Nos arrullan las noticias como a quien vive junto al mar le arrulla el ruido de las olas, cuyo rumor escucha con asombro hasta que deja de oírlo porque lo incorpora a su torrente sanguíneo. La sobreinformación no consiste solo en la cantidad de datos que recibimos, sino en la imposibilidad de escapar de ellos (y de articularlos, claro). Antes, buscábamos la información; ahora es la información la que nos persigue, se instala en el bolsillo y vibra a cualquier hora del día o de la noche con la urgencia de lo imprescindible, aunque casi nunca lo sea.
Cada suceso llega, además, acompañado de una explicación inmediata, de su interpretación y, muy a menudo, de la interpretación de esa interpretación. El acontecimiento apenas ha tenido tiempo de existir cuando ya está rodeado por un ejército de opiniones que lo empujan hacia un significado. Es como si la realidad no pudiera permanecer desnuda ni un solo instante, como si necesitáramos vestirla enseguida con teorías, con sospechas, con metáforas políticas o morales. El resultado es una sensación extraña: creemos saber más que nunca y, sin embargo, entendemos menos.
La sobreinterpretación nace de ese exceso. Cuando todo parece significativo, nada lo es del todo. Un gesto, una respuesta mal editada, una imagen congelada en el segundo inoportuno se convierten en pruebas de algo mayor. Leemos los hechos como quien lee símbolos ocultos, buscando intenciones donde quizá solo había azar, errores o simple cansancio humano. Cada ciudadano se convierte en analista, juez y narrador, y el mundo empieza a parecer una novela colectiva escrita a toda velocidad, sin revisiones ni distancia.
En ese contexto, la duda ha perdido prestigio. Detenerse a decir “no lo sé todavía” resulta casi sospechoso. Sales del cine con un par de amigos y se te exige una opinión inmediata, que debe ser tajante, reconocible, compartible con las corrientes de pensamiento dominantes. Lo complejo, en fin, se simplifica hasta devenir caricatura, y lo ambiguo -que caracteriza a lo humano- queda expulsado del debate. Quizá el verdadero problema no sea el exceso de información, sino el pánico al silencio que ese exceso intenta ocultar. La información continua (falsa o verdadera) nos evita enfrentarnos a un vacío incómodo: el de no entender nada.















