Hay partidos que no se juegan en un estadio ni duran noventa minutos. Son partidos que se disputan cada día, muchas veces sin focos ni aplausos, pero que determinan qué tipo de sociedad queremos ser. La igualdad entre mujeres y hombres es un partido clave que tenemos como sociedad.
El 8 de marzo nos invita precisamente a eso: a detenernos un momento para mirar el camino recorrido y, sobre todo, para decidir cómo queremos seguir avanzando. Porque la igualdad no se proclama; se construye. Se alza con decisiones colectivas, con políticas públicas, con oportunidades reales y también con cambios culturales que afectan a toda la sociedad.
Este año hemos querido mirar la igualdad desde el deporte. No es casualidad. El deporte crea referentes, transforma miradas, transmite valores y llega directamente a las nuevas generaciones. Durante demasiado tiempo, muchas mujeres han competido sin las mismas condiciones, con menos visibilidad y con menos reconocimiento, pese a demostrar el mismo talento y el mismo esfuerzo.
Hoy las cosas están cambiando. Y lo hacen gracias a generaciones de mujeres que abrieron camino cuando era mucho más difícil hacerlo. Mujeres que sostuvieron familias, negocios y proyectos vitales sin reconocimiento público, madres, abuelas… que lideraron sin focos y que avanzaron sin saber si alguien continuaría después ese camino.
Gracias a ellas, hoy tenemos más oportunidades.
Las niñas crecen con referentes que antes apenas se reconocían. Deportistas como Alba Torrens y Cata Coll, protagonistas de la campaña institucional de este 8M, representan precisamente ese avance colectivo: mujeres que han llegado al máximo nivel en ámbitos que no siempre han sido igualitarios y que hoy inspiran a nuevas generaciones a imaginar su futuro sin límites.
Cata Coll antes de un partido con el Barça / Gorka Urresola (Sport)
Pero también debemos ser honestos. La igualdad real todavía no está plenamente conseguida. Persisten desigualdades que no siempre son visibles y que siguen condicionando las trayectorias vitales y profesionales de muchas mujeres.
La igualdad también se juega en lo cotidiano: en el respeto en las gradas, en los vestuarios, en los patios de escuela, en los comentarios que normalizamos y en los que decidimos no tolerar. Se juega en cómo miramos el éxito de una mujer y en si seguimos exigiéndole más para reconocerle lo mismo. Se juega, en definitiva, en no dar por ganado lo que aún se está conquistando y en no permitir retrocesos.
Por eso, avanzar hacia la igualdad exige implicación colectiva. No es una responsabilidad exclusiva de las mujeres ni una reivindicación de una sola parte de la sociedad. Es un reto que nos interpela a todos y que nos obliga a continuar abriendo camino, consolidando cada avance y ampliando las oportunidades para quienes vienen detrás.
La igualdad no llega de un día para otro. Es un proceso continuo, hecho de pequeños avances que, acumulados, transforman la realidad. Y cada generación tiene la responsabilidad de ampliar el camino que recibió.
Hoy sabemos que queda recorrido por delante. Pero también sabemos que avanzamos. Que cada referente abre nuevos caminos y que cada oportunidad conquistada hace más fácil la siguiente.
Porque la igualdad no es una consigna ni un gesto simbólico. Es una decisión colectiva que se demuestra con hechos.
Y es, sin duda, un partido clave que debemos seguir jugando, y ganando, juntos como sociedad.
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