En la tienda de Bernando, uno sabía cómo entraba, pero no cómo salía. Bueno, sí sabías que te ibas con unas cuantas bolsas llenas y con la sensación de que habías ahorrado. De propina, una buena conversación, un abrazo y la idea de que ahí tenías un colega, aunque te llevase treinta años y la realidad vital te acercase más a sus hijos que a él. Pelayo y Bernardo estudiaron fuera, pero tenían el mostrador marcado a fuego y no tardaron en acomodarse de nuevo en Oviedo. Eran esponjas que todo lo absorbían de aquella máquina comercial que tenían en casa y ahora, lejos de aquellos niños, son parte de ese tejido de emprendedores tan necesarios en una ciudad que pretende funcionar y tener vida en sus calles.
Cuando Bernardo Gutiérrez compró ese local en Longoria Carbajal no había fuente, ni parking subterráneo, ni plaza abierta como ahora, ni siquiera el macetero gigante de cuando los chorros se hicieron tan molestos por el ruido que un juez los clausuró. Pero así era Bernardo, sabía dónde había que estar, tenía visión para anticiparse y un ojo clínico innato para la tienda. De un vistazo sabía quién, qué, cómo y cuánto, lo fundamental sobre cualquiera que visitaba la boutique. Y lo básico para que aquello funcionase. Los que se dejaban salían vestidos de arriba abajo, seguros de que iban como es debido, ahí no había fallo. Bernardo era un seguro de vida, siempre daba en el clavo.
Que el dueño de aquella tienda (y las que llegaron más tarde) era un buen tipo lo certifican sus amigos sin excepción. Un mérito relativo, los amigos, si lo son de verdad, llevarán su fidelidad hasta el final. Pero que en su negocio acumulase empleados con décadas de antigüedad es un valor y una demostración de categoría, en tiempos en que manda lo volátil, el aquí y ahora y cuando el individualismo pesa con diferencia sobre lo colectivo.
A Bernardo no le hacía falta el Gutiérrez porque todo el mundo sabía quién era. Hablar de Bernardo era suficiente para identificar al faro de Longoria Carbajal, una referencia para tantos ovetenses y visitantes a los que vistió, porque entonces, en aquellos años en que el comercio de la capital brillaba con luz propia, lejos de los estándares de las grandes marcas mundiales, la tienda de Bernardo era una de las paradas obligatorias en la ruta del buen vestir en la capital asturiana.
Con orgullo, mucho trabajo y tantas enseñanzas que les dejó su padre, son ahora Pelayo y Bernardo, ya con experiencia amplia y solvente, el mascarón de proa de una familia de siempre del comercio ovetense, cerca de cumplir medio siglo tras el mostrador.
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