Un gran estudio internacional vincula cannabis, cocaína y anfetaminas con más ictus, incluso en menores de 55 años, y apunta a que el riesgo no es solo una correlación.
Un ictus suele asociarse a la vejez, al tabaco, a la hipertensión. Rara vez lo vinculamos con una raya de cocaína en una fiesta o con un porro compartido entre amigos. Sin embargo, según un estudio dirigido desde la Universidad de Cambridge, varias de las drogas que llamamos “recreativas” aumentan de forma real y medible el riesgo de sufrir un ictus, también en adultos jóvenes.
El equipo ha reunido datos de 32 estudios realizados en distintos países, con información de más de 100 millones de personas, y ha cruzado esos resultados con análisis genéticos que permiten ver si la relación entre drogas e ictus es casual o verdaderamente causal. Ha tenido en cuenta otros factores que también influyen, como el tabaco, el alcohol o la presión arterial.
Las tres sustancias
Las conclusiones son claras para tres sustancias: cannabis, cocaína y anfetaminas. Quienes consumen cannabis presentan, en conjunto, alrededor de un 40% más de riesgo de ictus, sobre todo de tipo isquémico, el más frecuente, causado por el bloqueo de una arteria cerebral. Con la cocaína, el riesgo prácticamente se duplica, tanto para los ictus isquémicos como para los hemorrágicos, los provocados por la rotura de un vaso sanguíneo en el cerebro. Las anfetaminas van un paso más allá: se asocian a más del doble de riesgo global, con aumentos claros tanto en ictus por obstrucción como por hemorragia. Con los opioides, en cambio, el panorama es más difuso: en el conjunto de los estudios no aparece una relación tan nítida.
Este patrón se mantiene cuando los autores miran solo a personas menores de 55 años. Es decir, no hablamos solo de pacientes muy mayores con muchas enfermedades acumuladas, sino también de adultos jóvenes en los que el ictus se considera, a menudo, algo improbable. En este grupo, cannabis, cocaína y anfetaminas siguen asociados a un mayor riesgo, mientras que los resultados con opioides son tan contradictorios que los propios investigadores los interpretan con mucha cautela.
Variantes genéticas
Para ir más allá de la mera correlación, el estudio recurre a la aleatorización mendeliana, una técnica que utiliza variantes genéticas asociadas a la dependencia de sustancias como una especie de experimento natural a lo largo de la vida. Cuando se analiza esta predisposición genética, vuelve a aparecer el mismo dibujo: una mayor “liabilidad” a los trastornos por uso de sustancias se asocia con más ictus en general y, en particular, con hemorragias cerebrales.
La vulnerabilidad genética a la dependencia del cannabis se vincula con un aumento del riesgo de ictus isquémico por enfermedad de grandes arterias, y la de la cocaína, con ictus cardioembólicos (producidos por coágulos que viajan desde el corazón) y hemorragias intracerebrales.
Referencia
Does illicit drug use increase stroke risk? A systematic review, meta-analyses, and Mendelian randomization analysis. Megan Ritson et al. International Journal of Stroke, January 21, 2026. DOI:https://doi.org/10.1177/17474930261418926
Posibles explicaciones
Los mecanismos fisiológicos que podrían explicar estas asociaciones son verosímiles. El cannabis puede alterar el tono de los vasos cerebrales, provocar vasoconstricción, desajustar la regulación de la presión arterial y favorecer un entorno más propenso a la coagulación. La cocaína y las anfetaminas disparan la actividad del sistema nervioso simpático: suben bruscamente la presión arterial, favorecen espasmos de las arterias, aumentan el riesgo de disecciones y, con el tiempo, pueden dañar el corazón y las propias paredes vasculares. En el caso de los opioides, algunos ictus se relacionan con infecciones cardíacas graves ligadas al uso intravenoso, pero eso afecta solo a una parte muy específica de los consumidores.
El trabajo reconoce sus límites: la mayoría de los datos proceden de Estados Unidos, muchos registros son hospitalarios y las formas de consumo no siempre están bien descritas. Pero el hecho de que los resultados de los estudios observacionales y los genéticos apunten en la misma dirección refuerza que las drogas parecen formar parte de la cadena causal.
En un momento en el que se debate sobre regulación, usos terapéuticos y reducción de daños, este estudio añade una pieza relevante al rompecabezas: cuando hablamos de drogas recreativas no solo hay que pensar en adicción, accidentes o salud mental, sino también en arterias cerebrales que pueden cerrarse o romperse años antes de lo esperado. Integrar la detección y el abordaje de los trastornos por uso de sustancias en la prevención del ictus ya no parece un lujo, sino una necesidad de salud pública bien documentada.















