Sin atender a su razón social y educativa, hay universidades públicas que han convertido el reparto del honoris causa en un trapicheo de influencias o en una manera de alimentar egos bien relacionados con la fama o la foto efímera. Esta misión espuria se ha infiltrado en el ADN universitario, siendo hasta una rareza que alguien salga en plan Pepito Grillo llevando la contraria. No ha ocurrido así con un grupo de docentes y trabajadores de la ULPGC que, a través de un manifiesto público, destacan su malestar por la designación de la reina emérita, doña Sofía de Grecia, como merecedora de tal distinción.
“La universidad no pierde prestigio cuando decide ser crítica: lo pierde cuando se subordina a lógicas externas a su propia razón de ser. Convertir el máximo reconocimiento académico en una herramienta de cortesía institucional supone rebajar su sentido, diluir su autoridad moral y transformar un honor académico en un rito de legitimación simbólica”, señala el manifiesto encabezado por el catedrático de Psicología Social José Antonio Younis Hernández y suscrito (al menos en su primera versión) por 15 nombres más. El rector Lluís Serra Majem contestó en la revista Vanity Fair (que no falte el glamour), donde argumentó que la propuesta ha superado todos los filtros y es defendida por la “inmensa mayoría de la Universidad, incluso los más jóvenes”.
Los rectorados suelen rehuir los berenjenales, metidos como están en salvaguardar su sostén económico (en Madrid la Complutense levanta trincheras contra Ayuso). Y no hace falta obtener un título en West Point (que me disculpen los antimilitaristas) para saber que se está ante un berenjenal. Sólo hace falta pasarse por el negociado de la Casa Real y preguntarle a Felipe IV cómo le va en la ardua labor de reconstruir la ruina que ha dejado tras de sí su progenitor durante la etapa más descontrolada del reinado, compartido estoicamente (dicen los cronistas) por doña Sofía sí, bwana.
Así y todo, en Juan de Quesada consideran que las trapisondas de la restauración borbónica no cortocircuitan el relevante trabajo realizado por la fundación de la emérita, sobre todo en favor de la asociación Banco de Alimentos, la más interesada en el honoris causa. Este contexto espinoso donde el Borbón migra al borboneo en su sentido más amplio no aparece en el manifiesto ¿Qué significa honrar a alguien en nombre de la universidad? “Resulta difícil comprender que se proponga investir doctora honoris causa a la reina Sofía. No se trata de una cuestión de preferencias políticas o de simpatías personales. La pregunta es otra, mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más exigente: ¿qué aportación específica ha realizado la reina Sofía al conocimiento, a la investigación, a la creación intelectual o al pensamiento crítico que justifique el máximo reconocimiento académico?”, señalan los firmantes.
La monarca recibió un reconocimiento similar en el año 2024 por la universidad privada CEU San Pablo, pero la mayoría de los honoris causa que ha conseguido (Valladolid, Oxford, Évora, Nueva York o Cambridge) se concentran en la década de los noventa, con anterioridad a la fase de desgaste del juancarlismo, que comienza a partir de 2011 con el caso Nóos y sigue con el el accidente de Botsuana y las comisiones irregulares. La japonesa Seisen, católica y privada, se sumó precisamente el mismo año de los escándalos.
La nómina de honoris causa de la ULPGC la abrió en 1992 el tenor Alfredo Kraus y en la misma hay investigadores en ciencia y humanidades, premios nobeles, también escritores y artistas consagrados y algún guiño últimamente a la vanagloria local a propuesta de departamentos. En el caso de la Reina Sofía, el introductor directo y adalid de la iniciativa en el órgano universitario correspondiente fue el rector, dado su compromiso firme con “las personas desfavorecidas, la justicia social, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la cultura, la ciencia o la educación”.
En una comunidad universitaria realmente aplatanada, incapaz de fomentar cualquier debate sobre los cimientos éticos que la sostienen, el manifiesto burbujea desde la justicia poética. “Si la universidad quiere ser reconocida socialmente, debe empezar por reconocerse a sí misma como lo que es -y no como lo que algunos poderes esperan de ella”. ¿Quién hace hoy este tipo de afirmaciones? Nos retrotraen a tiempos perdidos, donde era imprescindible el protagonismo de la cátedra para abrirle camino a la democracia. Pero también se hacen necesarias estas aseveraciones para una universidad que parece haber olvidado cuál fue su arranque.
Birrete laureado, guantes blancos y anillo dorado como representación de la sabiduría. Una reina con un rey desterrado. Un manifiesto reclamando el espíritu de Voltaire. La convocatoria de una manifestación. Una laudatio (desconozco quién será el encargado o encargada) que tendrá que encajar a la monarca de 87 años en la época… Un bodegón, casi una escena en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, en el universo de Harry Potter. ¿Quién tiene la culpa de que esto sea así? Me espera Vanity Fair en la lontananza.
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