“Quitad las sandalias de vuestros pies, porque el lugar que pisáis es tierra sagrada” (Éxodo 3,5)
Cuando llega la semana Santa, Zamora se descalza. Como en la escritura cuando Dios dice a Moisés que se quite las sandalias porque pisa tierra sagrada. Así entra esta ciudad en sus días mayores: con respeto, con verdad y con silencio.
Zamora no se entiende sin su Semana Santa. No como costumbre añadida, no como cita en el calendario, sino como raíz viva de su identidad. Aquí la fe no se grita: se camina y se proclama. No sé exhibe: se guarda. No se improvisa: se hereda.
Por la Semana Santa, no es un acontecimiento añadido al calendario: es su raíz, su lenguaje más antiguo, la forma más sincera que tiene Zamora de mirarse al alma.
La ciudad entera se vuelve templo abierto. Sus iglesias románicas no son museo: son evangelio en piedra. Sus portadas son catequesis. Sus ábsides, abrazo. Cuando los pasos atraviesan Zamora no cruzan decorado: cruzan siglos de fe.
Yo no he venido hoy a describir la semana Santa de Zamora. He venido a confesarla. Como Zamorana. Como hija de esta tierra sobria y fiel. Como alguien que aprendió antes a guardar silencio que a encontrar palabras para explicar lo que sentía. Porque en Zamora, antes de aprender a rezar, aprendimos a respetar.
Decía Claudio Rodríguez que Zamora es “un rumor de piedra detenida“. Y esa piedra-románica, austera, eterna, ha visto pasar generaciones enteras que creyeron sin ruido, piedra que ha escuchado más oraciones que discursos. Piedra que sabe que la fe verdadera no necesita adornos.
Zamora llamada “la bien cercada”. Cercada de murallas, sí, pero sobre todo cercada de valores. De una castellana, recia, contenida, que ha resistido el paso del tiempo porque se ha vivido desde dentro.
“Una generación pasa y otra generación viene, pero la tierra permanece para siempre” (Eclesiastés 1,4)
Y la tierra de Zamora permanece… Creyendo. Yo heredé la semana Santa siendo niña. La heredé en la calle, de la mano, con frío y asombro. La heredé en la mañana clara y luminosa de la Borriquita, La Entrada Triunfal, Cristo, entrando humilde en Jerusalén, como narra el evangelio, montado en un borrico, mientras el pueblo tendía ramas y mantos y clamaba, ¡Hosanna! Aquella procesión fue nuestra primera catequesis sin saberlo. Palmas grandes en manos pequeñas. Fe sin preguntas. Alegría limpia.
La heredé sin entenderla del todo, pero sintiéndola entera. Para muchos de nosotros, la Borriquita será siempre nuestra primera procesión. Era la emoción de estrenar, ropa, y agarrar una palma demasiado grande, que mira a Jesús, montado en un borrico con los ojos limpios de la infancia.
Era la calle llena, los mayores, sonriendo, los niños, creyendo sin preguntas.
Hay ciudades donde la Semana Santa se contempla. Hay ciudades donde se celebra. Y hay ciudades —muy pocas— donde la Semana Santa se vive como una herencia íntima, como una forma de comprender la vida. Zamora es una de ellas.
Aquí no empieza: vuelve. Vuelve como vuelven las cosas que permanecen.
La ciudad que cambia
Cuando llega la Semana Santa, Zamora cambia.
No de forma brusca.
No de forma evidente.
Cambia en el ritmo.
Cambia en la mirada.
Cambia en el silencio.
Las calles se vuelven más lentas.
Las conversaciones bajan el tono.
Los pasos se hacen más conscientes.
Es una ciudad que se recoge.
Que se prepara.
Que sabe que lo que viene no es una fiesta más.
Y al mismo tiempo, la vida se llena.
Las casas se abren.
Las familias se reencuentran. Los que están fuera vuelven.
Y en las cocinas…
Las sopas de ajo humean al volver de la madrugada.
Los dulces tradicionales se comparten.
Las mesas se alargan.
Las conversaciones se llenan de recuerdos de otras semanas santas.
Porque la tradición no está solo en la calle, está en la casa, en la familia, en
lo que se transmite sin darse cuenta.
Un relato que se va quedando dentro
La Semana Santa nace del corazón del cristianismo: la Pasión, la Muerte y la Resurrección. Y cuando las cofradías medievales sacaron ese relato a la calle, lo hicieron para compartirlo, para hacerlo visible, para enseñarlo caminando.
