Andrea Orlandi Stabilin (Barcelona, 1984) fue un fino mediapunta zurdo con una carrera muy heterodoxa, en la que entrenó al ritmo del hiphop de Piterman, jugó con Eto’o en el Barça, abrió camino en el fútbol inglés y vivió entre ratas y cuervos en la India. Se retiró con 34 años cuando le detectaron una anomalía cardiaca y tiempo después, hace dos años, estuvo a punto de morir mientras jugaba un partido de tenis.
De todo ello habla en el libro ‘Dieciséis minutos’ (Panenka), título que hace referencia al tiempo que estuvo en parada cardiaca, escrito por su amigo y periodista Ilie Oleart (La Media Inglesa), este padre de dos hijas que ahora se abre camino en el mundo de la representación de futbolistas. Además de todo lo que aparece en su currículum, también es un excelente conversador y un archivo inagotable de anécdotas desternillantes.
Nació en Barcelona, pero su nombre y sus apellidos le delatan.
Mi padre, aficionado de la Juventus, vino a España a seguir a Italia en el Mundial 82. Vivió las victorias contra Argentina y Brasil en Sarrià y se enamoró del estadio y de la zona, en la que por entonces casi no había construcciones. Se compró un piso, se hizo socio del Espanyol y movió a toda la familia a Barcelona. Yo ya nací allí, en la clínica Corachan, justo al lado del estadio.
Andrea Orlandi, futbolista. / José Luis Roca
¿Qué tal llevó su padre perico que jugara en el Barça?
Pues al principio le costó un poco, no te lo voy a negar. Recuerdo ver algunos partidos con él y su vena anticulé seguía presente, pero eso no quita para que estuviera orgullosísimo de ver a su hijo en un club como el Barça. Le hacía muchísima ilusión
Usted llega al Barça de una forma un poco extraña, cedido por el Alavés en 2005.
Y de carambola. Estaba haciendo la pretemporada con el primer equipo y lo tenía hecho para irme al Salamanca, pero de repente Piterman dijo que no, que me quedaba. Después nos enteramos de que el Barça B buscaba un mediapunta zurdo. Mandamos un VHS de mis jugadas, Edu Alonso habló con Joan Barbará, que era el segundo entrenador, Lluís Carreras también medió, y acabé yéndome cedido.
Estaba en el Alavés y nos enteramos de que el Barça B buscaba un mediapunta zurdo. Mandamos un VHS de mis jugadas y me ficharon cedido
Menciona a Piterman, un personaje.
Un presidente que llega el primer día, se viste de corto, y se pone a dirigir el calentamiento. Era muy difícil, yo no entendía nada, enchufaba un altavoz a su Hammer y nos ponía hiphop para entrenar. Era insoportable. Recuerdo que vino Interviú a hacerle un reportaje y se desnudó en el estadio. Otra vez vino una reportera de televisión y acabó en el jacuzzi del vestuario… A Piterman le encantaba todo eso. Y no dejaban de llegar jugadores nuevos, cada uno más pintoresco que el anterior. Todo era muy extravagante.
Volviendo al Barça, debuta en el último partido de la Liga de 2006, en San Mamés.
Era el partido justo después de ganar la Champions, algún jugador yo creo que seguía de resaca. El único aliciente era el pichichi de Eto’o, que lo consiguió aunque perdimos 3-1. Jugué unos 70 minutos, acabé con rampas y pedí el cambio. Lo saboreé mucho porque sabía que podía ser mi única oportunidad, como así fue.
¿Cómo era entrenar con Ronaldinho, Eto’o, Deco, Xavi…?
Lo que querías era molestar lo menos posible, yo sabía que era realmente inferior, me dedicaba a dársela a los buenos. Quería entrar en la dinámica de buen rollo del vestuario de puntillas, sin querer aparentar ni demostrar nada. Lo intentas disfrutar, pero no lo haces por la tensión de hacerlo bien, por el síndrome del impostor, por querer dejar buena impresión…
¿Qué le faltó para quedarse en el Barça?
