agradecer porque de ella resulta nuestra alimentación, nuestra supervivencia.
Me pregunto por qué si en todos los seres vivos el sexo se adorna de belleza, si el canto del ruiseñor o las ramas recamadas de color fucsia de los ciclámoros nos sorprenden con tanta hermosura; por qué el deseo y el acto sexual en los seres humanos se han señalado como algo impuro. La mitología coloca a Adán y Eva como los primeros que sintieron pudor, que se colocaron una hoja, se dice de parra, para tapar sus órganos sexuales externos. Somos los únicos seres vivos que los ocultamos y nos ocultamos para procrear.
Ciegos, insensibles, los árboles se entregan a esa orgía reproductora en la que empeñan casi toda su energía. Trasmitir los genes es la función principal del individuo. Sin embargo, nosotros hemos inventado la eternidad y en ese mito no participa el sexo. Eso solo sirve para hacer perdurable la especie. Nosotros queremos perdurar como individuos. Por eso, creo, muchas religiones ven el sexo como un obstáculo para alcanzar la eternidad y de ahí que la abstinencia sea el estadio superior del ser humano. Negando así la fuerza primigenia de la naturaleza.
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