Las mujeres exitosas en el ámbito laboral no tienen dificultades para amar, sino que tienen menos disposición a aceptar relaciones desde la desigualdad, la necesidad o la renuncia. La identidad femenina evoluciona hacia la autonomía, pero los modelos de vinculación íntima aún están adaptándose.
Así lo defiende la psicóloga y docente de la Universidad Europea de Canarias Violeta García, que además advierte que muchas isleñas se callan sus logros para no generar malestar. A todas ellas les recomienda trabajar en su autoestima y mejorar su capacidad de autorregulación.
Las mujeres, históricamente, han estado relegadas a un segundo plano, pero tras años de lucha feminista eso por fin está cambiando.
Efectivamente. A la hora de acceder a puestos de trabajo e incluso a cargos directivos todas las mejoras laborales han supuesto un cambio significativo. Las mujeres ya no necesitan que el hombre sea un proveedor de recursos, sino que ellas mismas son más que capaces de gestionarse. Su identidad se construye con independencia del vínculo que tenga con su pareja. El concepto de superwoman (supermujer) ya no solo es alguien que complace a su marido en el día a día, sino que también se centra en su identidad como persona, como mujer, como trabajadora … Ella, en cualquiera de sus facetas.
A nivel psicológico, ¿estas supermujeres que destacan por su éxito en el ámbito laboral presentan algún rasgo o cualidad en común?
La independencia, la autonomía y la capacidad de liderazgo. Y sin duda, para mí, lo más importante es un nivel alto de autoeficiencia, pues con mucha frecuencia son las que gestionan su situación y sus recursos, así como una buena capacidad de autorregulación porque no necesitan a nadie, por ejemplo, para resolver conflictos. También creo que hay que destacar su conciencia emocional, es decir, son muy conocedoras de lo que están haciendo y del rol que tienen en la sociedad.
«Sin la autoestima suficiente, terminas comprando el discurso de que no te lo mereces»
¿Por qué la mayoría tiene más dificultades para encontrar pareja?
Muchas me preguntan si son demasiado exigentes. Lo que ocurre no se explica solo por eso: a más formación y autonomía, menor es el número de parejas que uno percibe como compatible. Cuando una persona se siente autorrealizada necesita menos para sostener su identidad, no hay una necesidad detrás de la relación y por eso suben los estándares. No les cuesta más amar, sino que tienen menos disposición a amar desde la desigualdad.
¿Por qué hay hombres que pueden sentirse intimidados ante el empoderamiento femenino?
Muchos lo ven como una amenaza. La sociedad aún está en proceso de cambio, de entender toda la evolución que se ha producido a nivel laboral, entre otras cuestiones. Las mujeres han accedido a puestos de liderazgo económico y profesional y esto ha revolucionado su posición social. Ya no dependen de un vínculo, un hecho que algunas personas, por desgracia, han visto como algo negativo. Si la pareja está fuerte no tiene por qué verse así. Ni mucho menos. Es una disonancia entre lo que cree, tras haber sido educado en una cultura tradicionalmente machista, y lo que ve en casa. Es importante que todas estas prácticas se vayan diluyendo.
En el lado opuesto, ¿hay mujeres que minimizan su éxito o que bajan sus expectativas para salvar su relación o para forjar un vínculo con otra persona?
¿Sabes lo qué ocurre? Muchas veces en consulta encontramos a mujeres que están muy asociadas al rol del cuidado, ya sea de su marido, de sus hijos o de cualquier persona dependiente. Si no tienes una identidad de logro lo suficientemente fuerte y estable o si estás en un entorno que no es propicio y que no te deja crecer, empiezas a cuestionarte si lo que estás haciendo es en realidad el camino que tienes que seguir. Es una pena porque, a veces, por miedo, por no generar malestar o por no romper esa estabilidad se callan sus propios éxitos. Es bastante triste, por eso los hombres deberían trabajar la independencia desde pequeños.
Para ellas, ¿qué impacto psicológico puede tener una relación en la que sientan que deben reducirse para no incomodar?
Todo esto va mermando tu autoestima. Somos lo que nos creemos y esto nos va afectando, a veces de forma brusca y otras más silenciosa, pero al final vamos perdiendo nuestra autoeficiencia, una de las cualidades que definía a esas supermujeres. Nos hacemos pequeñas, terminamos necesitando la aprobación de alguien para sentirnos realizadas. El impacto emocional es tal que puede hacer que dejemos de luchar por aquello que queremos. Por la consulta vienen mujeres que ni se dan cuenta de que están viviendo este proceso y así acabas normalizándolo. Cuando esto ocurre, primero, no disfrutas los logros y, segundo, tampoco peleas por ellos.
