Carnaval chiquito

El estallido de la guerra me encontró en un velorio. Mi abuela centenaria decidió decirnos adiós a los ciento cinco, cuando intuyó en su lucidez ya huidiza que estábamos todos a tiro de piedra de Vigo. La escena era una versión celta del “Ils sont venus, ils sont tous là”, que cantaba Aznavour en “La mamma”. Tíos, primos hermanos con hijos en edad de votar -y yo con estos pelos-, primos de mi padre ya octogenarios de ojos celestes y orejas de soplillo, como fabricados en serie, deudos, amigos de la familia que creía extintos, a cuál más mayor, todos me trajeron recuerdos de la infancia, de juegos en la playa de Samil, de ostras en el mercado de La Piedra, de aquellos ochenta llenos de yonkis por las calles y en los que, sin embargo, todo era posible, ecos ya tan lejanos que me dicen que también yo soy mayor. Mientras caían las primeras bombas sobre Teherán, la edad me pesó de pronto, y puse rumbo a Cádiz. Viajar al sur es algo que los capitalinos asocian con el verano, con las playas de Zahara y el pijerío progre, o con el Puerto de Santa María y el de derechas recreando Chamberí-sur-mer en el club del Buzo. Cádiz es quizá la provincia más bonita de España, junto con Girona, y el mejor lugar de Europa para ser pobre. En Cádiz nunca deja de sorprenderle a uno esa luz mañanera que todo lo inunda y todo lo alegra, y ese aire de poniente que limpia todo lo malo de un soplido. En Cádiz se bebe más que se come, aunque nunca se acaba comiendo de fundamento, pero nunca se le quitan al visitante las ganas de desayunar. El desayuno es la comida reina en Andalucía, y uno está dispuesto a morir por una patria de mollete y de jamón. A medida que avanza el día, el alma se pone triste porque la mañanita se ha ido, hasta que atardece en el Baluarte y uno piensa que la vida merece la pena y que mañana será otro desayuno. La primera vez que estuve en Cádiz me quedé en un piso que había pertenecido a Felipe González, en un maravilloso edificio de 1789 que parecía querer precipitarse al mar. La luz -siempre la luz- entraba a raudales por unas ventanas en proa de barco, y el año en el frontispicio de aquel edificio burgués me recordaba no tanto a la Revolución francesa como a aquella película de Adolfo Aristarain, “Lugares comunes”, en la que Federico Luppi decide emprender una nueva vida lejos de la capital y nombrar a su finquita “1789” (pronunciado a la argentina: “milsieteochentaynueve”). Todo -empezando por ese 1789- es muy masónico en Cádiz, plataforma de lanzamiento de las independencias americanas, a las que celebra en sus plazas llenas de cabezas de libertadores, pero la impronta religiosa sigue ahí, en equilibrio ideológico estable. Lo liberal y lo conservador se reparten la ciudad y son el plato en el que se sienta una tacita en la que todo parece caber. Llegué en Cuaresma, y pensé que los carnavales habrían terminado. Mi ignorancia nunca deja de hacerme aprender cosas, y en estas me encontré con el “Carnaval chiquito”, uno apócrifo fuera de calendario oficial, con la gente en las calles disfrazada de camarón, de cruzado o de bobesponja, de puta o de monja, travestis de temporada con niños corriendo por la plaza de la Candelaria con una concha de caracol a la espalda, chirigotas de falsos jeques árabes cantando con voz atiplada y coñona en los callejones, mientras un falso Cristiano Ronaldo llamado “Pufo” da toques a un balón por la voluntad. Otros más allá se ríen del clero y del Gobierno en la escalinata de la Catedral. En esa Cuaresma sui géneris, lo sacro se mezcla con lo grotesco en unas calles que parecen echar a los últimos borrachos de la fiesta de don Carnal para dejar paso a los primeros capillitas de unas hermandades que calientan motores en las iglesias a media luz, donde las Vírgenes parecen otear por los portones entornados el estado del mundo y la necesidad acuciante de milagros. Y lloran, claro. Me fui de un Cádiz en limbo entre el pecado y la penitencia, una ciudad en mudanza de lo esotérico a lo divino, de la comparsa a la saeta, del botellín al cirio pascual, del disparate al precepto. Ese teatro urbano donde todo parece permitido me hizo pensar en el Berlín decadente de preguerra, mientras al otro lado del mundo se ha caído el “pre” de la palabra y llueven unas bombas que resuenan en nuestros telediarios con estruendo amenazante y la incertidumbre que nos trae ese viento sucio de Levante, que es el de la Historia que nos ha tocado vivir.

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