Un poco de suerte. Me quisieron fichar, haciendo la pretemporada con el primer equipo, pero hubo una moción de censura a Laporta ese verano que ralentizó la operación y luego Piterman no me dejó marcharme, pedía mucho dinero por mí, y encima me apartó como castigo. Al final, conseguí volver cedido al Barça B, pero llegué a tres días de que empezara la liga, sin poder haber hecho la pretemporada con el primer equipo, y ya las cosas no fueron bien. Ese año acabamos bajando a Tercera, de hecho.

Andrea Orlandi, en un partido con el Barça B. / FRANCESC CASALS / EPC
Decide entonces marcharse a Inglaterra, a la League One (tercera división). No era algo habitual en 2007.
Me decían que si estaba loco, porque a priori el inglés era el peor fútbol para mis características, muy físico y muy poco técnico. Me voy al Swansea con Roberto Martínez, que quería cambiar un poco esa filosofía, y eso me ayudó, aunque me rompí la rodilla muy rápido y eso ralentizó mi adaptación. El día a día era muy diferente a lo que había conocido, tanto los entrenamientos como la vida fuera. El clima era terrible y la ciudad no te ofrecía mucho, los días se me hacían muy largos. La que hoy es mi mujer venía mucho, pero me fui solo y sin hablar inglés. Estuve cinco años allí, que no pasaron rápido precisamente, en los que pasamos de League One a jugar la Premier League por primera vez en la historia del club.
Hubo un compañero que no le dio una bienvenida precisamente amable.
En mi tercer día en el Swansea, salgo de la campa en la que entrenábamos y viene un aficionado a que le firme una camiseta. Mientras se la firmo, escucho dos disparos y noto un dolor impresionante en la pierna. Me giro y veo a lo lejos a Thomas Butler, uno de mis compañeros, metiendo un rifle de aire comprimido en el maletero de su coche. Me había disparado. Estaba muy enfadado, porque me podría haber dado en un ojo y dejarme ciego, pero hablé con Roberto Martínez, le quitó hierro al asunto y decidí dejarlo pasar.
Estaba firmando una camiseta, escucho dos disparos y noto un dolor impresionante en la pierna. Me giré y veo a lo lejos a uno de mis compañeros, metiendo un rifle de aire comprimido en el maletero de su coche
¿Nunca habló con Butler de lo sucedido?
Sí, al final de la temporada, después de un año evitando el tema, en una fiesta, se lo saqué. «Jugabas en mi posición, eras mejor que yo, venías del Barça y eras más guapo que yo, algo tenía que hacer», me contestó. Años después, un compañero me contó que se llevaba mal con su vecino y que cuando le escuchaba llegar en coche, cogía el rifle, se acercaba a la ventana y encendía una luz para que viera su silueta al llegar a casa. En el fondo es un tipo muy gracioso, ahora somos muy amigos. Es el puto amo.

Andrea Orlandi, futbolista. / José Luis Roca
En Swansea también vivió el drama de la muerte de un compañero.
Sí, Besian Idrizaj, tenía 22 años. Había sufrido un episodio cardiaco en Austria y entrenaba con nosotros a menor ritmo, le iban monitorizando porque era consciente del problema. En verano falleció mientras dormía, me llamó nuestro capitán para contármelo. Algo así te afecta muchísimo, me hice un montón de pruebas a raíz de su muerte, visité cardiólogos en Barcelona, y eso me sirvió después para demostrar que mi problema cardiaco ya existía en ese momento. Esas pruebas ya lo reflejaban, aunque nadie lo viera entonces.
Porque usted se acaba retirando por un problema cardiaco.
Había estado en la India, una experiencia horrible. Me fui solo y vivía en un complejo totalmente insalubre, había ratas y cuervos que cagaban por todos lados. Lo pasé mal, perdí muchísimo peso, los días se me hacían interminables… Tenía en la cabeza retirarme, porque en ese momento mi cuerpo no podía más, pero me llegó una oferta de la Serie B italiana, del Virtus Entella, que me apeteció, era un buen lugar para vivir con mi familia. En el reconocimiento, el médico me preguntó si necesitaba el fútbol para vivir, en el plano económico. Le contesté que no y entonces me dijo que me tenía que retirar. Él conocía los casos de Astori y Morosini, jugadores italianos que habían muerto unos años antes, y me dijo que mis pruebas cardiacas eran peores que las suyas. Así que, nada, se acabó.