¿Existe, por tanto, cierto riesgo de que este discurso del síndrome de la supermujer termine culpabilizándolas de manera indirecta?
Claro y es peligrosísimo. Nos terminamos de creer el discurso machista y es como un dardo envenenado. Si no se tiene la autoestima suficiente para confrontar este tipo de pensamientos y de verbalizaciones, ese mensaje va a calar en nosotras. Sobre todo cuando la autoestima de la mujer ya viene debilitada de base porque son personas poco independientes, con bajo sentimiento de logro o con problemas familiares. Acabas comprando el discurso de que no te lo mereces.
«Las nuevas generaciones se cuestionan todo mucho más, pero esto es una carrera de fondo, queda por hacer»
¿Hasta qué punto la educación de género podría ayudar a que el éxito de la mujer deje de generar conflicto en el terreno afectivo?
Es muy importante. Desde pequeños vemos que hay que educar en igualdad porque hay mucho micromachismo silenciado que asumimos como normal. Por suerte, esto ya se está teniendo en cuenta en colegios e incluso en los anuncios, pero yo creo que todavía queda un trabajo increíble.
¿Cree que las nuevas generaciones están dispuestas a renunciar a sus carreras profesionales? ¿Se plantearían este sacrificio?
Pues eso es un problema que surge en muchas áreas: en maternidad, en el cuidado de los mayores… Ha sido un rol de mujeres, aunque hoy en día ellas se cuestionan mucho más el porqué. Sí es cierto que hay un cambio, no somos las mismas de hace 20 años y espero que dentro de otros 20 ocurra lo mismo. Empieza a abrirse camino, pero todavía faltan muchas políticas sociales que fomenten el apoyo a la mujer en el trabajo. Todavía nos queda por delante una carrera de fondo.
¿Cómo trabaja con estas mujeres en consulta?
En las últimas décadas, las mujeres ha comenzado a tener autonomía, economía propia y liderazgo. Todo esto está cambiando la posición social que teníamos. El protagonismo aparece en sus vidas y lo primero que tenemos que trabajar es la autoestima. Tienen que sentirse empoderadas para luego hacer frente a todas las emociones y los sentimientos que puedan venir asociados. Luego, hay que centrarse en la identidad: ¿quién eres tú más allá de ser la madre de tu hijo o la esposa de tu marido?
«Se sienten autorrealizadas, no dependen de una relación ni la necesitan, por eso la exigencia aumenta tanto»
¿Existen herramientas psicológicas para equilibrar ambición profesional y bienestar emocional?
Podemos utilizar la terapia tradicional, pero como tal no hay una herramienta concreta. Hay personas a las que les puede beneficiar más un ejercicio de visualización, hay otras que prefieren una reestructuración cognitiva y otras tantas que funcionan mejor a través de la psicoeducación o de entender su historia de vida. A mí me gusta conocer a la persona para luego aplicar la técnica porque puede ser que todo esto se produzca por cuestiones que arrastramos del pasado.
Muchas de ellas llegan con estrés laboral crónico derivado de ese alto rendimiento, ¿cómo afecta eso a su vida sentimental?
Hay un desequilibrio, un desajuste que se produce cuando la mujer tiene mayor capital económico, intelectual o social. Si los hombres sienten esa amenaza, aparecen dinámicas como la evitación emocional, la competitividad o la desvalorización. Eso a ella le genera un conflicto y una crisis de identidad.
En esos casos en los que sí tienen pareja, ¿cómo pueden trabajar juntos para construir relaciones más igualitarias y sanas?
Primero hay que trabajar las emociones, que están ahí, pero no son ni positivas ni negativas. Hay que confrontar esos sentimientos para saber qué está pensando la otra persona y por qué lo está haciendo. Aunque no tienen justificación, estos comportamientos machistas pueden ser una cuestión cultural o de base en su educación, por eso siempre invito al cuestionamiento: ¿Por qué estoy sintiendo envidia? ¿Qué está generándola? Sin ese espacio para hablar y compartir, se crean suposiciones que dañan la relación y que generan un ambiente tóxico.
«La educación en igualdad de género no sirve de nada si no se trabaja con el entorno de los más pequeños»
¿Qué cambios estructurales serían necesarios para evitar percibir el éxito femenino como un obstáculo?
Hay mucho machismo encubierto. Tenemos que reflexionar como sociedad; el mero hecho de hablarlo significa que está ocurriendo. Tras esa primera aceptación hay que plantear acciones para que se minimice con los años. Hay que trabajar con los más pequeños, pero también con su entorno, porque no sirve de nada lo que aprenda en el colegio si en su hogar no se aplica.
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