«Se acabó la diversión/ llegó el comandante y mandó a parar». La guaracha de Carlos Puebla intentó durante años resumir el espíritu de una época y un territorio: Cuba. La revolución irrumpió como promesa y laboratorio igualitario. La jarana de unos pocos no tenía más cabida en la isla. Hasta Coca Cola saludó la victoria en las páginas del semanario ‘Bohemia’. ¿Qué se ofreció en aquella alborada para despertar tanto entusiasmo? «Nada de libertad sin pan, nada de pan sin libertad», dijo en enero de 1959 el joven Fidel Castro tras su entrada triunfal en La Habana.
Sesenta y siete años más tarde, el pan y la libertad escasean en el mercado de los deseos por una suma de factores internos y externos. Los cubanos no encuentran por estos días espacio para ninguna clase de «diversión» ni se acuerdan de Puebla. Los apagones provocan frustración, ira, melancolía y también, bajo los rigores de la oscuridad, cuando a veces no es necesario mirarse a los ojos, la pregunta tantas veces formulada sobre el momento en que la revolución «se fue a bolina». La frase coloquial remite a algo que fracasó o se hizo mierda.
Hablar del punto de inflexión cubano supone contemplar un calendario muy amplio o reconocer que el paso de la euforia a la pesadumbre no sucedió de un día para el otro. Un octogenario podría decir que el problema remite al mismo 1959, cuando Manuel Urrutia, el exjuez y primer presidente de la revolución, fue forzado a dimitir para que Fidel asumiera prácticamente todo el poder. Puede que su interlocutor aluda en las penumbras a la defenestración del comandante Huber Matos, en octubre de aquel año triunfal. Entonces los hermanos Castro fortalecieron la alianza con el Partido Socialista Popular, como se llamaban los impopulares comunistas alineados con Moscú.
Hubo, en adelante, varios momentos de desapego: el cierre del periódico ‘Revolución,’las primeras acciones de censura y las «palabras de Fidel a los intelectuales» que delimitaron sus acciones bajo el lema «dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada«, quedando en manos del Estado definir quién quedaba de un lado o de otro.
Optimismo e intolerancia
Los memoriosos de ese 1961, el año que se declara el «carácter socialista» de la revolución tras repelerse a una fuerza armada alentada por EEUU, conocen los claroscuros de las jornadas heroicas. Porque se desata enconces a la par una homofobia de proporciones. La llamada crisis de Octubre, en 1962, que puso al mundo al borde del enfrentamiento nuclear, elevó la confrontación con Washington a otro nivel.
El bloqueo económico devino el arma preferida, mientras la CIA planificaba sin suerte la eliminación de Castro de todas las maneras posibles. El liderazgo invocó la condición de «plaza sitiada» de manera permanente para justificar su intolerancia a cualquier expresión de diferencia. El precio fue alto. Si, para Jean Paul Satrte, Cuba era en 1960 una «revolución sin ideologías», marcada por el desparpajo, cinco años después su descripción ya no se ajustaba a los cambios. Había sido creado un partido único.
El fin de los años utópicos
En 1968 Fidel lanzó la «ofensiva revolucionaria». Fue estatizada toda actividad económica, incluso los negocios de manicura o venta de café callejero. Aquel laboratorio social delirante coincidió con el apoyo de La Habana a la invasión soviética de Checoslovaquia: fue el principio del fin de la autonomía cubana. Tal vez un septuagenario diría que las cosas se fueron verdaderamente a bolina con la llamada «zafra de los 10 millones», en 1970. Por obstinación delirante del Comandante en Jefe, hombres y mujeres en condiciones de usar un machete fueron conminados a producir un milagro de la industria azucarera, cosa que finalmente no se logró a pesar del enorme consumo de energías sociales que derivaron en las solapadas expresiones de hastío y simulación.
