El Reino Unido no solo inventó el ferrocarril moderno: también ha hecho de su conservación una política cultural y social que, además, le ha generado un retorno económico. Locomotoras de vapor, estaciones históricas, puentes metálicos y material rodante que en otros países acabarían desguazados se mantienen operativos, restaurados o musealizados, integrados en rutas turísticas, pequeños negocios o proyectos comunitarios que movilizan a miles de voluntarios.
Reino Unido es la gran referencia de conservación del patrimonio ferroviario para Jordi Sasplugas, presidente de la Fundació Preservació Patrimoni Ferroviari Industrial. Fue la pionera de la industrialización y el desarrollo del ferrocarril, hace 200 años, y trazó la red más densa en Europa. Y también fue la primera en acusar su declive. Con la generalización del automóvil empezó a eliminar líneas de tren. El patrimonio quedó en desuso y en alto riesgo de desaparecer.
De la decadencia al negocio turístico
Pero en la década de 1950 surgieron los primeros movimientos asociativos que reclamaban su recuperación. “Al principio nadie los escuchaba. Hasta que cuajó la idea de dar un segundo uso al patrimonio abandonado”, señala Sasplugas. Se ha configurado de esta forma una red de bienes patrimoniales catalogados y protegidos, formada por edificios y estaciones emblemáticas y hasta líneas ferroviarias enteras. «El Estado sigue siendo habitualmente el titular, pero los pone a disposición de terceros, colectivos y entidades que ponen en valor ese patrimonio con su propio dinero o el que logran recaudar», explica el experto. En muchas ocasiones se trata de pequeños negocios turísticos.
13 millones de visitantes
Con el tiempo, se ha visto cómo el segundo uso está generando una economía positiva: a día de hoy este patrimonio atrae unos 13 millones de visitantes y supone un impacto económico de entre 300 y 400 millones de libras, según Heritage Railway Association (HRA). Las antiguas estaciones se encuentran en muchos casos en zonas ahora poco pobladas. «El efecto es triple: se salvaguarda el patrimonio, se genera una actividad económica y un nuevo motor de desarrollo en pequeños pueblos y zonas rurales«, señala el experto.
De la hostilidad al apoyo
«De la hostilidad inicial hacia estos colectivos la administración ha pasado a brindar su apoyo. El Parlamento británico aprobó una ley de protección de bienes que fomenta su reutilización, con herramientas estables, al entenderlo como memoria colectiva, y ver cómo se pone en valor un patrimonio que es público», indica Sasplugas.
El resultado es visible: líneas históricas convertidas en ferrocarriles turísticos, talleres que conservan oficios en riesgo de desaparecer y asociaciones que operan como auténticos guardianes del legado ferroviario. “Hay una cultura del voluntariado y del mecenazgo muy arraigada”, remarca Sasplugas, que permite sostener proyectos a largo plazo y convertir la preservación en un motor económico local. “Cuando el patrimonio se gestiona bien, genera actividad: atrae visitantes, crea empleo y refuerza la identidad del territorio”, considera.
El azar es decisorio
En el resto de Europa occidental hace años que han surgido movimientos sociales que también defienden el valor cultural del patrimonio ferroviario. “Esto aquí no ha pasado. Sin ningún marco estable de protección, es el azar el que ha marcado el futuro de nuestro patrimonio: Algunas veces la administración ha sido consciente de su valor. Otras, sin embargo, no, y se han eliminado elementos de gran interés, porque tampoco ha existido un movimiento social de defensa que haya puesto el grito en el cielo«, afirma Sasplugas, que indica quelo mismo ha ocurrido en países de Europa del Este.
Móra la Nova
Con el ánimo de intentar replicar la iniciativa inglesa, él mismo ha impulsado el Museu del Ferrocarril de Mora la Nova (Tarragona), en una estación ferroviaria histórica abandonada con unos talleres que llegaron a ocupar a cerca de 1.000 trabajadores. Sasplugas decidió actuar para evitar su inminente derribo, que implicaba perder un edificio singular con una torre de control única en Catalunya de 1928. Tras buscar sin éxito apoyo entre las administraciones, estudió a fondo la legislación patrimonial y, apoyándose en la experiencia de entidades británicas y francesas, preparó la vía jurídica para proteger el recinto.
Su condición de arquitecto técnico contribuyó al su logro: el Ayuntamiento respaldó finalmente el proceso y en 2003 se aprobó la protección de 13 edificios como Bien Cultural de Interés Local (BCIL), lo que obliga a conservar los inmuebles, que son sede de un espacio museístico. Sasplugas impulsa ahora el reconocimiento de 20 elementos adicionales.
Patrimonio sin catalogación
Los bienes ferroviarios en desuso son muchísimos. «No todo debe catalogarse, los expertos deben valorar lo que realmente tiene interés«, subraya el experto. La falta de una catalogación homogénea y una estrategia de preservación en Catalunya y España pone en riesgo aquellos elementos demáximo interés. Para Sasplugas, el camino pasa por reforzar la coordinación entre la administración, los operadores y la sociedad civil, y por “dar al patrimonio ferroviario el mismo estatus que se concede a otros patrimonios culturales e industriales”. “En el Reino Unido han entendido que el ferrocarril explica quiénes son”, resume Sasplugas, «y cuando una sociedad se toma en serio su historia industrial, también está protegiendo su identidad y su futuro».
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