Decía Cristiano Ronaldo que eso de las «comiditas fuera, abracitos y besitos» para él no contaban nada. Que lo importante es lo que pasaba dentro del campo para hacer que el equipo gane. Lo cierto es que en un equipo tan tendiente a la autodestrucción como el Real Madrid esta temporada, una conjura como la que vivió esta semana ayuda a adecentar el ánimo. Nunca está de más en la lucha de egos cruzados que son la mayoría de vestuarios de alto nivel. Invitó al banquete Vinicius, junto a Mbappé.
¿Mejor sin Bellingham y Mbappé?
En el posterior, de Liga, la cuenta corrió solo a cargo del brasileño. El suyo fue un ‘show’ que el Bernabéu agradeció. Al Real Madrid le siente bien descansar en medio de la semana, aunque sea después de perpetrar un topetazo en Copa que habría sentenciado cualquier proyecto. Este equipo, inconsciente y juvenil, pasa de la noche al día con una facilidad que ni los que les acompañan en el día a día llegan a entender. Aunque Arbeloa va camino de, por lo menos, saber qué le funciona. Tanto, que le da hasta miedo.
Porque cosa bien distinta es que se atreva en cada partido a pulsar los botones acertados. El 4-1 contra la Real Sociedad dejó la paradoja de un equipo que juega mejor sin Mbappé y Bellingham. O no es tal paradoja, porque cuando la individualidad es una y boyante, como la de Vinicius, el resto se organiza a su alrededor. Al revés, el asunto cambia. Que se lo digan a Gonzalo, que volvió a ver puerta. Y otra vez sin el galo en el campo, como todos los goles (11) que ha metido el canterano con el primer equipo.
El hasta no hace tanto jugador del Castilla es el jugador en el que más se ve representado un Bernabéu que, en su estado de enamoramiento transitorio, hasta perdonó el nuevo desliz de Huijsen. Igualmente, se abrazó a un Carvajal al que la realización del estadio buscó con ahínco. Da la sensación de que el encargado de esta faceta tiene pasión por el drama, porque es el mismo que puso en primer plano a Florentino cuando el templo blanco estalló contra todo en el encuentro frente al Levante.
La ruleta rusa emocional de los blancos
Hasta el sector visitante, espoleado por la buena racha y el triunfo en la ida en Copa ante el Athletic, se tomó con ironía las dos penas máximas que forzó Vinicius como un resorte. «¡Que pite otro penalti!, ¡que pite otro penalti», cantó el fragmento de campo que solo pudo disfrutar con el lanzamiento, precisamente, desde los once metros de Oyarzabal. Un espejismo para una noche en la que se fueron cantando a pleno pulmón por Concha Espina, al considerar que tenían más motivos para celebrar que para lamentarse de una goleada.
Una calma extraña dominó un estadio que espera ansioso, como el resto del madridismo, saber si lo de dormir líder es un estado transitorio una realidad. Porque después de dos victorias contra el Mónaco y el Villarreal (esta última, la más convincente), llegó la costalada de Da Luz que frustró la pretemporada en medio del curso que quería hacer Pintus. Por eso, existe cierta sospecha sobre un núcleo al que se van sumando actores secundarios como Trent, pero que pasa del mérito al caos con gran facilidad.
No hay análisis que valga de un partido para otro. Porque el mismo equipo que obligó a Matarazzo a dar largas explicaciones futbolísticas sobre lo que había pasado dejó al Rayo sumido en la rabia por no haber llegado a buen puerto con su plan. Un programa que sostuvo con el simple hecho de ponerse enfrente de un rival al que le cuesta mantener sus ideas en el tiempo. Ahora vuelve la Champions, hasta hace un par de temporadas competición fetiche, y ahora un pavimento deslizante que retoma todos los miedos.