El médico me preguntó después de un reconocimiento si necesito jugar a fútbol para vivir, en el plano económico. Le contesté que no y entonces me dijo que me tenía que retirar
¿Estaba preparado para la retirada?
No, yo creo que nadie lo está mentalmente, siempre piensas que todavía te queda. Yo en los últimos años, salvo durante la etapa en India, estaba disfrutando más que nunca, ayudando a los jóvenes a progresar. Tras retirarme, empecé a hacer muchas cosas enseguida, porque no quería estar parado, pero a los dos años sufrí un bajón. Yo a un futbolista le diría que, cuando pare, lo haga de verdad. Que se tome su tiempo para ver con perspectiva las cosas y dar el siguiente paso.

Andrea Orlandi, de amarillo, durante su etapa en el Apoel chipriota. / STRINGER / EFE
¿Por qué?
Porque te pones a hacer mil cosas y te sigues pensando que eres futbolista, pero ya no lo eres. Y cuando de verdad te das cuenta es cuando llega el bajón. Y es muy jodido. Me angustió sentirme un jubilado de 34 años y asumir que nunca más iba a sentir la adrenalina de jugar en un estadio. ¿Qué otra cosa me iba a dar esas sensaciones? Nada. Yo seguía teniendo sueños, me ilusionaba poder hacer un buen año y, quién sabe, subir a Serie A, poder meter un gol de chilena que es algo que nunca logré… ¿Qué voy a hacer ahora para sentirme pleno? Me sentía vacío.
Me angustió sentirme un jubilado de 35 años y asumir que nunca más iba a sentir la adrenalina de jugar en un estadio
Ha acabado siendo representante de jugadores.
Pensé en entrenar, pero al volver a Barcelona, viendo que mis hijas y mi mujer eran felices con una vida estable ahí, se me quitó de la cabeza. No quería otra vida nómada para ellas, me tocaba a mí adaptarme. Con la representación, tenía dudas cuando empecé, de no tener claro de si valía para esto o si me iba a llenar. He ido creciendo con mucha humildad en este mundo y ahora sí siento ese cosquilleo, hago mías las ilusiones y los miedos de mis chicos, revivo mi carrera a través de ellos. Ahora tengo claro que es lo que quiero hacer, sin cerrar puertas a nada, porque también me gusta la comunicación, colaboro en La Media Inglesa y estuve comentando partidos en televisión, pero lo dejé hace dos años.
Hábleme de lo que ocurrió hace dos años.
Mi problema cardiaco me permitía hacer deporte a un ritmo relajado, sin sobreexigirme, y así lo hacía. Fui a jugar un torneo de tenis y me desperté cuatro días después en la UCI. Sufrí un paro cardiaco y estuve 16 minutos en parada. Tuve suerte de que uno de los chicos con los que estaba jugando sabía hacer el masaje cardiaco. Llamaron a emergencias, las dos primeras ambulancias que llegaron no estaban medicalizadas y la tercera ya puedo estabilizarme con un desfibrilador.

Andrea Orlandi, futbolista. / José Luis Roca
Desde la ignorancia, suena a milagro verle sin secuelas aparentes.
Mis secuelas son que me canso más y que soy algo menos ágil mentalmente, pero más allá de eso, de llevar un desfibrilador subcutáneo y de las medicinas que tomo, estoy igual.
¿Tiene más o menos miedo a la muerte que antes?
Ni más, ni menos. No me ha cambiado en nada, como mucho en ser menos impulsivo y más reflexivo. Es verdad que disfruto todo lo que me pasa mucho más, pero me sigo cabreando como lo hacía antes. Pero no tengo miedo, creo que he tenido suerte, mucha suerte. Si me pasa en mi casa, no lo cuento.
Asusta pensar que si le pasa a alguien como usted, un deportista de élite que siempre se ha cuidado, nos puede pasar a cualquiera.
Seguramente haber sido deportista me ayudó a superarlo, pero nunca he fumado, nunca he bebido, nunca me he drogado, siempre he comido bien e igualmente sufrí un paro cardiaco. Es cierto que el estado anímico influye en estas cosas y mi padre había fallecido poco tiempo antes y vivía una época de mucho estrés laboral, con muchos viajes… Pero aquí estamos, que es lo importante. En mi segunda vida, ¿no?
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