‘Cherchez la femme’ (‘Buscad a la mujer’). Alejandro Dumas, sí, el de ‘Los Tres Mosqueteros’ o ‘El Conde de Montecristo’, ya tenía claro en el siglo XIX el manido tópico de que «detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer». En el caso que nos ocupa, quizá convendría afinar el refrán: «Detrás de un mal hombre, hay una mala mujer«. Esta es Ghislaine Maxwell (Maisons-Laffitte, 1961). La pareja, socia o, para entendernos, la ‘madame’ de Jeffrey Epstein. En prisión desde 2020, Maxwell cumple una condena de 20 años por su trabajo como ‘reclutadora’ de chicas jóvenes, muchas menores de edad, para las fiestas sexuales de Epstein y su interminable agenda de hombres ricos y poderosos. Los amigos de Epstein eran malos; él, el peor; y ella, la que se dedicaba a convencer y engañar a niñas, era, tal vez, aún peor.
Ghislaine Maxwell destila esa maldad que a veces se fabrica sin esfuerzo: gente que, desde la cuna, ha recibido muchos más regalos que caricias y, sobre todo, pocas, poquísimas negativas. Hija del magnate Robert Maxwell, se crio entre mansiones inglesas y villas en Francia. Estudió en la Universidad de Oxford, dirigió un club de fútbol (propiedad de papá) y se convirtió en una habitual de los saraos de la alta sociedad inglesa. De Londres a Nueva York, saltando del fútbol (Oxford United) al periodismo en otro negocio de su padre (Daily News), tampoco rehuyó las fiestas ni la vida social al otro lado del Atlántico. Allí conoció e intimó con Jeffrey Epstein.
Y la intimidad, ya se sabe, tiene fecha de caducidad. Pero también, a veces, se vuelve simplemente negocio. Lo que empezó como relación pasó a ser alianza: de pareja a reclutadora de chicas. «Alimentó a un monstruo, y para eso hay que ser otro monstruo», dijo sobre ella el abogado de un grupo de las muchas víctimas de Epstein (y de Ghislaine). Elegante, encantadora, provocativa, descaradamente sexual… La hija de Robert Maxwell parecía seducir a todo el mundo en la alta sociedad estadounidense. Detrás de esa máscara estaba la mujer que buscaba, convencía e instruía a menores de edad sobre los gustos sexuales de Epstein y de otros muchos. Los escrúpulos no suelen pagar mansiones.
La lista es interminable. Empezando por el príncipe Andrés, pasando por infinidad de políticos y empresarios y acabando, aseguran, por el mismísimo Donald Trump, a quien ahora, desde la cárcel de Texas, Ghislaine Maxwell quiere convencer para que la indulte y que ella cuente que el ahora presidente de los Estados Unidos sólo acudía a las fiestas de Epstein para beber Coca-Cola y comer perritos calientes. Muchos de ellos –ya fuera en la isla privada del pederasta o en un apartamento de París, Nueva York o Londres– estaban con menores a quienes, en muchos casos, Maxwell había reclutado (o, mejor dicho, engatusado) y moldeado al depravado gusto de Jeffrey Epstein y sus amigos. O clientes. O víctimas. O lo que fueran.
¿Repugnante? Sí. Pero quizá no tanto para quien nunca tuvo que aprender, como la mayoría de los mortales, que hay límites que no se cruzan. Ni por dinero, lujos y poder. Del que ella había disfrutado toda la vida. Y pensaba seguir haciéndolo, porque le correspondía. El cómo era lo menos importante. Al menos para ella.
Tras la muerte de Robert Maxwell, ahogado en Canarias poco después de que su hija se instalara en Nueva York, Epstein y su depravada voracidad sexual acabarían funcionando como instrumento para que Ghislaine mantuviera el nivel de vida del que había disfrutado desde pequeña. Si para ello había que hacer de ‘madame’ de burdel, se hacía. Si más que un burdel, de lo que se trataba era de explotación de menores y de un ecosistema de poder, dinero y favores inconfesables, se hacía igual.
—Peor debe de ser trabajar—, debió de pensar Ghislaine Maxwell, a quien ni siquiera le cambió el gesto que su antigua pareja la sustituyera, en el plano emocional, que no en el de los negocios, por una odontóloga bielorrusa, Karyna Shuliak, mucho más joven.
Shuliak figura como la principal beneficiaria del testamento que Epstein dejó antes de suicidarse: unos 100 millones de dólares y propiedades en Nueva York, París y el Caribe para una chica nacida en Minsk que llegó a Nueva York con 20 años y a quien Epstein le pagó los estudios universitarios. Ghislaine Maxwell, mejor que nadie, sabía que a Jeffrey Epstein le gustaban las jóvenes…













