Ya es oficial, era un secreto casi a voces, pero ya es un hecho, Las Armas, probablemente la mejor sala mediana con la que contaba Zaragoza, ya no acogerá a más bandas nacionales ni internacionales ni minifestivales en la nueva vida del centro. El centro de Las Armas, como lo conocíamos hasta ahora, ha pasado a otra vida. No digo que sea mejor o peor ni entro en el debate de que la función socioeducativa que va a tener a partir de ahora no sea lo que quizá necesita un barrio como en el que está ubicado, pero a nivel cultural, lo que ha sucedido ahí lo podemos considerar un fracaso. Ojo, de todos, de las instituciones pero también de una ciudadanía que quizá no hemos sabido defender un espacio cultural como el que, posiblemente, no volveremos a contar nunca más en esta ciudad.
Lo denunciaron los dos últimos gestores que pasaron por el espacio y que acabaron renunciando al mismo por las dificultades que se encontraron, el edificio presentaba multitud de carencias y defectos arquitectónicos que exigían unas reformas y unas reparaciones a las que ellos no podían hacer frente. El hecho objetivo es que la sala de conciertos funcionaba y podía ser rentable, pero el resto del edificio lastraba el poder cuadrar las cuentas, sobre todo, el hecho de no poder aprovecharlo en su totalidad por esa grandeza (mal concebida) con la que nación.
250.000 euros de inversión
Ahora, el ayuntamiento ha decidido tratar de salvar la instalación dándole un giro a su uso apostando por una gestión pública (en mi opinión, un acierto) pero que revela un detalle importante. Para ello, el consistorio ha tenido que hacer una inversión de 250.000 euros en el edificio para conseguir, según anunció el viernes la propia alcaldesa Natalia Chueca, «aprovechar todos los espacios disponibles».
Quiero pensar que era la única salida posible a un proyecto que apuntaba muy alto culturalmente y que vivió su etapa de gloria (se convirtió en referente en toda España) en los años previos a la pandemia, pero que el propio edificio estaba llevando a la ruina a sus gestores en los últimos años.
Hasta ahí poco que alegar, pero la pregunta que a mí me viene a la cabeza ahora es si no se podría haber apostado por la municipalización de este espacio para seguir apostando por un proyecto cultural para el barrio. O incluso haciendo una apuesta mixta para el mismo.
Porque la consecuencia de todo esto es que hemos perdido como ciudad una sala de conciertos magnífica y alabada por todos los artistas que han pasado por ella y, sobre todo, hemos perdido un pulmón, un lugar de reunión en estos tiempos en los que la cultura y la música en directo están más reclamadas que nunca.
Una Romareda para diez conciertos anuales
Por eso, cuando repaso la frase que se dijo en la presentación de Las Armas, «descartando el formato de conciertos privados» en la sala a uno le invade la nostalgia y la tristeza. Y me lleva a una última reflexión, estamos construyendo una Romareda en la que se espera acoger diez conciertos anuales (demasiado ambiciosa me parece esa cifra pero démosla por buena) con una capacidad para 50.000 espectadores. Nada que objetar. Pero, ¿y los artistas medianos no se merecen una sala como Las Armas para una propuesta no tan masiva? Me parece que a veces nos empeñamos en generar infraestructuras megalómanas cuando todo tiene que seguir unos pasos.
Más allá de eso, espero que el nuevo uso de Las Armas sea lo que el barrio realmente necesite porque un espacio como ese y un lugar en la que la degradación acecha se merece todas las inversiones del mundo.














