Hay un chiste de Eugenio en el que un hombre se despeña por un acantilado de cientos de metros y, en el último momento, se logra agarrar a una rama. Entonces, tambaleándose, comienza a gritar a la desesperada: «¿Hay alguien?, ¿hay alguien?». Así varias veces hasta que de pronto una voz penetrante (sic) le dice: «Sí, está Dios». Y ésta prosigue: «Suelta tus manos, déjate caer al vacío, antes de que tu cuerpo se estrelle contra el suelo mandaré 40.000 ángeles mayores al mando del arcángel San Gabriel que, batiendo sus potentes alas, vencerán la ley de la gravedad y succionando el aire te remontarán otra vez hasta el punto de partida».
Algo parecido le sucede a Florentino Pérez cuando a sus chicos les entra la pereza y dejan de querer correr para atrás, de querer jugar de laterales y les comienzan a entorpecer los entrenadores que les ponen vídeos. «Los he malcriado», llegó a decir Florentino cuando decidió poner tierra de por medio en su primera aventura como presidente en 2006. Algo parecido le sucede al ser superior —Butragueño dixit— y cuando grita al vacío la voz penetrante que quiere escuchar es la de Jose Mourinho (Setúbal, 1963), que venció a partir de 2010 aquella ley de gravedad que empujaba al abismo a un Real Madrid que venía del fracaso de Alcorcón, de la siesta de Faubert en el banquillo y de otras muchas calamidades como el popular ‘chorreo’ de Boluda.
Para atajar aquello, Mourinho recibió plenos poderes: fue entrenador, portavoz, escudo e incluso guía espiritual del madridismo. Pero no de todos. Dividió y muchas fueron las voces disidentes, una de ellas la de Valdano, contra aquel Special One que no hizo prisioneros. Sus duelos contra el Barça de Pep alcanzaron máximos de audiencia, pero también de tensión. Se encargó de señalar a Casillas, de enturbiar el clima de los años de vino y rosas de la Selección Española para pesar de otro madridista ilustre, el seleccionador Vicente del Bosque. El entorno del Real Madrid se bunkerizó, con un cuerpo técnico con paso de cuartel, la información giraba en torno a bandos contrarios, a cacerías contra el topo que filtraba información, a choques dialécticos con entrenadores rivales, a agrias protestas contra los árbitros… Coincidió también con la polarización de unos medios de comunicación que aprovecharon el tirón del personaje, los a sí mismos llamados mourinhistas.
Cuando vinieron bien dadas fue el embajador del madridismo, sus obras llenaban pancartas y su punto de vista era el pravda común de quien se confesaba cada quince días en Concha Espina. Los opositores internos torcían el morro por las maneras de un club que llevaba en su himno la frase la caballerosa «cuando pierde, da la mano«. En su cuenta, Mourinho tiene haber sabido frenar en cierta medida los envites de aquel conjunto blaugrana que parecía encaminado a la canonización: su Madrid de los récords les arrebató una Liga y una Copa en tres años. Además, los blancos llegaron a otras tantas semifinales de Champions, todo un hito vistos los precedentes del club en la década anterior, pero que pronto quedaría en anécdota porque su sucesor, Ancelotti, levantaría al año siguiente la ansiada décima.
Precisamente, con entrenadores como el italiano, Zidane o Del Bosque, de mano izquierda y poco látigo, es cuando el Madrid ha engrasado mejor. Desperdiciada la bala de Xabi Alonso, el entrenador moderno que Florentino vio como un buen gestor de egos, y con un vestuario a la deriva, la alternativa en el banquillo ha sido Arbeloa, ferviente espartano de Mou, cuya estancia se presume corta, de entreguerras, por su inexperiencia y la falta de ventilación de una plantilla que además necesita un centro del campo que le diga si quiere ser toro o torero. Para el relevo del curso que viene Florentino piensa de nuevo en un Mourinho que se ha cruzado este año con el Benfica en el camino de un Madrid que le toca ir a la repesca para no caer a las primeras de cambio en su competición fetiche.
Quienes hace una década se rasgaron las vestiduras por el trazo grueso de aquel Real Madrid protestón que perdió el noble de la letra de su himno («noble y bélico adalid, caballero del honor…«), ahora titubean ante la hipotética nueva entrega de llaves del club a Mourinho y le repiten a Florentino lo que el protagonista del chiste de Eugenio voceaba cuando Dios le prometía ayuda del arcángel San Gabriel si se dejaba caer al vacío del precipicio: «Vale, ¿pero no hay alguien más?».











