La promesa de una agricultura más limpia mediante el uso de nanoplaguicidas elaborados con componentes naturales tropieza con un obstáculo fundamental: la falta de consenso y claridad sobre lo que realmente significa ‘verde’ en este campo emergente. Una revisión crítica de la investigación científica alerta de que términos como «plaguicida ecológico» o «basado en elementos naturales» se emplean con frecuencia de forma ambigua, incluso para describir formulaciones que encapsulan ingredientes activos sintéticos en polímeros naturales.
Esta ambigüedad, unida a la escasa regulación específica, ralentiza el desarrollo y la llegada al mercado de alternativas verdaderamente sostenibles, según concluye un estudio publicado en la revista Sustainable Materials and Technologies. La investigación, realizada por el Grupo de Nanotecnología Ambiental del Instituto de Ciencia y Tecnología de la Universidad Estatal Paulista (ICT-UNESP) en Brasil, examina la evolución de estas nanoformulaciones en las últimas dos décadas.
Inicialmente, el objetivo principal era emplear la nanotecnología para reducir la dosis de producto necesaria, minimizando así su depósito en el entorno. «El foco estaba en ganar eficiencia para la reducción de la dosis», recuerda Vanessa Takeshita, autora principal del trabajo. Esa primera generación de nanoplaguicidas demostró ser una mejora frente a las formulaciones tradicionales, aunque su camino comercial aún está por recorrer.
Un giro hacia lo ‘verde’
Sin embargo, el avance de los estudios reveló un hallazgo crucial: las formulaciones que incorporan moléculas naturales tienden a ser más eficaces. «Cuando se usan moléculas o compuestos naturales, la planta los identifica como compuestos conocidos. Nos dimos cuenta de que es más fácil y menos peligroso para el medio ambiente ser eficiente usando ingredientes no sintéticos«, explica Takeshita.
Evolución del control de malezas 7 días después de la aplicación del nanoherbicida verde, en comparación con el control sin aplicación. / Vanessa Takeshita
Este giro hacia lo ‘verde’ se ha convertido en una tendencia internacional, pero la científica advierte de que en ocasiones se ha convertido en una herramienta para conseguir visibilidad. «Si lleva ‘verde’ en el nombre, tiene cobertura mediática, se publica y tiene éxito. Pero, ¿es realmente verde?», cuestiona. Su análisis detallado de la literatura científica muestra una realidad mixta: muchas formulaciones incluyen polímeros naturales, pero también surfactantes sintéticos para garantizar su estabilidad, o solo el polímero es de origen natural.
Según Takeshita, un producto solo debería considerarse verdaderamente «verde» si cuenta con un ingrediente activo y un polímero de origen natural, además de una cadena de producción limpia. Incluso en ese caso, subraya, es imprescindible evaluar su toxicidad específica, ya que la biodegradabilidad no exime automáticamente de impactos ambientales.
Un «caballo de Troya»
El problema de base es la composición de los plaguicidas comerciales convencionales. Estos están formados por el ingrediente activo y una serie de coformulantes –como surfactantes, dispersantes y emulsionantes– que representan entre el 50% y el 90% del producto total.
«A menudo se etiquetan vagamente como ‘compuestos inertes’ y están poco documentados, aunque a veces pueden ser más tóxicos para el medio ambiente que el propio ingrediente activo», advierte la investigadora. Frente a esta mezcla de componentes donde las moléculas «están sueltas», una nanoformulación actúa como un vehículo de precisión.

Evolución de los plaguicidas hacia nanoformulaciones sostenibles que mejoran la eficacia del ingrediente activo. / Sustainable Materials and Technologies
La más común es una cápsula de tamaño nanométrico que protege y transporta el principio activo hasta la planta. Takeshita lo compara con un «caballo de Troya»: «La planta reconoce la cápsula como un compuesto que le es bueno, pero es dentro de ella donde se encuentra el ingrediente activo. Esto permite aplicar una dosis menor porque es posible entregar más producto directamente en la planta, lo que es más eficiente».
Un largo proceso
A pesar de las ventajas, el camino regulatorio es arduo. Brasil, como ejemplo, carece de normas específicas para nanoformulaciones, que se analizan caso por caso entre tres instituciones. «Necesitamos mostrar que la formulación funciona al menos tan bien como las que ya están en el mercado; probar que la molécula tiene baja toxicidad, mediante una serie de estudios; y la Administración también solicitará información sobre toxicidad para organismos no objetivo, si la molécula tiene potencial para llegar a aguas subterráneas, si es móvil en el suelo, si es degradable en el ambiente, entre otras cuestiones», detalla Takeshita. Un proceso que, incluso para una molécula convencional, puede superar la década.
La propuesta de los investigadores es un sistema que acelere el registro de las moléculas verdaderamente verdes, pero sin eludir los requisitos de seguridad. «Creemos que el proceso de registro de moléculas verdes probadas debería facilitarse. Siempre que se pueda demostrar, a lo largo de las diversas etapas, que el producto es más eficiente, tiene baja o nula toxicidad, que la formulación sin el ingrediente activo también es no tóxica, y que el resultado es tan bueno como el de una formulación convencional, el proceso de registro podría acelerarse», sostiene la autora.

Fumigaciónde un campo de cultivo desde una avioneta. / Pixabay
Este impulso regulatorio es urgente, dado que existe una demanda latente. Un estudio citado en la revisión indica que el 97% de los usuarios de plaguicidas estaría dispuesto a pagar entre un 22% y un 40% más por nanoformulaciones más eficientes y menos peligrosas.












