Estados Unidos enviará al mayor portaviones del mundo a aguas del Golfo Pérsico, donde tiene ya un grupo naval de ataque, para aumentar la presión militar sobre Irán, país con el que negocia sobre su programa nuclear y su arsenal balístico, según ha confirmado este viernes Donald Trump. La maniobra de su Administración busca añadir un elemento más de coerción al diálogo reactivado la semana pasada en Omán con la diplomacia iraní y llega solo dos días después de que el líder estadounidense recibiera por séptima vez en lo que va de año al primer ministro israelí Binyamín Netanyahu en la Casa Blanca. “En caso de que no lleguemos a un acuerdo, lo necesitaremos”, afirmó el presidente de EEUU.
Está previsto que el portaviones USS Ford zarpe en los próximos días hacia el Golfo, situado junto a las costas iraníes, escoltado por otros buques de guerra. Hasta ahora el USS Ford se encontraba en el Caribe, teóricamente para ser utilizado en las operaciones contra el narcotráfico, a la postre un señuelo para atacar Venezuela y secuestrar a su presidente, Nicolás Maduro, encerrado desde principios de año en una cárcel neoyorquina. En el Golfo Pérsico se encuentra también desde hace más de dos semanas el portaviones USS Lincoln, una presencia que ha alimentado las especulaciones sobre la posibilidad de un nuevo ataque estadounidense contra Irán.
Demandas cambiantes
Ese escenario tomó cuerpo durante el mes pasado, después de que Trump prometiera ayudar a los cientos de miles de iraníes que tomaron las calles contra el régimen, inicialmente para protestar contra la depreciación de la moneda local y elevado coste de la vida. El estadounidense instó a Teherán a frenar las ejecuciones de manifestantes y a acabar con la represión, que se cobró la vida de miles de iraníes. Cuando las aguas se calmaron, representantes de ambos países se sentaron a negociar.
No está claro, sin embargo, que quiere exactamente la Casa Blanca. Públicamente, sus demandas cambian en función del día. Algunos de sus funcionarios las circunscriben al programa nuclear iraní; otros añaden elementos adicionales, como exigir a Teherán que deje de fabricar misiles balísticos capaces de alcanzar Israel y renuncie a apoyar al universo de milicias con las que ha construido su influencia regional. Semejantes demandas equivalen poco menos que a una rendición. De aceptarlas, el régimen de los ayatolás, que atraviesa un momento de enorme debilidad, renunciaría a su poder de disuasión y al poder duro con el que ha construido buena parte de su ascendencia regional.
Ucrania como prioridad
De la reunión que Trump mantuvo con Netanyahu poco trascendió. No hubo comparecencia conjunta ante los medios, aunque el estadounidense confirmó que de momento su Administración continuará con las negociaciones. Las opciones militares llevan semanas encima de su mesa, pero el republicano no parece tener demasiada prisa por actuar. Entre otras cosas porque su principal apuesta actualmente en el exterior se centra en Ucrania, donde trata de cerrar un acuerdo antes de la llegada del verano, un hito que le permitiría llegar a las legislativas de noviembre con una victoria diplomática de gran calado.
Respecto a Irán, sin embargo, son muchos los que piensan en Washington que el entuerto tiene mala solución. Un ataque militar no garantiza la caída del régimen teocrático, que sigue contando con el apoyo de su nutrido aparato de seguridad, ideológicamente muy comprometido con el líder Supremo. Especialmente si se tiene en cuenta que EEUU no tiene ninguna intención de enviar soldados para ocupar el país, como hizo en Irak en 2003. Además el ataque podría generar el caos en Irán e incluso una guerra civil, según algunos expertos.
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