“Y la Palabra se hizo carne.” (Jn 1,14)
Y en Zamora, esa palabra se hizo ciudad. Se hizo silencio compartido. Se hizo una forma de mirar la vida que no se explica, pero que todos reconocemos. La Borriquita nos enseñó que la fe también puede ser alegría. Que creer también puede ser sonreír. Que Cristo entra en nuestra vida, con sencillez. Que la semana santa comienza con luz, como comienzan todas las historias que terminen venciendo a la muerte.
Y desde aquella mañana, la Semana Santa fue creciendo con nosotros. Creció cuando el silencio nos impresionó. Creció cuando el frío se hizo compañero. Creció cuando entendimos que el hábito pesa, como pesa la fe cuando se toma en serio. Aprendimos que la cera quema, pero alumbra. Que caminar despacio, no es retroceder.
Y que Zamora nadie pregunta por qué procesionas, porque aquí la fe se comparte sin explicaciones, como lo vienen haciendo generación tras generación nuestras Cofradías Las Cofradías son el alma que camina. Sin ellas, Zamora sería otra ciudad.
Y permítanme detenerme un instante para agradecer, como se merece, a las Cofradías de Zamora. Porque sin vosotras, nada de esto sería posible. Sois quienes, año tras año, en silencio y sin buscar protagonismo, hacéis posible que todo esto suceda. Quienes preparáis cada detalle, quienes cuidáis cada paso, quienes enseñáis a los que vienen detrás. Sois trabajo constante, compromiso y continuidad. Sois quienes, con vuestra dedicación, permitís que Zamora siga viviendo su Semana Santa con la misma verdad, año tras año. Gracias por vuestra entrega, por vuestro esfuerzo y por todo lo que hacéis. Gracias por custodiar, año tras año, una herencia.
Las procesiones no recorren calles cualesquiera. Recorren memoria viva: rúas, estrechas, cuestas de piedra, plazas abiertas, el entorno de la catedral, la bajada hacia el Duero. La piedra devuelve el tambor. Los muros sostienen el silencio. Los balcones aprenden respeto. Aquí el silencio no se impone: se contagia. Miles de personas y una sola actitud. Porque cuando pasa Cristo, Zamora entiende que es momento de acompañar.
La Semana Santa de Zamora es una celebración donde la tradición, el arte y la espiritualidad se entrelazan a lo largo de los días. Cada jornada ofrece una vivencia única, marcada por el recogimiento, la solemnidad y la emoción, formando un relato continuo que avanza desde el dolor hasta la esperanza de la Resurrección, Y así,
JUEVES DE PASIÓN: El Nazareno de San Frontis cruza el Duero como quien inicia un destino irrevocable.
VIERNES DE DOLORES: La Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo del Espíritu Santo, habré la Pasión, entre incienso y silencio, llevando al más antiguo de sus Cristos, por las calles de piedra que ascienden hacia la catedral, donde la ciudad contiene el aliento.
SÁBADO DE PASIÓN: Al día siguiente, el sábado de pasión, la emoción se vuelve recogimiento junto al Duero. La Hermandad Penitencial de Nuestro Señor Jesús de Luz y Vida acompaña a un Cristo vivo, de manos abiertas, hasta el cementerio. Allí, en la quietud profunda, la memoria de los ausentes se convierte en oración y esperanza, anunciando la promesa de la Resurrección.
DOMINGO DE RAMOS: Y entonces como un soplo de luz, irrumpe el Domingo de Ramos. La Cofradía de Jesús en su Entrada Triunfal en Jerusalén —la Borriquita— abre la Semana Santa y la ciudad se dispone a iniciar el camino. Niños, palmas, luz. “Hosanna.” Es el día más limpio, el día en el que todo empieza sin peso. El día en el que las familias salen juntas, donde los más pequeños miran sin entender del todo, pero sintiendo que algo importante está pasando. Es el día en el que muchos volvemos a nuestra infancia. Y así, la ciudad entra en la pasión, no como recuerdo, sino como camino compartido.
LUNES SANTO: El Lunes Santo, con La Hermandad de Jesús en su Tercera Caída. El camino comienza a pesar Cristo cae… y vuelve a levantarse. Y en ese gesto, tan humano, resuena aquella verdad: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,10) Y en Zamora, entre cuestas y calles estrechas, esa escena se hace real. Porque todos sabemos lo que es caer y lo que cuesta volver a levantarse.
La Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, donde un Cristo inclinado atraviesa la noche en silencio, mientras Zamora se recoge en sombras y oración profunda. “Jerusalem, Jerusalem, convertere ad Dominum Deum tuum” (Jerusalén, Jerusalén, conviértete al Señor tu Dios).
