El 21 de mayo de 1967 se produjo una imagen icónica durante la final de la Copa de Francia que enfrentó al Olympique de Lyon con el Sochaux. Tras un despeje de Maison, central del Lyon, el balón aterriza en el centro del palco… en los brazos del general Charles de Gaulle que como presidente de la República estaba presente en el desenlace de la competición futbolística más antigua de Francia. Como si fuese un jugador de campo, De Gaulle se levanta entre la curiosidad general y realiza una especie de saque de banda para devolver el balón al campo. Sus vecinos de palco y de grada aplauden entusiastas y sonríen mientras el presidente deja una frase para la posteridad: «En este país, tengo que hacerlo todo yo mismo».
Unos minutos después, este mismo héroe de la Segunda Guerra Mundial y la Resistencia francesa entregó la Copa de campeones de Francia a Fleury Di Nallo, el menudo capitán del Olympique de Lyon. El delantero había marcado el gol decisivo de la final y allí, en el palco, de pie junto al imponente general, tal alto uno como bajo el otro, Di Nallo dio rienda suelta a su alegría. Era el segundo título que conquistaba, pero el primero que Di Nallo levantaba como capitán del club de su vida, donde jugó desde los 17 años, al que veía desde muy pequeño tras colarse en el viejo estadio de Gerland, el barrio donde se había criado. Verse en aquel palco con el trofeo en sus manos y el brazalete en el brazo era como culminar toda una carrera. Y solo tenía 24 años.
Di Nallo era lionés por casualidad. Sus padres, hijos de emigrantes italianos en Francia, vivían en St Etienne pero una terrible discusión de su madre con sus abuelos provocó que abandonasen la ciudad para instalarse en Lyon donde vivían unos tíos. No fueron años sencillos para la familia, cuyos ingresos eran muy escasos. Vivían en el barrio de Gerland, no muy lejos del campo del Olympique de Lyon. Fleury Di Nallo fue el primer miembro de la familia que mostró alguna curiosidad por el fútbol. Lo jugaba a todas horas con sus amigos del barrio y en cuanto pudo ingresó con ellos en las filas del Rhône Sportif. Y los domingos su pasatiempo favorito era acudir juntos a Gerland para ver al Olympique. Allí el pequeño Fleury, el mejor dotado de todos ellos para jugar al fútbol, solía decir al resto: «Un día jugaré aquí».
Cuando el Lyon llamó a su puerta la familia aplazó su inminente viaje a Estados Unidos a donde tenían previsto emigrar
Los ojeadores del Olympique de Lyon acabaron por echarle el lazo cuando tenía diecisiete años y la familia se estaba planteando la posibilidad de volver a emigrar, en este caso a Estados Unidos, donde ya estaban los dos hermanos mayores de Fleury. Pero el dinero que prometieron al joven futbolista llevó a un replanteamiento de la situación y prefirieron esperar hasta dónde podía llegar aquella aventura. Lo que en teoría podía convertirse en la alegría de su vida se transformó en un pequeño drama. Separarse de sus compañeros que habían estado a su lado desde los diez años, llegar a un equipo en el que nadie le conocía, esa soledad… el cambio le costó mucho más de lo que podía imaginar.
A finales de agosto de 1960 el entrenador del equipo reserva le anunció que el miércoles siguiente jugarían un partido de entrenamiento contra los profesionales. Se tomó aquel ensayo como un examen final, sin parar de correr ni de complicarle la vida a su marcador. A la conclusión, el entrenador del Olympique le llamó: «Pequeño, ven aquí. El sábado juegas con los profesionales. Eugene (N’Jo Lea) no ha vuelto de las vacaciones así que tú serás titular en Reims en Primera División». Así comenzó la historia del «Principito de Gerland» el apodo que le pusieron a los pocos meses de su estreno con el conjuntó lionés. Su conexión con los aficionados fue inmediata. Era un delantero diminuto, de apenas metro sesenta y cinco, pero con una capacidad extraordinaria para desenvolverse en los últimos metros. Goleador implacable y asistente permanente a sus compañeros.
En su segunda temporada se hizo con la titularidad y ya nadie lo movió de ahí. De sus botas brotaban los goles. El Olympique de Lyon aún estaba buscando el primer título de su historia. Para la Liga no les daba. Pese a que habían reunido ya a jugadores de nivel como Combin o Rambert, la plantilla era demasiado corta para resistir el trasiego de la temporada. En la Copa sí encontraron su medio de vida. En 1963 perdieron la final ante el Mónaco en un partido en el que sorprendentemente el técnico dejó a Di Nallo en el banquillo. No cometió ese mismo error al año siguiente cuando el equipo firmó la mejor temporada de su historia hasta aquel momento. Consiguió el título de Copa (el primero de su historia), llegó a las semifinales de la Recopa (eliminados por el Sporting de Portugal en el desempate) y peleó hasta el final por la Liga. Todo ello lo hicieron con cinco de sus jugadores más importantes, como Di Nallo, cumpliendo con el servicio militar lo que les impedía entrenar de forma regular. Llegaban el viernes, trabajaban con sus compañeros una tarde y a jugar el domingo. Por si fuera poco su calendario los compromisos con la Selección Militar de Francia, que no eran pocos, lo complicaba todo un poco más. Fue un milagro que aquel grupo, llevado casi a la extenuación, fuese capaz de completar una temporada así.
Luego llegó la Copa de 1967, con De Gaulle a su lado en la foto triunfal. Se sentía en el mejor momento de su vida, con apenas 24 años, pero justo entonces sufrió una terrible fractura en la pierna izquierda que dejó huella para siempre en su forma de jugar. No había mucha esperanza de que se recuperase e incluso el Olympique fichó a Serge Chiesa (futbolista que con los años se acabaría por convertir en el que más veces jugó para el equipo lionés) con la idea de que ocupase su sitio en el campo. Pero Di Nallo se recuperó y sin llegar a alcanzar el nivel que tenía antes de la lesión sus prestaciones siguieron siendo notables. El equipo se reajustó como pudo para alinear a futbolistas parecidos como él, Chiesa y Lacombe (el tercero en discordia de aquel momento), pero con paciencia regresaron los grandes éxitos como la Copa de Francia (el trofeo fetiche) que levantaron en 1973 tras superar en la final al Nantes.
Un año después Fleury Di Nallo se marchó del Olympique de Lyon. Firmó por el Red Star parisino por el aliciente que para él era coincidir de nuevo con Combin, con quien tan feliz había sido. Fue un completo error porque aquella experiencia fue un desastre, pero regaló uno de esos hechos simbólicos. Di Nallo regresó a Gerland para jugar contra el Olympique de Lyon y allí, en el estadio en el que se colaba de niño con el sueño de jugar algún día con aquella camiseta, marcó el último gol en la Liga francesa. Se lo hizo al club de su vida.















