Durante años fue apenas un nombre perdido en los márgenes del caso Epstein. Hoy, tras la publicación de tres millones de documentos que publicó el Departamento de Justicia de EEUU, cumpliendo con el requerimiento del Congreso, Karyna Shuliak ha pasado a ocupar un lugar central en una historia donde se mezclan lujo, poder, abusos, silencio y una herencia millonaria nacida en el corazón de uno de los mayores escándalos del siglo.
Bielorrusa, odontóloga, discreta hasta la obsesión, Shuliak fue la última pareja conocida de Jeffrey Epstein y la mujer a la que el financiero caído en desgracia quiso convertir en su esposa en sus últimos días. También en la gran heredera de su fortuna, según su última voluntad firmada apenas dos días antes de quitarse la vida en una prisión federal de Manhattan, en agosto de 2019.
Cuarenta y ocho horas antes, el pedófilo que abusó sexualmente de menores durante años dejó firmado un testamento de 32 páginas en donde le dejaba un total de 100 millones de dólares a Karyna Shuliak, una dentista bielorrusa de 36 años a quien, según publica ‘The New York Times’, Epstein conocía desde al menos 2012, cuando ella tenía unos 20 años. Él la ayudó a pagar sus estudios de odontología.
El hasta ahora desconocido testamento, llamado ‘Fideicomiso 1953’, por el año de nacimiento de Epstein, sitúa como principal beneficiaria a la joven dentista, que hoy reside en Nueva York. Además de los 100 millones de dólares, le dejó una renta vitalicia, joyas y propiedades repartidas entre Nueva York, Florida, París y el Caribe. Entre ellas, las islas privadas que hoy simbolizan el lado más oscuro del imperio Epstein.
De Minsk a Manhattan
Nacida en marzo de 1989 en Bielorrusia, Karyna Shuliak llegó a EEUU siendo muy joven, con apenas 20 años. Según consta en la documentación judicial, Epstein pagó sus estudios de odontología, primero tras su paso por la Universidad Estatal de Medicina de Minsk y más tarde en la Universidad de Columbia, donde se graduó en 2015.
En los papeles aparece descrita como una estudiante aplicada, políglota -habla inglés y ruso con fluidez, y un poco de francés- y con intereses que iban más allá de la medicina dental: arquitectura, diseño de interiores, arte floral y protocolo internacional. No eran aficiones inocentes. Durante años, Shuliak gestionó propiedades, decoró residencias y organizó espacios del magnate, convirtiéndose en una figura clave en la organización de su vida doméstica y logística.
Karyna acompañaba a Epstein a todos lados, y por ello la apodaban ‘la inspectora’. También solía acompañarlo en su jet privado, por lo que en julio de 2019 fue testigo del arresto del empresario, en un aeropuerto de Nueva Jersey.
Foto sin fechar, publicada por el Departamento de Justicia de EEUU el 30 de enero de 2026 como parte de los archivos de Jeffrey Epstein, en la que se ve al pederasta con Karyna Shuliak, en un lugar no identificado. / HANDOUT / AFP
Fiel escudera
Mientras el mundo cerraba filas contra Epstein tras su condena en 2009 por delitos sexuales, ella permaneció a su lado. Para algunos, por lealtad. Para otros, por dependencia. Los documentos muestran gastos de tarjetas de crédito revisados al detalle, correos electrónicos constantes y una presencia continua en la maquinaria privada del financiero.
Entre los bienes que Epstein dejó detallados con minuciosidad destaca un símbolo revelador: un anillo de compromiso con un diamante de 33 quilates, acompañado por otros 48 diamantes certificados. Un gesto inequívoco de una boda que nunca llegó a celebrarse, pero que él dejó por escrito como intención.
Otros herederos
Además de Shuliak, Epstein nombra a otras 40 personas como posibles beneficiarios de su patrimonio. Cabe señalar, sin embargo, que este se ha visto reducido considerablemente en los últimos siete años, tras el pago de impuestos, restituciones a las víctimas y elevados honorarios de abogados. «Al momento de su muerte, el patrimonio del pederasta estaba valorado en unos 600 millones de dólares, pero según un expediente judicial reciente, estaría valorado en 120 millones de dólares», cita ‘The New York Times’.
Los albaceas de su herencia insisten en que ningún beneficiario recibirá dinero hasta que se cubran todas las reclamaciones, incluidas las compensaciones a las víctimas.
Los otros dos beneficiarios principales que figuran en el fideicomiso -y cuyos nombres no se han tachado- son Darren Indyke, abogado personal de Epstein, y Richard Kahn, su contable. Según ese documento, a Indyke le pertocarían 50 millones de dólares y a Kahn, 25 millones.
Llama la atención lo poco que Epstein deja a su fiel amiga y cómplice, Ghislaine Maxwell, quien fue condenada en 2021 a 20 años de cárcel por cargos federales de conspiración con Epstein para abusar sexualmente de adolescentes. Tanto para ella como para su hermano, Mark Epstein, el documento establece las cantidades de 10 millones de dólares, respectivamente. Epstein también dispuso para Martin Nowak, profesor de matemáticas de la Universidad de Harvard y gran amigo, otros 5 millones de dólares.
La última llamada
Hay un dato que sobrevuela este perfil como un eco inquietante: Shuliak fue la última persona con la que Epstein habló por teléfono antes de que las autoridades declararan su suicidio en agosto de 2019. Un detalle que la prensa anglosajona ha subrayado sin extraer conclusiones, pero que añade aún más misterio sobre la figura de la odontóloga.
Desde entonces, Shuliak ha optado por el silencio. Vive, según diversas fuentes, en Nueva York. No concede entrevistas. No hace declaraciones. No se deja ver. Su nombre aparece miles de veces en los documentos judiciales, pero ella permanece fuera de foco, como si hubiera aprendido demasiado bien la lección fundamental del mundo que la rodeó: sobrevivir es desaparecer.
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