Tres años después de que le reprocharan la ausencia de músicos en escena en la gira ‘Motomami’ (como si ella sola no valiera por todo un regimiento de flautistas y oboístas), Rosalía se desplaza al otro extremo en el ‘Lux tour’. ¿Queríamos instrumentistas? Pues ahí está la veintena de integrantes de la Heritage Orchestra que la arropa en esta nueva singladura: cuerdas angulosas, en choque con ‘beats’ maquinales, y el eco flamenco, que no falte, todo ello la arropó este lunes en el LDLC Arena, de Lyon (entradas agotadas, 16.000 asistentes), en la noche de arranque de una gira mundial que rompe los patrones del espectáculo para un artista español (y que recalará el 13, 15, 17 y 18 de abril en el Palau Sant Jordi).
Un concierto y bastante más que eso, visto ese despliegue escénico despampanante, nada aparatoso, sino muy imaginativo, con hechuras de arte y ensayo desde su arranque: Rosalía saliendo (con 22 minutos de retraso, espera amenizada con Prokofiev y Chaikovski) de una caja embalada, en medio del enorme reverso de un cuadro, a lomos de ‘Sexo, violencia y llantas’, y suspirando por “primero amar al mundo y luego amar a Dios”. Bailarina cubista, con resonancias de vanguardia rusa, camino de ‘Reliquia’ (ovación en la cita de la letra a Barcelona) y de un ‘Divinize’ con perfiles siniestros (e injerto de ‘Thank you’, de Dido). En ‘Mio Cristo piange diamanti’, mucho juego con el cuerpo de bailarines-coristas, que se apoderaron de la canción llevándola al exceso con muecas grotescas.
Rosalía en el concierto de Lyon. / EPC
Pasillos en forma de cruz
Este no fue un ‘show’ cualquiera, como tantas grandes producciones que podemos ver a diario en el escaparate pop, sino algo de otra dimensión, con una sensibilidad más elaborada. Una ‘performance’ artística con innovación y aventura, en la que cada canción fue una pieza audiovisual avanzada, al servicio de músicas que, pese a su naturaleza a veces intrincada u oscura, causaron furor entre el público (en el que se oyó hablar castellano y catalán). La orquesta se situó en el centro de la pista, en la que el público ocupó cuatro secciones dejando libres cuatro pasillos que constituían una cruz. En las pantallas, los textos traducidos al francés.
La que fue, el pasado otoño, la avanzadilla de este repertorio, ‘Berghain’, irrumpió imperial, con su deriva ‘rave’ en honor a los bosques que anidan en nuestras cabezas y su turbulencia existencial. Y la incógnita de qué pasaría con las canciones de etapas anteriores se despejó con modos demoledores. Regeneradas miradas a ‘Saoko’ y a ‘La combi Versace’, con la Heritage (orquesta de altos vuelos, avezada a repertorios pop como los de Björk, Dua Lipa o Raye) desafiándonos con sus intensidades y sus puntos de fuga. Y un ‘De madrugá’ recreado con todo su poderío flamenco. No hubo citas a ‘El mal querer’, álbum dejado en reposo, pero sí una incursión en ‘El redentor’, del primer álbum, ‘Los Ángeles’ (2017).
Un poco de humor
Rosalía, la cantante sobrecogedora, y la figura escénica, fueron a una, alternando vestuarios excéntricos (envuelta en conos, con tocados de fantasía o cuernos mitológicos), y llevando el repertorio a otras tonalidades, más ligeras, a partir del tramo central. Se agenció un vigoroso ‘Can’t take my eyes off you’ (honores para Frankie Valli) enmarcada en un cuadro de perfiles dorados y creciéndose entre las embestidas orquestales. Y se metió en un confesionario para sacar punta, con humor, a ese festival de pullas justicieras llamado ‘La perla’. Recogimiento en ‘Sauvignon blanc’, acompañada por un piano de cola blanco, y el viaje a ‘La yugular’ y su bucle cuántico en el que, dice la letra, un país cabe en una astilla, y una galaxia entera, en una gota de saliva.
Brilló ‘Dios es un stalker’, con invasivo ‘crescendo’ y el aleteo de las palmas, toque de calentura que prolongó ‘La rumba del perdón’. Versión esta en la que el tramo final, que en el disco incluye la pista de Estrella Morente (poco perceptible, lo cual molestó a la cantaora, que lo manifestó semanas atrás) desapareció para dar paso a una secuencia de palmas desatadas. Más impactante si cabe fue el rescate de ‘CUUUUteeeeee’, pasada ahora por las cuerdas, sin perder nervio electrónico, en la que Rosalía bajó del escenario para mezclarse con la orquesta, mientras una especie de botafumeiro despedía su incienso (y que concluyó fundiéndose con ‘Sweet dreams’, de Eurythmics). Imágenes de la tropa de Rosalía entre bambalinas, mostrando las tripas del montaje, cuando caminábamos hacia la algarabía de ‘Despechá’, un ‘Bizcochito’ muy fortalecido y la sátira de ‘Novia robot’, en la que compartió su voluntad de estar “guapa para dios”.
Tal como ‘Sakura’ sellaba los conciertos de ‘Motomami’, ahora es también una pieza recogida y poética, ‘Magnolias’ la elegida como punto y final. Rosalía, cantando con sentimiento a su muerte y a su propio funeral en una última estación de su conexión con la trascendencia. El listón, en lo más alto, como clímax de un espectáculo pop destinado a estimular sensibilidades y dar mucho que hablar en los tiempos que están por venir.
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