En aquel 1970, Fidel amagó con su dimisión. ¿Qué habría pasado de haberse aceptado la renuncia, rechazada a los gritos por una multitud de la cual podría haber formado parte un desilucionado de hoy que se formula ese interrogante para sí? Casi de inmediato, en 1971, tuvo lugar el ‘caso (Heberto) Padilla'». Así se llamó el farsesco proceso judicial contra el poeta que provocó una importante deserción de los intelectuales europeos e incluso algunos latinoamericanos. Otro punto insoslayable en el calendario.
Comenzaron entonces los llamados «años grises» o «negros», marcados por la inserción de la isla en el espacio político económico hegemonizado por Moscú. El castrismo se sovietizó. La economía inició una etapa de crecimiento sobre la base de un acuerdo social de aristas controvertidas: el Estado brindaba protección en materia de salud y educación, la libreta de racionamiento alimentario garantizaba un coeficiente de calorías. A cambio se exigía una lealtad sin disensos. Ese «pacto» se labró finalmente en la Constitución de 1976 que consideraba «irreversible» el socialismo. Para el historiador cubano Rafael Rojas, es el punto final del impulso utópico que venía deshilachándose por etapas.
Mariel y más allá
Si se tratara de una tertulia de desencantados que conversan a oscuras, y ese no verse habilitara una situación de confianza y catarsis, alguien podría decir que el estallido social de 1980, cuando migraron más de 100.000 personas a Estados Unidos por el puerto de Mariel, es un mojón ineludible del declive que siguió sin prisa ni pausa. Pero podría señalarse 1986, cuando Fidel Castro abolió el llamado mercado campesino temeroso de que de la incipiente abundancia de frutas, carnes y verduras en los mercados permitiera la creación de una burguesía agraria que reclamara más temprano que tarde representación política.
El apoyo económico de la URSS y el Este europeo siempre disfrazó los enormes problemas de productividad. Las caídas de los timoneles de la economía se hizo costumbre desde los setenta hasta el presente. No solo serían funcionarios ineptos sino enemigos. Un dato de aquellos años explica las limitaciones del proyecto autóctono: la isla utilizaba más tractores por hectárea que Estados Unidos pero no podía garantizar el abastecimiento alimentario.
El «Periodo especial»
Al momento de la implosión soviética, Cuba era escenario de una disputa generacional. Jóvenes intelectuales que se sentían portadores de los ideales revolucionarios chocaron contra el muro del dogma, cuando no la represión, e iniciaron un proceso de exilio que llega hasta estos días. A partir de los años 90 y ante la falta de provisiones de crudo soviético, la isla vivió su «Período especial» con apagones, escasez crónica y empobrecimiento.
Fidel decidió -porque casi siempre fueron sus decisiones- que la mayor de las Antillas debía abrirse completamente al turismo para integrarse al mercado mundial. Hubo, desde entonces, dos Cubas: aquella donde regía el dólar y la que todavía estaba asociada a las actividades del Estado. La palabra «compañero» que precedía todos los intercambios se volvió disfuncional. No tardó en salir del habla cotidiana.
El turismo desplazó al azúcar del primer lugar de los rubros económicos. El segundo, con el correr de los años, lo ocuparon las remesas, otra forma de dependencia, esta vez no de la «generosidad» de los aliados sino de la migración. El horizonte socialista se volvió más ininteligible y motivo de nuevas frustraciones. Más de un tercio de los cubanos recibió ayuda de familiares. Aquellos que no tenían ese beneficio iniciaron un lento e inexorable camino hacia el empobrecimiento o la indigencia.
Nuevos socios y problemas
La llegada de Hugo Chávez a la presidencia venezolana posibilitó volver a recibir una inyección petrolera cuyo flujo se mantuvo hasta el secuestro de Nicolás Maduro, este pasado enero. A lo largo de esos años, aquella sociedad igualitaria aunque austera, se fue convirtiendo en un territorio de crecientes desigualdades debido a las reformas económicas. Entre 2006 y 2018, el presupuesto asignado a la asistencia social pasó del 2,2% al 0,3%.Y luego todo empeoró. El hecho de que en el último informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) Cuba haya quedado por debajo de Haití informa sobre los desastres actuales.
