Hay (muchos) días en que la actualidad sobrepasa nuestras entendederas. No logramos calibrar los episodios que van sucediendo mientras la cabeza se nos llena de preguntas sin respuestas.oy se nos descubre con gran intensidad el asunto del uso del burka o el niqab en espacios públicos. Se habla de prohibiciones, de valores, de amenazas y de derechos fundamentales con una solemnidad casi épica.
Cuesta formarse una opinión rotunda cuando ni siquiera se tiene claro qué hay detrás de esas prendas. ¿Son una elección personal, una afirmación identitaria, una convicción religiosa? ¿O responden a presiones familiares y a una concepción desigual de la mujer? Entre la defensa de la libertad individual y la sospecha de que puede existir imposición hay un terreno lleno de matices que me cuesta descifrar.
También está la parte práctica, casi doméstica, que despierta más perplejidad que indignación. En un mundo de cámaras, aeropuertos, tornos de acceso y móviles que requieren reconocimiento facial, cómo es el día a día de quien luce estas prendas. A veces parece razonable pensar en regular por seguridad; otras, da la impresión de que se está inflando ideológicamente un asunto que tiene que ver con una colisión cultural. No lo tengo claro y eso me lleva al desconcierto.
Tal vez el mayor problema estribe en ese contraste entre la intensidad del debate político y la escasa presencia visible de estas indumentarias que cubren totalmente a la persona para anularlas incluso para hacerse un selfie comodiosmanda.
Hoy para ver estos lúgubres atuendos de los que ignoro qué hay detrás, me comprometo a seguir más los documentales de La2. Pero está claro que debo salir más a tomar el aire fresco.
Director de Mediterráneo
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