Se enamoró de él por casualidad. Apenas alcanzaba los 10 años cuando, en el colegio, sin esperarlo, El principito se le cruzó. Lo leyó detenidamente, con la ilusión de quien está descubriendo el planeta. Aquellos renglones de Antoine de Saint-Exupéry le conmovieron tanto que, pese a su corta edad, entusiasmadísima, pidió que se lo compraran. “Era, para mí, el primer libro que me hacía lectora adulta”, dice Marifé Santiago-Bolaños. Un flechazo que, lejos de quedarse en la infancia, ojo, le animó a recopilarlos. Hoy, atesora 1.400 ejemplares en 647 lenguas distintas. Es tal la cantidad de recuerdos que ha creado a través de ellos que, echando la vista atrás, claro, es difícil no emocionarse. Los tiene, entre otros, en cingalés, bielorruso, molisano, sorbiano y uropi. También en hablas minoritarias de España como el cheli de Madrid, la gacería de Segovia y el churro de Valencia. Los hay escritos con números y colores. En código morse. Incluso, atención, traducidos al klingon, el idioma alienígena de Star Trek. O al aurebesh, el sistema de escritura ideado para La guerra de las galaxias. “Es una colección llena de instantes simbólicos”, subraya. Una vida contada bajo el prisma de El principito.
“Aquel cuento que entró en mi biblioteca en los 70 lo presté y nunca volvió conmigo. Sin embargo, mientras finalizaba mis estudios en Filosofía, me topé con una edición en francés y otra en inglés que lo cambiaron todo”, recuerda. Entonces, Marifé y su marido empezaron a comprarlas en sus viajes. Primero, una alemana en Suiza. Después, una japonesa en Nueva York. Sus amigos también les ayudaron. Uno de ellos se hizo con una muy particular en Perú. Y otro les regaló las de Islandia, Suecia y Finlandia. “En poco tiempo, teníamos decenas de libros. Cada uno repleto de cariño por lo que simbolizaban: amistad, paz y belleza”, asegura. Jamás ha cambiado su modo de enfrentar esta afición. Lo que nació por amor, hoy, tres décadas más tarde, no se ha corrompido. El Principito se ha convertido en una ventana a la niña que fue y que, de alguna manera, qué afortunada, sigue viviendo en ella.
La colección de Marifé supera los 1.400 ejemplares de ‘El principito’ en 647 lenguas. / ALBA VIGARAY
Es el libro más traducido del mundo con permiso de la Biblia. La editorial Reynal & Hitchcock lo publicó por primera vez en el Estados Unidos de 1943, tres años antes de que lo hiciera en su Francia natal. Por aquel entonces, el país de Saint-Exupéry afrontaba la Segunda Guerra Mundial. Y, cuando por fin vio la luz en él, el autor había desaparecido durante una misión en Córcega. Era piloto de aviones. Una pasión que inspiró Correo del Sur y Vuelo nocturno. Estaba acostumbrado a cubrir rutas entre Europa y América. Por ello, cuando arrancó la contienda, tras ganar el Grand Prix de la Academia Francesa con Tierra de hombres, lo reclutaron para el Ejército del Aire. Al tiempo, solicitó incorporarse a las fuerzas desplazadas en el norte de África. El último encargo que le hicieron fue recabar información sobre las tropas alemanas en el valle del Ródano. Un objetivo que no completó: su avión se estrelló al sur de Marsella.

Cuatro ediciones de ‘El principito’ que Marifé guarda con particular cariño. / ALBA VIGARAY
Todos los personajes de El Principito fueron dibujados por él, salvo el aviador que narra la historia: su alter ego. Se trata de un adulto que intenta actuar como un crío a sabiendas de que ya no lo es. Es la imagen del lector, quien replantea la forma de ver las cosas. “La obra se compromete a no olvidar que todos hemos habitado un territorio llamado infancia al que no deberían entrar el miedo y sus violencias. Un espacio que habría que preservar para que la memoria de su experiencia fuera talismán fraterno”, explica Marifé, profesora de Estética en la Universidad Complutense. Pertenece al Instituto de Teatro de Madrid y a la Academia de las Artes Escénicas de España. Además, coodirige el grupo de investigación Poéticas en la Modernidad y forma parte del proyecto Estética y transformación digital de la sociedad. La primera vez que el farolero, el cordero y el zorro hablaron español fue en 1951, gracias al argentino Bonifacio del Carril.
P. ¿Hay alguna edición que haya adquirido un valor inesperado?
R. Sí. La dari, por ejemplo, desapareció en un bombardeo y, al reeditarla, pudo volver a leerse en Afganistán. También la tamil, que dejé a una niña segoviana de origen indio durante un acto. La más complicada de conseguir fue O principiño, retirada por Gallimard, la editorial, por no cumplir con uno de los requisitos de oficialidad: el color de la cubierta. Otra que nos costó localizar fue la papiamenta.
Del bereber al amárico
Marifé es una de las mayores coleccionistas de El Principito en España. Un interés que comparte con los catalanes Jaume Arbonés y Jordi Villalba, entre otros. Ahora bien, ninguna antología supera a la de Jean-Marc Probst: el empresario suizo ha reunido 6.550 libros junto a todo tipo de productos, como casetes, revistas y cómics. “Me gusta fijarme en la biografía. Sobre todo, cuando son tiradas procedentes de lugares o épocas que se vuelcan en la traducción. En este caso, investigo cuándo, cómo y por qué se realizaron. Esto me pasó con la versión húngara de 1958 que publicaron los refugiados en Buenos Aires”, sostiene Marifé, que ha recibido la Encomienda de Número de la Orden del Mérito Civil y la Comenda da Ordem do Infante D. Henrique como gestora cultural. Actualmente, dirige la serie Palabras hilanderas en el sello Huso-Cumbres.

Entre las últimas ediciones que Marifé ha incorporado se encuentran la menorquí, la tamasheq y la tuvaluana. / ALBA VIGARAY

Marifé ha recibido la Encomienda de Número de la Orden del Mérito Civil como gestora cultural. / ALBA VIGARAY
Eth petit prince (aranés), Der Chly Prinz (bernés), Mwana wa shiufalume (comorense), Tiprins (criollo), Malý princ (eslovaco), Ete prinzo (esperanto), Pürinsipitu (garifuna), Elli amirellu (mozárabe), Ël cit prinsi (piamontés) e Inkosana encane (zulú) han animado a artistas internacionales a desarrollar sus propias adaptaciones. Arunas Zebriunas fue uno de los primeros en llevarlo al cine. El filme lituano se estrenó en 1966 y, desde entonces, numerosos directores han intentado replicar la hazaña con más o menos suerte. Incluso Orson Welles compró los derechos, pero nunca la llevó a cabo. El teatro y la ópera tampoco se le han resistiendo. “Tengo ejemplares con dedicatorias de las traductoras. A veces, son poetas muy valoradas en sus países y desconocidas fuera de ellos”, desvela. En este grupo se encuentran el abjasio y el romaní. Y concluye: “Solemos intercambiar libros. La mayor parte de la colección ha ido creciendo así”.
P. Si tuviera que quedarse sólo cuatro ediciones, ¿cuáles serían?
R. Por un lado, la bereber. Está editada en 1958 como un pliego de cordel con los colores de la bandera francesa. Fue un regalo diplomático y, a mí, personalmente, me parece importante regalar buenos textos. Y, por otro, la buriata y la amárica. No me olvido, por razones sentimentales, de la hebrea que trajo mi madre de Israel.
P. ¿Cuál será su próxima conquista?
R. No lo sé. Es una colección sin planes.













