Aprendamos a odiar

A odiar también se enseña, también se aspira al odio. Su enseñanza resulta siempre productiva: con invertir muy poco, se logran resultados estupendos. Tú odia, que algo queda; y después en tus hijos, y también en los hijos de tus hijos. Hay esa inclinación y no hace falta alimentarla mucho: pocas ideas, en realidad muy básicas, o ni siquiera ideas, sino dogmas, bastan para todo que arda deprisa. Eso lo entienden casi antes de existir los totalitarismos del siglo pasado: y escribo totalitarismos, no sólo porque es un término más exacto y real, sino también porque fascista lo están dejando tan sobado ya, tan rezumante de bilis militante y de acné juvenil muy pasado de porros, que todo es fascista, y por eso al final nada lo es. Los totalitarismos del veinte, el nazismo y el comunismo soviético, además de otros, saben mantener su reserva de odio: al judío, para empezar, porque el antisemitismo los hermana, desde el principio, más armoniosamente de lo que muchos hoy quieren recordar. Hitler entiende que el odio siempre es básico y funciona, y Stalin también; uno le gana la guerra al otro, pero los dos comprueban que la única emoción aún más fuerte que el odio es siempre el miedo. Desde el odio y el miedo, se articulan todas las dictaduras: el odio, para levantarlas, y el miedo, para mantenerlas. Más allá de eso ya no hay ideologías, sino versiones interesadas del odio, investidas siempre de una pureza sustentada en la negación del otro y su cosificación, en la reducción y el odio al disidente.

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