Solo en el escenario del Dolby Theatre se quedó Kieran Culkin cuando no pudo entregar el premio al mejor actor de reparto en la última gala de los Oscar. Con su plantón a la Academia, el galardonado Sean Penn pasó a formar parte de un selecto club cuyos miembros han dado la espalda, por motivos muy distintos, al ritual de Hollywood: Marlon Brando, que envió a una activista indígena en protesta por el trato al pueblo nativo americano; Woody Allen, que nunca acude porque coincide con su cita semanal con el clarinete; o George C. Scott, que consideraba aquello «una patochada». «Sean Penn no pudo estar aquí esta noche, o no quiso, así que aceptaré el premio en su nombre», se limitó a decir Culkin al ver que la estatuilla se quedaba huérfana en sus manos.
Pero Penn ni estaba en casa riéndose del ritual ni tocando en una banda de jazz. Se encontraba en Ucrania, junto a su presidente, Volodímir Zelenski, en un contexto que nada tiene que ver con la alfombra roja. El conflicto bélico con Rusia se ha convertido en una de las causas humanitarias de las que el intérprete hace bandera. Su condición de activista es tan intensa como la de actor y no surgió de la noche a la mañana. Ya en su infancia bebió del compromiso político: su padre, el director Leo Penn, estuvo en las listas negras del macartismo por negarse a delatar compañeros ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Esa herencia creativa y rebelde se extendió a sus hermanos: Michael, que optó por una respetada carrera como músico y compositor, y Chris Penn, un actor de un talento visceral cuya muerte prematura en 2006 dejó un vacío en la industria.
Sus vínculos familiares le permitieron conseguir su primer papel siendo niño como artista invitado en un episodio de en un título alejado de lo que sería su carrera posterior: La casa de la pradera. En su filmografía han predominado los personajes oscuros y de moralidad ambigua. Ha sido el abogado corrupto de Atrapado por su pasado; el sargento oscurecido por la guerra en Corazones de hierro; pero también el hombre al límite de la muerte que busca desesperadamente una redención trasplantada en 21 gramos. Un preludio perfecto para el papel que le valió su primer Óscar en Mystic River, encarnando a un padre marcado por la violencia y la culpa. Papeles donde no se ha limitado a interpretar al villano, ya que en Pena de muerte, se metía en la piel de un presidiario condenado a la inyección letal que lograba emocionar al espectador sin necesidad de suavizar sus crímenes.
Esa figura imprevisible también se trasladó a su vida personal, con un tormentoso matrimonio con Madonna marcado por el acoso de los paparazzi. Más tarde, en los 90, pareció sentar cabeza con Robin Wright, aunque tras catorce años de rupturas y reconciliaciones acabaron separándose. Con el tiempo, ese alma de ‘rebelde sin causa’ se fue transformando en un compromiso más profundo. En su faceta como director, en Hacia rutas salvajes, se limitó a ser el narrador a través de su cámara, contando la historia de un joven que busca la naturaleza pura en Alaska.
En esa época llegó su segundo Oscar por Mi nombre es Harvey Milk, un cambio de registro radical al interpretar al primer político abiertamente homosexual en un cargo público en EEUU. Pero su implicación real estalló con el terremoto de Haití en 2010; allí no se limitó a firmar cheques, sino que se instaló en la isla para participar activamente en su reconstrucción, un papel que ya había ensayado bajando a la arena durante el huracán Katrina. En ese tránsito entre villanos memorables y compromiso político, su figura encuentra un eco reconocible en Javier Bardem, otro actor capaz de proyectar dureza en la pantalla mientras fuera de ella se implica en causas que apelan precisamente a la empatía.
A Penn nunca le ha importado meterse en el corazón de los conflictos. No hay que olvidar que el Chapo Guzmán cayó tras la entrevista que el actor le hizo para Rolling Stone. Así ha sido su carrera: metiéndose en una batalla tras otra, como el título de la película por la que acaba de ser premiado. En estos últimos años, Ucrania ha volcado sus esfuerzos, costándole, simbólicamente, dos de sus estatuillas: la que no acudió a recoger la semana pasada y la de Harvey Milk, que prestó a Zelenski con la promesa de que se la devolviera cuando acabara la guerra.
Como respuesta, los ucranianos han tenido un gesto que cierra su círculo vital: le han entregado su propio trofeo, forjado con fragmentos de metal de la estación de tren de Kramatorsk, devastada por las bombas. Un premio a la fidelidad que, para el eterno rebelde de Hollywood, vale hoy mucho más que todo el oro de su carrera.














