Mario Alonso (Badajoz, 1960) habla de Auren como habla de sí mismo: sin épica grandilocuente, pero con la convicción de quien cree haber levantado un proyecto a contracorriente frente a los gigantes que lideran su sector, las llamadas big four. Fundador y presidente de la mayor firma española de consultoría y auditoría, empresario de largo recorrido, exmúsico de la movida, lector voraz, pescador de mosca (técnica que usa una caña y un señuelo llamado mosca), observador de aves y novelista, compone un perfil poco habitual en el mundo de la consultoría. En su relato no aparecen ni la jerga agresiva ni la obsesión por el margen como motor principal. Lo que reivindica, una y otra vez, es otra cosa: una cultura «humanista» en la que el beneficio importa, pero no manda.
Esa es la idea que utiliza para definirse y para explicar Auren. No una oenegé, aclara, pero tampoco una firma gobernada exclusivamente por la rentabilidad. Lo que, según dice, moviliza a sus socios es el proyecto compartido, el aprendizaje mutuo, la autonomía y un clima de trabajo que permita a la gente sentirse parte de una comunidad. Habla de flexibilidad, de iniciativa, de teletrabajo y de poner «a la persona en el centro», una expresión muy usada en el discurso empresarial, aunque en su caso parece conectada con una visión más amplia, menos instrumental. No la presenta como una técnica de recursos humanos, sino como una manera de entender la vida.
Ahí aflora el Alonso menos ejecutivo y más personal. Se define como «un inquieto», hasta el punto de haber titulado así sus memorias familiares. No memorias para publicar, sino para dejar un legado íntimo: una explicación de lo vivido y, sobre todo, de lo pensado. Le preocupa que la historia personal se diluya con las generaciones; que sepamos mucho de nuestros padres, bastante de los abuelos y casi nada de quienes vinieron antes. Por eso escribe. Y por eso también ha escrito cartas a sus nietas desde el primer día de vida, con la esperanza de que algún día entiendan no tanto quién fue, sino cómo miraba el mundo.
Biografía hecha de capas
Su biografía está hecha de capas que no suelen convivir en un mismo personaje. En los primeros años 80, fue líder de Mario Tena y Los Solitarios, uno de aquellos grupos que participaron en el concierto-hito de la movida madrileña. Recuerda esa etapa como un aprendizaje decisivo: le sirvió para perder el miedo escénico, para entender la lógica del liderazgo y para vivir de cerca una explosión de libertad en una ciudad que todavía despertaba del franquismo. Aquel aprendizaje tuvo también algo de prueba extrema: tocar con 20 años ante miles de personas en la plaza Mayor de Madrid, sostiene, le vacunó para siempre contra el miedo a hablar en público. Nunca pensó, sin embargo, en dedicarse profesionalmente a la música. Mientras daba conciertos, terminaba una formación tan heterodoxa como él mismo -Economía, Derecho y Matemáticas- y empezaba a montar empresas.
Desde entonces no ha parado. Habla con naturalidad de negocios impulsados en sectores muy distintos, de la tecnología a la restauración, del deporte a la moda. Pero la dispersión, en su caso, no suena a frivolidad, sino a curiosidad estructural. La misma que lo lleva a clasificar ideas en bases de datos, a acumular lecturas, películas, músicas, restaurantes o viajes, y a escribir novelas «de brújula»: historias que arrancan con una intuición y se desarrollan sin mapa fijo, a medida que los personajes toman el control. La séptima, dice, se titulará Escala menor.
Fuera del despacho -el lugar donde menos cómodo admite sentirse- aparece su vínculo más profundo: la naturaleza. Alonso habla del campo no como refugio decorativo, sino como una escuela moral y sensorial. Es ornitólogo, pescador experto y hombre de finca. Pesca por la acción de pescar, no por capturar; devuelve las truchas al agua y entiende el río como un modo de estar en el mundo. Entre ovejas, burros, setas, espárragos y pájaros, cree reencontrarse con una dimensión esencial: la de saberse un animal más. Por eso insiste en que los niños deberían ir al campo para comprender mejor la vida.
Al final, detrás del presidente de Auren, del empresario, del escritor o del antiguo músico, dice aspirar a algo más sencillo. Cuando caen las máscaras -recuerda que persona y máscara comparten raíz-, lo único importante, sostiene, es ser una buena persona. Todo lo demás, cargos incluidos, viene después.
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