El IFF suele manifestarse en personas de entre 30 y 60 años. La evolución, como destaca la doctora García Malo a ‘Guías de Salud’, es bastante rápida. «En unos pocos meses, los pacientes pueden experimentar una serie de síntomas neurológicos que no son normales y que llaman la atención de los familiares, lo que los lleva a consultar al médico. El insomnio, los problemas de memoria, y las alteraciones del movimiento, progresan rápidamente».
No son los únicos síntomas: también son frecuentes las sacudidas musculares, alucinaciones visuales, y dificultad para mover los ojos. «Esto genera un impacto negativo en la calidad de vida de quienes la sufren, puesto que los síntomas se agravan cada día y experimentan un deterioro considerable».
No hay tratamiento para esta enfermedad. «Se han probado tratamientos inmunológicos, corticoides y terapias biológicas, pero con poco éxito. Cuando los síntomas progresan, se administran fármacos para mitigar el sufrimiento y mejorar la calidad de vida, pero no existe un tratamiento curativo», recalca la neuróloga.
Aunque se desconoce el alcance real de la enfermedad, se calcula que hay unas 300 personas portadoras en España que lo desarrollan. A través de su testimonio, Antonio reclama más investigación para una enfermedad hereditaria en la que hay un 50 % de probabilidades de que se transmita de padres a hijos.













