Envalentonado por la facilidad con la que sus militares depusieron a Nicolás Maduro en Venezuela, Donald Trump lleva algunas semanas sugiriendo que Irán podría correr la misma suerte si no se pliega a sus demandas. Esas demandas — las últimas— se han trasladado de momento a la mesa de negociación en Omán, donde las delegaciones de ambos países mantuvieron el viernes una primera ronda de conversaciones. Washington exige a Teherán que renuncie a su programa nuclear, deje de fabricar misiles balísticos capaces de alcanzar Israel y retire el apoyo a sus aliados en la región. Una lista de la compra tan maximalista que difícilmente podrá prosperar.
Entre tanto, el republicano ha enviado “una Armada masiva” al Golfo Pérsico para dar credibilidad a su ultimátum. “Como sucedió con Venezuela, está lista, dispuesta y en condiciones para completar su misión con rapidez y violencia si fuera necesario”, escribió la semana pasada en Truth Social. Pero como repiten estos días los analistas, Irán no es Venezuela, por más que ambos países tengan regímenes autoritarios con un alto grado de contestación social y economías asediadas por las sanciones y al borde del colapso. En el país caribeño a EEUU le bastó con secuestrar a su presidente para que el aparato bolivariano se cuadrara ante los nuevos amos del país, pero en Teherán es cuestionable que la misma estrategia pueda funcionar, por más que se capture o se mate a su líder Supremo, Alí Jamenei, como Trump ha fabulado alguna vez con hacer.
“La Guardia Revolucionaria [ICRG, de sus siglas en inglés] no se va a ir a ningún sitio por más que pueda desaparecer su líder. Van a crear el caos y, lo sabemos, porque actúan como la mafia”, asegura Shiva Mahbobi, una activista iraní afincada en Europa. Esa organización militar —separada formalmente del Ejército — es la encargada de proteger al régimen y preservar sus esencias ideológicas. Tiene cerca de 800.000 efectivos, si se cuentan las milicias de voluntarios de las milicias Basij a su servicio. En paralelo, la ICRG controla una parte substancial de la economía iraní.
Un régimen debilitado
La probabilidad de una intervención armada ha ido ganando enteros a medida que el gobierno de los ayatolás exhibía sus debilidades. Las protestas internas del mes pasado fueron probablemente las mayores que ha enfrentado el régimen desde que tomó el poder en 1979, con un protagonismo notable de sectores tradicionalmente afines como los comerciantes de Teherán y otras ciudades. En paralelo, Israel ha diezmado severamente a su red de milicias aliadas en la región y ha expuesto sus vulnerabilidades defensivas. Los 12 días de guerra que mantuvo el pasado verano con ayuda de EEUU le sirvieron para golpear las instalaciones nucleares pero también para poner de manifiesto la penetración de su espionaje en el aparato iraní.
“Los diplomáticos europeos describen a la República Islámica como un sistema que ha entrado en una fase de fragilidad estructural. Algunos lo comparan con la Unión Soviética entre 1989 y 1991: estratégicamente disminuida, económicamente agotada e ideológicamente exhausta”, escribía estos días la analista iraní, Sofey Said. Eso no quita que Irán mantenga todavía un arsenal drones y misiles capaces de golpear las bases de EEUU en la región, donde tiene cerca de 40.000 efectivos, así como de alcanzar Israel, como se vio en la guerra de junio.
Riesgo de guerra civil
En la vecina Irak estos días centenares de voluntarios se han alistado para defender a la República Islámica en caso de ataque, un ejemplo que ilustra la lealtad que muchos chiíes sienten hacia sus líderes espirituales en Irán. Pero hay más porque, si EEUU e Israel acaban lanzando una operación de cambio de régimen para quitarse de en medio al país que más activamente ha resistido sus planes hegemónicos en la región, tendrán que hacerlo en principio sin la cooperación de sus aliados árabes. Desde Jordania a Arabia Saudí han dicho que no permitirán que se utilice su espacio aéreo para un ataque.
“Los árabes le tienen pánico a que estalle una guerra civil en el país”, asegura una fuente cercana a las élites empresariales de la región. “No solo por la inestabilidad que podría generar, sino porque temen que las armas del régimen caigan en manos de elementos todavía más radicales que les responsabilicen de la destrucción de Irán”, sostiene Kaveh Abbasian, un académico y cineasta iraní afincado en Reino Unido.
La diversidad demográfica de Irán tampoco invita a pensar el día después vaya a ser fácil. Los persas constituyen el 61% de la población; el resto lo conforman minorías como los azeríes, kurdos, baluchis, árabes o turcomanos. Algunas de ellas armadas y con agendas separatistas. “El escenario será muy parecido al de Siria. De consumarse, creo que desatará la mayor explosión vista hasta ahora en Oriente Próximo”, asegura la analista y activista opositora, Shaghayegh Norouzi.
Esa suma de elementos hace que no hayan soluciones fáciles para el entuerto iraní. Los opositores al régimen parecen estar divididos respecto a la conveniencia posibilidad de un ataque. Algunos creen que sería desastroso, además de ilegal, y abogan por incrementar la presión cerrando las embajadas iraníes o expulsando a sus diplomáticos de las capitales europeas. Otros creen que es el único recurso para reemplazar al régimen teocrático. “¿Cuál es la alternativa?”, se pregunta Mahbobi. “¿Seguir con un régimen que ha matado a 30.000 personas en dos días? La gente ya no puede más: no tiene ni comida para comer”, añade aludiendo a la cifra de muertos de la represión del mes pasado estimada por varias organizaciones de derechos humanos en el exilio.
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