Durante años, muchos estudiantes de Bachillerato viven con una idea muy concreta en la cabeza: una carrera soñada y una única puerta de entrada. En especial en titulaciones con notas de corte muy altas —como Medicina, Enfermería, dobles grados en Matemáticas, Ingenierías o Física— la presión se concentra en un momento: la selectividad. Si la nota no llega, la sensación para muchos es que todo el plan se derrumba.
Pero la realidad universitaria es bastante más compleja —y más flexible— de lo que suele imaginarse a los 17 o 18 años. Cambios de carrera, ciclos formativos, traslados desde otras universidades o incluso estudios en el extranjero forman parte de trayectorias cada vez más habituales. En los campus es fácil encontrar estudiantes que no llegaron a su carrera soñada a la primera, pero sí terminaron encontrando el camino.
Dos historias ayudan a desmontar el mito.
Candela: El ‘plan B’ con un ciclo sanitario
Candela Domínguez Barciela tenía claro desde el Bachillerato qué quería estudiar. Tras descartar su sueño infantil de ser veterinaria, descubrió en la ESO que lo que realmente le atraía era la medicina: entender el cuerpo humano, la salud y ayudar a las personas. Estudió en el IES Alexandre Bóveda, en Vigo, y durante Bachillerato la meta estaba definida: Medicina. Su expediente era bueno —9 de media en la ESO y 8,6 en Bachillerato— pero en una carrera donde la nota de corte supera el 12,5, cada décima cuenta.
El último año fue especialmente intenso. «Pasaba hasta 12 horas en la biblioteca. De nueve de la mañana hasta comer y luego desde las cuatro hasta que cerraban», recuerda. La presión fue creciendo a medida que se acercaban los exámenes de la antigua selectividad, la ABAU. El fin de semana previo llegó el colapso.
Candela Domínguez, estudiante de Medicina. / Fdv
«Se me vino el mundo abajo. Tuve ataques de ansiedad porque veía que no era capaz». Finalmente obtuvo alrededor de un 12, una calificación que en cualquier otra circunstancia sería excelente. «Hoy lo veo con perspectiva: es muy buena nota. Pero en aquel momento pensaba que era una mierda. Necesitaba un 12,6».
Los primeros días tras conocer el resultado fueron duros. «La primera semana fue un drama. Lloraba todo el rato. Fue el primer golpe grande: todo el esfuerzo que había hecho no había servido para lo que quería».
Una etapa para madurar ideas
Cuando el impacto inicial pasó, tocó tomar decisiones. La opción de estudiar Medicina en una universidad privada nunca fue realista, pero tampoco quería matricularse en otra carrera sanitaria sin tener claro el siguiente paso.
Finalmente optó por un ciclo superior de Formación Profesional (FP): Anatomía Patológica y Citodiagnóstico. Lo cursó en el Colegio Aloya de Vigo durante dos años. El programa incluía un curso teórico y prácticas en laboratorio, que en su caso realizó en un pequeño pueblo de Italia.
Aquella etapa cambió su perspectiva. «Al principio tardé en quitarme la obsesión de Medicina de la cabeza. Pensaba que todo lo que hiciera era solo un paso intermedio», explica. «Pero el ciclo me ayudó a verlo con más calma. Hice un buen grupo de amigos y las prácticas me gustaron mucho«.
El contacto con el entorno sanitario reforzó su vocación. «En el laboratorio me di cuenta de que lo que más me interesaba seguía siendo la parte humana de la medicina».Así, Candela terminó el ciclo con una media de 9,55 y volvió a presentarse a las asignaturas específicas de la ABAU para mejorar su nota. Esta vez, el objetivo sí se cumplió.
Hoy tiene 21 años y estudia segundo curso de Medicina en la Universidade de Santiago de Compostela. «Al principio era raro. Pensaba: ‘ya estoy aquí’, después de haberlo deseado tanto tiempo». Además, descubrió algo que en Bachillerato no se suele contar: muchas trayectorias dentro de Medicina no son lineales.
«Hay bastante gente de mi edad, pero también personas más mayores. Muchos vienen de Enfermería, de Fisioterapia o de ciclos».
Ana: el camino internacional
Otra vía distinta fue la que siguió Ana Miraz. La estudiante viguesa decidió marcharse al extranjero tras la selectividad para estudiar Medicina cuando no logró plaza en España. Allí ha convivido, casualmente, con un gran colectivo de alumnos y alumnas españoles y, también, muchos gallegos. Primero se matriculó en una universidad de Polonia. Sin embargo, el sistema de homologación del título y el examen final obligatorio —conocido como LEC— le hizo replantearse su estrategia académica.

Compañeras de la alumna Ana Miraz, primera a la izquierda. / Fdv
Acabó trasladándose a Eslovaquia, donde ahora cursa quinto curso en la Pavol Jozef Šafárik University. La decisión fue pragmática. «Prefería invertir el tiempo en algo más seguro. En Polonia la convalidación del título en España puede tardar hasta tres años«. También sorprendentemente, tras su llegada a la ciudad eslovaca de Košice, donde vive con otra estudiante balear, encontró a más alumnas gallegas.
El cambio también implicó adaptarse a sistemas de calificación distintos, donde las notas no equivalen directamente a las españolas (o bien por puntuación, o por sistema, ya que aplican uno no numérico, basado en certificaciones por letras).
Aun así, la experiencia internacional también le ha aportado aprendizajes inesperados. Durante sus rotaciones hospitalarias en Eslovaquia ha visto situaciones muy duras: «He visto niños abandonados a nivel sanitario», explica. Ana se emociona al recordar uno, con afectación neurológica por falta de oxígeno, al no haber sido tratado a tiempo de asma… cuyos padres sufrían alcoholismo. O casos de pobreza muy extremos. También, la unidad de Psiquiatría pediátrica a la que llegó una chica que había sido prostituida por su madre.
«Llamé a mi madre, rota», recuerda. «Eso te hace curtirte y aprender a separar la vida personal de la profesional». Pese a las dificultades, su vocación sigue intacta. «A día de hoy no me veo haciendo otra cosa», reconoce.
¿Su objetivo? Ahora no es otro que regresar a España para preparar el MIR.

Una de las prácticas en Eslovaquia de la alumna viguesa. / Fdv
Y, con la perspectiva que dan los años, la otra alumna entrevistada, Candela, lo resume de forma sencilla: «Ahora me priorizo a mí antes que las notas. Si un día necesito parar y descansar, lo hago».
Y el mensaje que enviaría a una estudiante que sueña con Medicina pero no consigue entrar a la primera está claro: «No se acaba el mundo. Hay opciones B, C o D. Lo único que necesitas es querer seguir intentándolo«.
La presión de la nota
Las historias de Candela y Ana ilustran algo que cada año se repite entre miles de estudiantes: la presión de la nota de corte.
En carreras con muchísima demanda, el acceso depende de diferencias mínimas. Décimas que pueden marcar el camino inicial, pero no necesariamente el final. El sistema universitario ofrece múltiples vías de acceso que muchas veces los estudiantes descubren solo después de la primera frustración.
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