El fenómeno de la corrupción es consustancial a la política y, por extensión –y origen–, consustancial al hombre. Tan enraizados en su naturaleza como los clavos de su cuna y su ataúd, el bien y el mal escoltan al ser humano desde su expulsión del paraíso y su destierro al planeta azul. El empíreo carecía de corruptos hasta que la serpiente envenenó la fruta prohibida y despertó el apetito y la curiosidad de Eva ante la indiferencia de Adán, quien desconocía la maldad, y era incapaz de prevenir lo que se le venía encima. Ya con Caín, la corrupción, estimulada por la envidia y el ansia de poder, derivó a la violencia ciega y al crimen.
En la política española, la corrupción es sistémica. Por limitarme a la Transición (pues en época de Franco, como en todas las dictaduras, se batieron récords de favoritismos y amistosas concesiones), Felipe González cayó por la corrupción, Aznar y Rajoy cayeron por la corrupción y Pedro Sánchez se tambalea hoy a causa de la corrupción. Es por tanto esta lacra una constante, la oscura luna del radiante sol del poder.
¿Podría haberse evitado en las décadas anteriores, podría anularse hoy, sería posible prescribirla para un futuro? Según Pilar Alegría, la corrupción cero no existe. Con la vista puesta en la experiencia, no le faltaría razón. Sería mucho más sencillo reducirla si los propios partidos, en lugar de encubrirla, la investigasen, documentasen y denunciasen ante la justicia, a fin de acelerar la extirpación de sus brotes y la aplicación de sanciones para los culpables. Pero eso, en la realidad, no sucede.
Cuando se destapa un caso en el seno de los grandes partidos, los jefes miran hacia otro lado. Si no hay más remedio, lo admiten, expulsan de sus cargos orgánicos o suspenden de militancia a los chorizos de turno confiando en que tengan a bien abandonar sus escaños, pero corriendo el riesgo de que se mantengan en las instituciones (como José Luis Ábalos) durante meses o años, sin dejar de ingresar. Esta semana comparecen ante los tribunales ex ministros del PP y del PSOE. Más altos cargos de peor baja estofa. ¿Servirán de escarmiento? ¿Cuánto tardarán en robar los próximos?
Suscríbete para seguir leyendo















