Enfrente de casa sigue estando el after Kinley. Ya escribí de él. Se encuentra veinte escalones por debajo del nivel de la calle. Tiene sentido: este tipo de locales implican a menudo algún tipo de descenso, incluso de catarsis, pues cuando al cabo emerges de sus profundidades y encaras la escalera para irte a casa, compruebas no sin fascinación que el mundo ha consumado su órbita diaria y ahora el sol luce sobre las cabezas. El local ya estaba ahí cuando me mudé a mi actual casa hace tres años y medio. En este tiempo, nunca he sentido la tentación de bajar a echar un vistazo. En realidad, lo hice hace seis años, para escribir un reportaje sobre el improbable paso por allí, cuarenta años antes, de un joven chileno llamado Bolaño. Mi amigo Xosé Luis Fortes, ya fallecido, contaba que a finales de los setenta había conocido a un tal Bolaño en el pub Yopo, que era como por entonces se llamaba el Kinley. A raíz de la lectura de Los detectives salvajes, recordó que había entablado conversación con un tipo que le contó que era chileno, se apellidaba Bolaño y andaba en busca de sus ancestros. Esa búsqueda encajaba con una parte de la biografía del Roberto Bolaño auténtico, cuyo abuelo paterno había nacido en Galicia.
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