MARTES SANTO — CAMINAR DESPACIO: El Martes Santo continua el camino: La Cofradía del Jesús del Vía Crucis convierte la ciudad en estaciones vivas. Cristo cae y se levanta, como repite el relato sagrado. Y aprendemos que la fidelidad no consiste en no caer, sino en continuar. Jesús nos pone delante la debilidad humana, y resuena de nuevo la palabra apostólica El paso se vuelve más lento. Más consciente, ya no se sale a ver, se sale a acompañar. Cada estación es una pausa. Una mirada interior.
Y la Hermandad Penitencial de las Siete Palabras, en la puerta de la iglesia de La Horta, la salida y recogida de la procesión, sobrecogen.
MIÉRCOLES SANTO — EL SILENCIO DE ZAMORA: Y cuando el camino ha sido recorrido en silencio, el Miércoles Santo no añade palabras: Las retira. Llega el silencio que predica con la Cofradía de la Real hermandad del Santísimo Cristo de las Injurias, donde se cumple la profecía: “como cordero, llevado al matadero, no abrió la boca” (Is 53,7). Zamora entera ora callando. Y Zamora calla. No es un silencio impuesto. Es un silencio que nace solo, que se respeta, que se comparte. No existe un momento más hermoso mientras muere la tarde. “Sí, juramos” Y todo es ya silencio.
Y la ciudad entera parece entender que hay momentos en los que hablar sobra.
La noche trae la verdad sobria de Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo del Amparo— donde la fe se viste de tierra y farol. Donde la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la vence. Un farol, una capa, nada más. Las puertas de San Claudio de Olivares se abren y salen los cofrades cubiertos con la capa parda sobria y cargada de historia. En el centro, el Cristo del Amparo, humilde y desnudo. La procesión avanza lentamente, entre el recogimiento y la oscuridad, hasta que la madrugada trae consigo el momento más sobrecogedor: el Miserere. No es solo un canto, sino un lamento profundo y antiguo. Las voces graves y sin artificio, parecen nacer de la tierra y elevarse como una oración colectiva. Cada nota es contenida, cada silencio pesa. Es el pueblo que canta, y enéll resuenan generaciones enteras. El tiempo se detiene. El Miserere se convierte en llanto, compartido en fe desnuda, en verdad sin adornos. Cuando cesan solo queda el eco suspendido en la noche, como si la propia tierra hubiera hablado.
Y en ese silencio profundo, cuando las Capas Pardas se han perdido en la noche, y la ciudad queda suspendida en una calma antigua, Zamora no duerme del todo. Permanece. Espera.
JUEVES SANTO Y permítanme que me detenga: Si hay un sonido que Zamora reconoce como propio, si hay una figura que condensa la esencia más antigua, más simbólica y más profundamente zamorana de nuestra Semana Santa, es Barandales. Es la voz que anuncia, el sonido seco de las campanas que abre paso al silencio, el eco de un tiempo que no ha desaparecido. Cuando Barandales avanza, no solo llama a la procesión: llama a la memoria. Su gesto, repetido año tras año, tiene algo de rito ancestral, de tradición que no necesita explicación porque pertenece al alma de la ciudad. Es el aviso, la advertencia, la puerta que se abre a lo que está por venir. Y en ese sonido grave, contenido, reconocible, Zamora entera sabe que algo comienza, que algo importante va a suceder. Como si, en ese instante, el tiempo se ordenara y la ciudad volviera a colocarse en su sitio.
La Semana Santa se despliega y el sol asoma por el convento de Cabañales para acompañar a la Virgen en su caminar la Cofradía de la Virgen de la Esperanza. Damas y cofrades de la más joven hermandad, heredera de una tradición iniciada en 1961. Una manifestación viva de fe. En cada Mantilla, en cada paso, en cada mirada emocionada, en cada silencio compartido, late devoción de quienes ven en la virgen, un consuelo cercano, una presencia que acompaña y sostiene.
Cofradía de la Santa Vera Cruz, Disciplina y Penitencia. Con la tarde, el terciopelo morado viste la calle. La ciudad se convierte en un camino de oración. No es solo memoria de la pasión, sino ejercicio de penitencia viva. Cada paso, cada carga, cada silencio es ofrenda. Los 11 pasos no solo narran la historia sagrada, la hacen presente; la cruz deja de ser símbolo para convertirse en misterio contemplado. Los cofrades, herederos de siglos de fe, caminan como quienes participan en un rito antiguo que une sacrificio, redención y esperanza. Al llegar a la catedral, todo se recoge en un instante casi litúrgico: Zamora, no mira, reza. Desde 1508 Cristo inicia el camino de la pasión sobre los hombros de los zamoranos.