«Irse a bolina». Virgilio Piñera tuvo una intuición de que eso iba a ocurrir en 1967, el año de la muerte de Ernesto Guevara en Bolivia. Escribió una novela, ‘Presiones y diamantes’, que décadas más tarde adquiere otra lectura entre los que rompieron amarras. Los habitantes de la ciudad salvan sus vidas porque se congelan. «La fuga es aquí por enfriamiento —contraposición al calor provocado por la luz», dijo otro escritor perseguido, Reinaldo Arenas. La Habana imaginaria se convierte en una especie de inmenso lago subterráneo donde silenciosamente derivan miles y miles de témpanos de hielo, cada uno con un ser humano dentro. «Aunque no están muertos, tampoco están vivos».
A Piñera se le debe la primera idea del zombi que sería recurrente con los años. La historia incluye una banda de traficantes y comerciantes que buscan un diamante llamado Delphi. En medio de numerosos enredos se descubre que es una piedra falsa, un engaño, y es lanzada por el tragante del inodoro. Los observadores avezados no tardaron en descubrir que Delphi, al revés, es Fidel. ‘Presiones y diamantes‘ fue retirada de inmediato de las librerías y su autor la pasaría mal. Los que la invocan medio siglo más tarde lo hacen para darle crédito a Piñera de augur. El Comandante murió hace una década y dejó a su hermano Raúl como heredero, en tanto que este ha ubicado a hijos y nietos. Abundan ahora los ajustes de cuentas con el extinto líder en las conversaciones y escritos no oficiales.
Después del estallido
En julio de 2021 hubo una explosión social. A partir de ese verano se ha acelerado la crisis. Todo discurre entre los intersticios de una cotidianeidad agobiante: largos apagones, hospitales sin medicamentos básicos y escuelas que funcionan como pueden. Escasez y mercado negro. «El embargo estadounidense, recrudecido en su componente energético bajo la administración de Donald Trump, es presentado como la causa única, total y suficiente del desastre cubano. Trump, sin duda, ha ejercido una presión brutal. Las sanciones han agravado dramáticamente una situación ya al límite. Eso es real y debe decirse sin ambigüedades, pero el bloqueo es la punta del iceberg», adierte Lorenzo Vega-Montoto en el portal CubaxCuba.
Y añade: «Bajo la superficie acecha algo más oscuro, más viejo y más cubano: la captura sistemática de la economía nacional por parte de una élite que hace mucho dejó de ser revolucionaria, si alguna vez lo fue en el sentido estricto de la palabra, y se transformó en una clase extractiva». El autor hace referencia al Grupo de Administración Empresarial S.A. (Gaesa), una entidad militar-empresarial que controla entre el 60% y 80% de la actividad económica formal: turismo, importaciones, telecomunicaciones, comercio minorista, medicina y divisas. «Esto no es el socialismo que proclaman los carteles en las calles de La Habana. Es algo cualitativamente diferente: un modelo mafioso de acumulación de capital en manos del Estado-familia».
Mientras Silvio Rodríguez se mostraba días atrás ante las cámaras con una ametralladora AKM de origen soviético como símbolo de su predisposición a inmolarse ante una eventual invasión norteamericana, el viceministro de Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, expresaba la voluntad del Gobierno de encauzar una negociación con Washintgton no solo a partir de la apertura al capital acumulado por cubanos en La Florida durante sus exilios sino con eventuales compensaciones para empresas norteamericanas expropiadas a comienzos de los sesenta. Rodríguez y Fernández de Cossio ofrecieron al mismo tiempo dos modos distintos de retrotraer el tiempo y volver hacia atrás las agujas del reloj. La historia es sin embargo obstinada en sus enseñanzas sobre las segundas oportunidades. Se vuelven más inviables si todo se ha ido a bolina, aunque persista el desacuerdo de la fecha precisa.
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