El proceso de deschavestización del chavismo continúa adelante, aunque todavía sin tocar a núcleos de poder fundamentales del régimen, mucho menos, a lo que son los grandes negocios sin los cuales el chavismo no hubiera resistido un cuarto de siglo. Porque la dictadura de Chávez y sus adláteres fue también eso: un instrumento para exprimir económicamente Venezuela, una estructura de poder que drenó ingentes recursos económicos –los derivados de la renta petrolera– hacia individuos y grupos de una oligarquía político-militar que era la verdadera médula del Estado.
El gasto social de los primeros años de Chávez fue elevado, pero no se puede comparar con el volumen del latrocinio operado en Petróleos de Venezuela SA a lo largo de sus mandatos. El desmontaje del chavismo está erizado de dificultades porque es realmente difícil deslindar poder político y poder empresarial. En Venezuela, para amasar dinero resulta imprescindible disponer de poder político o en su defecto de relaciones y contactos políticos. Encarcelar o destituir un alto cargo es destruir una fuente de riqueza para varias docenas de personas. Pero lo han hecho con Vladimir Padrino, general en jefe de las Fuerzas Armadas y ministro de Defensa de Venezuela durante 14 años. El servilismo hecho uniforme.
Incluso en una situación de normalidad democrática e institucional la destitución de Padrino López se hubiera entendido como obligada. En la madrugada del 3 de enero, el presidente de la República y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, fue detenido y secuestrado por un comando estadounidense en su misma residencia. Lo metieron en un helicóptero con su esposa y terminó en una prisión federal de Nueva York. No funcionaron las defensas antiaéreas de Caracas. No se reunió ni emitió orden alguna el Estado Mayor Conjunto. Ninguna unidad del los Ejércitos fue alertada.
A Padrino López le secuestraron a su comandante en jefe casi delante de sus narices, en Fuerte Tiuna, a poco más de 200 metros de la vivienda del general en jefe. Los únicos que respondieron a los militares yanquis con fuego abundante de ametralladoras y fusiles fue el equipo de seguridad de Maduro, casi todos oficiales y soldados cubanos, que murieron defendiéndolo. Pero Padrino, por supuesto, carece de cualquier sentido del honor para dimitir. Siguió peroratando huevonadas durante los días siguientes. Después se hundió en el silencio.
Profesionalmente, el exministro de Defensa se distinguió siempre por una mediocridad intachable. Egresado como suboficial a los 22 años de la Academia Militar de Venezuela, ascendió por el escalafón reglamentaria y parsimoniosamente. Solo se distingue por su paso, poco antes de la primera victoria electoral de Chávez, por la Escuela de Las Américas en Fort Benning. En abril del año 2002, Padrino era comandante de un batallón de infantería destacado, precisamente, en Fuerte Tiuna. Fue entonces cuando se produjo el fracasado golpe de Estado contra Hugo Chávez. Los oficiales y la tropa de su batallón se negaron a secundarlo y Padrino se mostró de acuerdo. Dos días después, Chávez regresaba al poder. Y al mes siguiente, el presidente condecoraba a Padrino. Pero no lo ascendió ni lo metió en política. Eso fue cosa de Nicolás Maduro bastante tiempo después.
En 2014, el sucesor de Chávez, que había sido elegido presidente el año anterior, designó a Vladimir Padrino ministro de Defensa. Ahí se mantuvo once años y medio. Era el hombre perfecto para el cargo, más por sus carencias que por sus capacidades. No tenía ningún carisma como líder militar. No tenía ambiciones políticas. No tenía ni sentido del humor —su compañera más fiel es una gastritis crónica—. Jamás discutía una orden ni esbozaba una crítica. Y se las arregló para convertirse en amigo o colegacho de Serguéi Shoigú, ministro de Defensa de la Federación Rusa hasta 2024 y ahora muy influyente secretario del Consejo de Seguridad que sirve a otro Valdimir, Putin.
Por esas mismas razones, Delcy Rodríguez, virreina de Donald Trump en Venezuela, ha podido destituirlo sin mayores problemas. Para variar, Padrino ha agachado la cabeza y ha aceptado sin rechistar. Incluso pidió permiso a la superioridad para ofrecer unas declaraciones el pasado domingo en las que proclamó que su principal objetivo, como ministro y general en jefe, fue impedir una guerra civil en Venezuela, una muestra precisa de su cinismo pobre, torpe, mezquino y gris. Padrino quisiera marchar a Madrid, donde viven dos de sus hijos, a los que se puede ver conduciendo automóviles deslumbrantes por la Castellana. Pero por el momento no puede ser. Padrino se cuadra y espera.