Penitente Hermandad de Jesús Yacente. Y cuando la noche cae, el silencio se vuelve más hondo. La Penitente Hermandad de Jesús Yacente avanza con sobriedad absoluta: una imagen majestuosa de Cristo, sobre una sencilla sábana, cuatro velones y cofrades vestidos de blanco. Desde 1941, Zamora contempla en este paso una perfección serena que sobrecoge. En la plaza de Viriato, el Miserere para voces graves irrumpe como un susurro antiguo que nace de la tierra. No es solo canto: es herida, emoción contenida, belleza que duele. Y en ese instante suspendido, la muerte se vuelve paz, y Zamora, en silencio, la comprende.
VIERNES SANTO — LA DETENCIÓN DEL TIEMPO
Y así sin romper el silencio de la noche, Zamora amanece en el Viernes Santo. El Viernes Santo alcanza la cumbre y una, tras otra, las cofradías, van dando forma a ese silencio: la Expiración nos sitúa ante el último aliento.
“Padre, en tus manos, encomiendo mi espíritu “ (Lc23,46)
En la madrugada más honda del año, el sonido del Merlú rompe el silencio en San Juan y convoca a un pueblo entero, como un eco antiguo que llama a velar: «¿No habéis podido velar una hora conmigo?» (Mt 26, 40). A las cinco, la noche se quiebra y la ciudad despierta con un latido común. La Cofradía de Jesús Nazareno Vulgo Congregación, fundada en 1561, avanza con miles de hermanos que acompañan a Cristo en su camino al Calvario. Es la Pasión vivida en la calle, la fe hecha pueblo: «Y cargando con la cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario» (Jn 19, 17). Ante las Tres Cruces, el encuentro con la Madre detiene el tiempo: dolor y amor frente a frente.
Con la tarde, el luto cubre Zamora. La Real Cofradía del Santo Entierro, desde 1593, escenifica el descendimiento y la sepultura. Cristo es bajado de la Cruz, entregado a su Madre y depositado en el sepulcro, como narra el Evangelio: «José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo» (Mt 27, 59-60). El silencio es absoluto, casi tangible, mientras la ciudad acompaña el cortejo hacia la Catedral. Y el Santo Entierro con su sobriedad absoluta guarda ese silencio final que ya no necesita palabras. Y en ese recorrido Zamora no solo mira: acompaña. Acompaña desde las aceras desde las ventanas desde el respeto más profundo, porque este no es un día para explicar es un día para estar y cuando el último paso se recoge, la ciudad no rompe el silencio. Lo guarda como quien sabe que hay momentos que no deben terminar del todo. Y Zamora se detiene.
Y en la noche, una Madre camina con su Hijo muerto en el regazo. La Real Cofradía de Nuestra Madre de las Angustias, heredera de una devoción que se remonta a 1412, convierte las calles en un lamento contenido. Se cumple la profecía: «Y a ti misma una espada te atravesará el alma» (Lc 2, 35). Bajo los balcones de San Torcuato y Santa Clara, miles de cofrades acompañan su dolor. En la Plaza Mayor, la Salve se eleva como despedida. No hay consuelo, solo fe. Porque en el silencio de este Viernes Santo, Zamora comprende que la muerte no es el final, sino la antesala del misterio.
SÁBADO SANTO — LA ESPERA QUE DUELE Y cuando el Viernes Santo ha guardado sus últimos silencios, la ciudad no lo rompe… Lo convierte en espera y la Soledad recorre Zamora. El Sábado Santo en Zamora tiene una forma distinta de hacerse presente. No hay estruendo, no hay grandes gestos. Están las Damas de la Virgen de la Soledad, y con ellas, ese silencio más hondo, más difícil, el que no nace del respeto exterior, sino de la incertidumbre interior. La Virgen avanza por las calles como quien sostiene el mundo sin respuestas, como quien ha visto todo y, aun así, permanece. No hay palabras suficientes para ese momento. Solo la espera. Solo la fe sin consuelo inmediato. Como si la ciudad entera respirara más despacio, como si cada paso recordara aquello que todos, en algún momento, hemos sentido: seguir adelante cuando no entendemos.
«Bienaventurados los que creen sin haber visto” (Jn 20,29).
Y en esa espera, Zamora no se impacienta. Zamora acompaña. Quizá el momento más cercano a todos nosotros. Porque todos hemos tenido que esperar alguna vez sin respuestas.
DOMINGO — LA LUZ Cuando la espera ha alcanzado su forma más onda, cuando la noche se ha llenado de un silencio que parece definitivo, comienza a despuntar la luz que cambia el sentido de todo lo vivido, amanece el Domingo de Resurrección. Y entonces, en medio de esa mañana, que comienza, resuena la pregunta que atraviesa los siglos: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6).
