17 de noviembre de 2023, manifestación en Nueva York contra la invasión palestina por Israel. Susan Sarandon no tenía pensado subir al estrado y coger el micrófono, pero, venida un poco arriba por la emoción del momento, lo hizo: «Ahora mismo las personas que tienen miedo de ser judías están comprobando lo que es ser musulmán en este país». Aplausos de la concurrencia. A los pocos días recibió una llamada de su agencia, United Talent Agency, liderada por el judío Jeremy Zimmer; no, no era para discutir un nuevo proyecto sino para hacerle saber que ya no la representarían más. En ese momento, Susan supo que jamás volvería a trabajar en Hollywood.
Aquella situación no era, sin embargo, algo nuevo para Susan. No hacía muchos meses, la intérprete fue detenida por cortar el tráfico junto a otros activistas de la campaña One Fair Wage, a favor de una legislación que eliminaría gradualmente los salarios inferiores al estipendio mínimo para los trabajadores que dependen de las propinas. Y años antes su No a la guerra tras los atentados del 11S hizo tambalear seriamente carrera. «Un periódico de derechas me llamó ‘fan de Bin Laden’, me cancelaron películas, recibí amenazas de muerte… El profesor de mi sobrina, que no sabía que yo era su tía, dijo en clase que le gustaría sacarme los dientes a puñetazos; el de mi sobrino, que sí sabía quién era su tía, le dijo a mi hermana que no se me permitiría la entrada al musical de fin de curso», declaró meses después.
Pero ya no están los tiempos para nuevas oportunidades. O estás con nosotros o contra nosotros, le han dicho siempre. Ella, de madre siciliana (carácter volcánico) y ascendencia irlandesa (pelo rojo fuego), hermana mayor de nueve, siempre lo ha tenido claro: «Cuando haces un trabajo como el mío, tienes dos caminos por delante: usar la notoriedad o ser usado por ella. Elegí el primero».
Por eso todo el mundo está pendiente de lo que dirá cuando suba al escenario del Auditori del Centre de Convencions Internacionals de Barcelona para recoger su Goya Internacional. No es que sea una reliquia de ese Hollywood que ya no existe, no puede serlo una mujer que mantiene el brillo en sus ojos a sus casi ocho décadas de vida, pero hace años que no se embarca en una película de interés (y no sólo por su activismo: los papeles apetecibles para septuagenarias se los queda todos Meryl Streep) y que los titulares a su alrededor tienen más que ver con sus movidas políticas y extracurriculares, como por ejemplo su cadena de establecimientos SPiN, una especie de club social que acoge competiciones de ping pong (Susan Supreme) y que terminó franquiciando, y su idea de filmar (como directora) películas pornoeducativas para que los chavales tengan una visión más realista y menos machista del sexo.
Caminos secundarios
La Sarandon tiene un Óscar, por su conmovedora hermana Helen Prejean de Pena de muerte (Tim Robbins, 1995), pero la carrera hacia la estatuilla estuvo llena de caminos secundarios. Ella dice que lo ha hecho todo mal y que ha sobrevivido: se ha tomado años sabáticos en momentos álgidos de su trayectoria, respondió que sí a propuestas tan bizarras (entonces) como The Rocky Horror Picture Show (Jim Sharman, 1975), jamás ha dejado de vivir en Nueva York cuando el cotarro se movía en Los Ángeles, ha tenido hijos de varios padres y los ha criado (ella), ha salido (y sigue saliendo) con hombres bastante menores, ha envejecido sin retoques…
Su vida ha sido siempre como ella, voluptuosa y sensual (inolvidable su escena de los limones en Atlantic City, Louis Malle, 1980), impetuosa (y reflexiva) —se separó de Tim Robbins durante su trabajo en el montaje teatral de El rey se muere, de Ionesco, en 2009: dice que era imposible que una obra sobre la mortalidad como aquella no le llevara a reevaluar su vida—, siempre hacia adelante, costara lo que costara (como su Louise de Thelma & Louise, Ridley Scott, 1991). Por eso siempre se ha sentido «al margen, al borde del abismo»: «Las mujeres que retrato, y la mujer que soy, son comunes, pero quizá se encuentran en circunstancias extraordinarias, y lo que hacen tiene un gran coste». Y algo me dice que esta mujer de ojos grandes y pelo de fuego lo paga con sumo gusto.











