Ya casi estamos en San Valentín, pero me acuerdo de los pasados Reyes y de una cosa que me sorprendió: un anuncio de radiocasetes. El radiocasete ha vuelto, sorpresas te da la vida.
Un conocido hipermercado de Palma insertó en Diario de Mallorca un anuncio a toda página con regalos de última hora para cumplir con los Reyes. Se ofrecían una amplia gama de chismes electrónicos para que los olvidadizos pudieran quedar medianamente bien con sus seres queridos.
El objeto más caro era una voluminosa radio con casete incorporado a un precio de unos 80 euros. Me vino a la cabeza un flash de nostalgia y estupor; también un poco de alegría por recordar mis tiempos juveniles.
Hace varias décadas este armatoste nos hacía mucha compañía. Por un lado, accedíamos a las emisoras de radio de onda media, más serias y tradicionales, y a las cadenas de frecuencia modulada, más juveniles y algunas especializadas en música pop o clásica. También había emisoras piratas que emitían por FM y difundían mensajes de todo tipo, ya fueran ecologistas, políticos o culturales. Cualquiera, con cuatro pesetas, se montaba su radio y usurpaba un huequito en la banda. Estaba también la opción de la onda corta para conectar con lejanos países, pero era algo no muy aprovechado.
El aparato también nos permitía escuchar nuestra propia música, ya fuera en cintas comerciales o en las grabaciones caseras.
Había virtuosos en el manejo de esta rudimentaria tecnología. Gente que se pasaba horas y horas grabando en las cintas vírgenes, recopilando canciones y canciones sacadas de discos de vinilo y de las propias emisoras de radio. Eran personas ordenadas, metódicas, pacientes, que luego clasificaban impecablemente todo el material.
Las casetes circulaban luego entre los amigos y familiares. Había un intenso y reconfortante tráfico.
Los derechos de autor brillaban por su ausencia. No nos parábamos a pensar ni un segundo en esa minucia. De hecho, en los mercadillos de Son Fuster, Santa Ponça y Consell se vendían cintas plagiadas de los principales éxitos del momento, con caratulas hechas con fotocopias de los originales, a menudo en blanco y negro. Daba igual, lo importante era acceder a nuestros artistas preferidos y a sus últimas creaciones con el menor coste posible.
Las productoras hacían ediciones de música clásica, zarzuelas, óperas, baladas, temas de cine… Los más pudientes compraban esas colecciones, que acabaron muertas de asco con el paso del tiempo, tiradas a la basura o donadas a mercadillos benéficos.
El radiocasete también funcionaba a pilas. Se podía llevar al campo y a la playa y amenizar nuestros ratos de asueto. Su presencia también era inexcusable en pequeñas fiestas y guateques, donde muchos ponían baladas lentas para poder bailar con sus parejas o posibles parejas.
Eran también botines predilectos de la ola de delincuentes de los años 80 y 90 causada por la heroína. Los chorizos robaban las radios en las casas y coches e, inmediatamente, las cambiaban por una dosis de droga.
La Policía recuperaba muchos de estos «loros» que, con frecuencia, se amontonaban en los trasteros de los juzgados, porque nunca se encontraba a sus dueños. Su destino era acumular polvo como piezas de convicción, inservibles después de los juicios.
Las cajitas transparentes, que tienen fecha de caducidad, también servían para grabar reflexiones personales, charlas o preparar exámenes diversos.
Ahora, en tiempos de plataformas musicales, auriculares extrafinos y excelentes, teléfonos móviles multiusos, You Tube, otros canales, IA , etc. regresan las cintas lentas y casi analógicas.
Los aparatos, eso sí, llevan algunos avances, como el Bluetooth, para poder alimentarlos y conectarlos con otros dispositivos. No han perdido la clásica antena telescópica que, una vez desplegada, hay que saber orientar para captar las ondas. También se venden cintas vírgenes de 60 y 90 minutos para regresar a épocas donde parecía que teníamos el control de las cosas.
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