Y en esa certeza se cumple la palabra de San Pablo: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe; pero ha resucitado” (1 Cor 15,14) Y así, después de haber recorrido cada calle, cada rúa, cada silencio y cada paso, Zamora no vuelve a ser la misma… Porque algo queda. Queda en la mirada, en la memoria, en la forma de entender lo que hemos vivido. Desde la alegría inicial hasta la luz serena de la resurrección, la ciudad ha caminado junta, ha recordado, acompañado y ha comprendido-sin necesidad de palabras-que hay realidades que solo se aprenden viviéndolas.
Y quizá por eso, la Semana Santa de Zamora no termina cuando se recoge el último paso. Permanece en quienes la viven, en quienes vuelven, en quienes la descubren por primera vez. Permanece como una forma de mirar, de respetar, de recordar y de esperar. Y así año tras año sin necesidad de explicarse Zamora sigue caminando.
Desde la alegría sencilla de la Borriquita, hasta la luz serena de la Resurrección.
Desde el primer gesto de esperanza hasta la certeza final que todo lo sostiene.
Y en ese caminar, la ciudad ha vivido la Semana Santa, la ha hecho suya, la ha vuelto a encarnar en cada calle, en cada paso, en cada silencio. Porque la Semana Santa de Zamora no es solo lo que vemos, es lo que vivimos, lo que recordamos, lo que compartimos. Es la Procesión, es silencio, es la calle, es reencuentro, compartir en casa, en familia: sopas de ajo, al volver, de madrugada; dulces de sartén, aceitadas y rosquillas. Porque la fe Zamora también tiene mesa, calor y familia.
Lo que nos define
Zamoranos. En nuestra Semana Santa se aprende —sin decirlo— a respetar, a esperar, a acompañar, a sostener y a recordar.
Y por eso tengo que recordar a quienes han proclamado, antes que yo este misterio desde este mismo lugar. Pregones distintos, voces distintas, una misma verdad repetida: que la Semana Santa de Zamora no se explica, se vive; que su silencio predica; que quien viene de fuera no se va igual. A todos ellos, gratitud por mantener encendida la palabra. Y gratitud también a la Diócesis de Zamora y a todas las autoridades eclesiásticas por su entrega, guía y constante dedicación.
Gracias por custodiar la fe, por mantener viva la tradición y por acompañar a tantos creyentes en su camino espiritual. Su labor silenciosa, firme y generosa hace posible que celebraciones tan profundas como la Semana Santa conserven su sentido más auténtico.
Hoy en tiempos de ruido y prisa, esta Semana Santa ofrece valores cristianos, más necesarios que nunca: dignidad de toda persona, sacrificio por amor, perdón, humildad, esperanza. Como dice el evangelio: por sus frutos, los conoceréis. Y los frutos de esta tradición son respeto, comunidad y verdad.
Zamoranos, se acerca el tiempo. La ciudad volverá a latir despacio. Volveremos a caminar juntos.
A quienes no sois de aquí, os lo digo con sencillez: venid a Zamora. Venid y ved. Como dice el evangelio: venid y lo veréis “. Venid a descubrir una ciudad donde el arte reza, donde la piedra habla, donde el silencio une. Si estáis cansados. -como dice el señor- venid, y encontraréis descanso. Si buscáis, encontraréis. Si llamáis, se os abrirá. Venid a sus calles sagradas de paso lento. Venid a su respeto compartido.
Que suenen los tambores y se cumplan la palabra: estad quietos y reconoced. Que la ciudad calle y el corazón escuche. Que pase el Cristo-vivo-, porque yo soy la resurrección y la vida. Y cuando pase, no lo miréis solamente: seguidlo. Porque el que me sigue, dice el evangelio, no camina en tinieblas, sino que tiene luz de vida.
Mientras Zamora camina en silencio, mientras conserve la fe heredada, mientras haya manos pequeñas, levantando palmas, Zamora seguirá siendo Zamora.
Permítanme terminar desde lo más personal. Gracias por este honor. Gracias por permitirme ser pregonero de mi tierra de esta mi ciudad. Gracias por dejarme poner palabras a lo que tantas veces hemos sentido sin decirlo, porque para una zamorana, hablar de su semana santa es hablar de su vida.
Porque la Semana Santa de Zamora es lo que, año tras año, nos vuelve a enseñar —sin decirlo— quiénes somos. Porque mientras Zamora siga viviendo así, con verdad, con silencio, con memoria, Zamora seguirá siendo Zamora.
Muchas gracias.














