El RCD Mallorca subió la apuesta tras la bochornosa imagen en Balaídos de hace una semana y tocó fondo ante la Real Sociedad 80-1), con una imagen pésima que acabó con la paciencia de Son Moix, que cargó contra jugadores y directiva. Con Martín Demichelis sudando en la grada viendo el trabajo que tiene por delante, los bermellones, perdidos de principio a fin, sufrieron la cuarta derrota consecutiva. Un gol de Carlos Soler tras un nuevo error en defensa fue suficiente para los visitantes.
Estaba claro que Siviero y Xisco Campos, los dos que han tenido que salvar la papeleta del club ante la incapacidad de cerrar un entrenador pronto tras el despido de Arrasate, iban a tocar poco o nada en el once. De hecho, sacaron once futbolistas que habría puesto con los ojos cerrados el de Berriatua. Suya no fue la culpa del esperpento que volvió a ser el Mallorca. Un espejismo de equipo que, más que trabajo, parece necesitar un milagro.
Lo que no podían controlar es que estos futbolistas, ante la mirada desde el palco del que será su nuevo entrenador, volvieran a demostrar ser un conjunto vulgar, con una falta de conceptos tácticos propia de benjamines y una falta de tensión competitiva digna de descenso.
Y eso que la careta de intentar impresionar al nuevo jefe se cayó a los pocos minutos. Tres minutos de intentar sacar el balón desde atrás para después acabar juntándose atrás ante una Real Sociedad a la que se le notaba que tenía la cabeza en la Copa.
Son Moix, que registró una gran entrada, cumplió con su parte, pero hubo un jugador al que no perdonaron desde el principio: Johan Mojica. Cada vez que tocaba el balón, silbidos por gran parte del estadio. La paciencia con el colombiano, cuyo nivel está por los suelos al igual que el de Maffeo, parece haber llegado a su fin en Son Moix.
Con un Muriqi vigilado de cerca por Caleta-Car (increíble que no se fuera con tarjeta al descanso) y un Virgili contagiado por la tristeza del equipo, el Mallorca fue un quiero y no puedo continuo. Y en el caso de algunos jugadores, un creo que puedo convertido en no puedo, con errores en salida de balón, en pases cercanos y en decisión a la hora de ir a por el balón.
Siviero pedía a sus jugadores que juntasen líneas, pero tenía delante a un equipo roto, que temblaba en cada ocasión y sin ningún automatismo a la hora de atacar, más allá de buscar un centro desde la banda que no llegaba nunca. Muriqi reclamó penalti por agarrón dentro del área, pero tampoco se protestó mucho.
La Real Sociedad, cómoda, se empezó a aprovechar de las numerosas indecisiones y de los espacios que había en el centro del campo. Darder, completamente desubicado y otra vez intrascendente, ni presionaba arriba ni cerraba en medio. Samu Costa iba acelerado y Mascarell se limitaba a no perder el balón aunque la jugada pidiese vértigo.
Y tras el único disparo a puerta del Mallorca, llegó el gol de la Real. Una transición rápida, un desmarque a la espalda de Valjent, un rebote en su talón y Soler, solo, marcó de volea. Y Son Moix estalló con gritos hacia la directiva. De ahí al descanso, el Mallorca fue un manojo de nervios, errores y cabezas gachas.
Tras el descanso, la historia no varió lo más mínimo. Y Son Moix empezó a perder la paciencia con todos. Aplausos irónicos con pases atrás y silbidos por la falta de colmillo a la hora de presionar.
El equipo era un flan y Siviero necesitaba hacer cambios porque había jugadores a los que la presión del público les estaba pudiendo y estaban totalmente desconectados del partido. El primer cambio fue Mateo Joseph por Luvumbo. Pieza por pieza y ningún cambio en un sistema que hacía aguas por todo.
No era el día de nadie. Ni Muriqi, el mejor jugador de la temporada con diferencia, estaba con la puntería afinada. Y es que un centro de Mojica en el que el kosovar remataba solo acabó con el balón por encima del fondo. Los siguientes en entrar fueron Mateu Jaume y Morlanes por Maffeo y Mascarell.
El equipo estaba muy descolocado, partido por momentos y frustrado en todo momento, por lo que pensar en un intento de remontada estaba solo al alcance de los más optimistas. Y el partido se consumió sin que el Mallorca inquietara lo más mínimo a Remiro.
El final del choque fue la prueba de que la conexión entre plantilla y grada está rota. Demichelis tiene mucho trabajo, pero en la directiva, especialmente Alfonso Díaz y Pablo Ortells, también.







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