¿Pasa la seguridad de Taiwán por la carísima protección estadounidense o por la armonía con Pekín? Le ha dado vueltas la isla a su viejo debate existencial e identitario en las vísperas de la visita a China de la líder de la oposición, partidaria de lo segundo, y de su probable reunión con Xi Jinping. Chen Li-wun, presidenta del Kuomintang (KMT), ha defendido su viaje como una oportunidad «para la paz».
Chen ha sido recibida este martes en el shanghainés aeropuerto de Hongqiao por Song Tao, responsable de la Oficina China para Asuntos de Taiwán, y se han dirigido a la cercana Nanjing para visitar el mausoleo de Sun Yat-sen, fundador de la República de China en 1912. Con ese acto subrayaron lo que les une; años más tarde estallaría la guerra civil que acabó con los comunistas victoriosos y los nacionalistas refugiados en la isla. «Si de verdad amas Taiwán, aprovecharás incluso la menor oportunidad para evitar que quede arrasada por la guerra. Así que prefiero pensar que todos los taiwaneses desean que este viaje sea un éxito y transforme el lugar más peligroso del mundo en el más seguro del mundo», había afirmado Chen esta semana. El jueves volará hacia Pekín y, aunque no está confirmado, se da por descontado que será recibida por Xi, quien cursó la invitación. La visita, de seis días, es histórica, porque ningún líder del KMT había pisado la China continental en una década.
Llega en un momento sensible. La mayoría parlamentaria del KMT ha paralizado los 40.000 millones de dólares con los que el Gobierno del Partido Democrático Progresista (PDP) quería satisfacer las demandas estadounidenses. Donald Trump ha enterrado el férreo compromiso de su predecesor, Joe Biden. No ha desvelado si acudirá en defensa de la isla si es atacada por China pero no cuesta deducir que no. A cambio la anima a armarse hasta los dientes. Al presidente, Lai Ching-te, le entusiasma la idea. Otros piensan que hay mejores destinos para los recursos económicos de una isla que dejó atrás su esplendor que la industria armamentista estadounidense. Y Washington se impacienta. Una representación de senadores aterrizó esta semana en Taipei para empujarla a cumplir sus compromisos. «Es crucial que todos los partidos taiwaneses se unan para mejorar el robusto gasto suplementario de Defensa», animó la senadora Jeanne Shaheen.
Sociedad polarizada
El viaje de Chen ha generado la comprensible polémica en una sociedad polarizada. En el aeropuerto de Taipei fue despedida por docenas de seguidores y detractores con pancartas y gritos. El Gobierno taiwanés ha criticado su visita como «políticamente problemática». En China ha sido recibida con algarabía. «Coincidiendo con la brisa que cruza el estrecho de Taiwán, las relaciones congeladas durante mucho tiempo están mostrando signos de deshielo y trayendo un toque de calidez largamente esperado», sostiene el diario oficialista ‘Global Times’. Su editorial ve en las turbulencias en Oriente Medio una oportunidad para el acercamiento. «Mientras el caos global provoca riesgos energéticos y presiones económicas, más y más taiwaneses se dan cuenta de que el PDP no puede resolver las adversidades cotidianas ni conseguir los dividendos que la paz en el estrecho generaban antes. El deseo popular de restaurar los intercambios y el desarrollo sólido está creciendo con fuerza», señala.
La realidad parece otra. El KMT, más próximo a Pekín, ha perdido las últimas tres elecciones. Las ha ganado el PDP, de tendencia independentista, para desesperación china. «La igualdad y la dignidad son extremadamente importantes. Taiwán no es parte de la República Popular de China y tiene el derecho a perseguir una forma de vida con valores como la democracia, la libertad y los derechos humanos», dijo Lai esta semana. Pekín ha ignorado sus ofertas de diálogo por considerarlo un separatista irredento.
El KMT y el Partido Comunista fueron enemigos irreconciliables muchas décadas más allá de la guerra civil. Una cumbre en Pekín en 2005 entre el presidente del primero, Lien Chan, y el secretario general del segundo, Hu Jintao, normalizó sus relaciones. Desde entonces baja la temperatura cuando gobiernan los nacionalistas en Taipei y alcanza el punto de ebullición con los independentistas. Pekín culpa a estos por rechazar el «Consenso de 1992», un pacto alcanzado por el que ambos reconocen la existencia de una sola China, y que permite la interpretación opuesta a cada lado del estrecho.
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