Los sindicatos de estibadores de Génova, en la región italiana de Liguria, anunciaron días atrás que este viernes, día de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina, se cruzarán de brazos y han explicado que esto no es mera coincidencia. Consideran la convulsión olímpica como una excelente ocasión para que se oigan sus reivindicaciones de que se dejen de vender armas a países en guerra, cuando, además, las principales potencias han puesto al multilateralismo en jaque. Los estibadores han puesto así sobre la mesa algo sabido: el olimpismo no es inmune a los grandes trastocamientos de la geopolítica. Y los JJOO de Milán-Cortina no serán una excepción, más bien lo contrario; expondrán con bastante claridad el nuevo progresivo deterioro en la relación entre los grandes bloques.
El antecedente histórico en Italia, la celebración de los JJOO de Invierno en Cortina en 1956, permite reflejarlo. Aquel año, aún con los tumultos diplomáticos en curso después de la Segunda Guerra Mundial, incluso hubo señales de esperanza: la Unión Soviética (URSS), pero también Irán y Bolivia, participaron por primera vez; las dos Alemanias concurrieron juntas gracias a un acuerdo (que se mantendría hasta 1964), y así China, que estuvo por última vez presente, aunque solo como observadora (antes de ausentarse de forma oficial hasta 1979). Además, en Estados Unidos, el presidente Dwight D. Eisenhower decretó (también fue una primera vez) el 22 de octubre como Día Olímpico Nacional. Prácticamente solo Argentina se salió del coro: el país, que había sido uno de los primeros en apuntarse a la cita, retiró su participación tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón y la instauración de una dictadura cívico-militar en septiembre de 1955, que veía con malos ojos el ardor deportista del depuesto jerarca latinoamericano.
Andrea Goldstein, economista y ensayista, es autor de ‘Cortina 1956′. Un’Olimpiade tra Guerra Fredda e Dolce Vita’, un volumen de reciente publicación. El libro es una recopilación de anécdotas curiosas que reflejan el clima de la época. Se recuerda, por ejemplo, que los soviéticos tenían un cocinero propio y que, además, estos se alojaban en un hotel llamado Tre Croci, a 20 kilómetros de Cortina, porque temían ser espiados (¿o a que los norteamericanos convenciesen a alguno de sus atletas de desertar?); que Hungría solo permitió la participación de dos atletas tras haber apuntado a 98, y que el número total de deportistas que compitieron (923 de 32 países) superó con creces el de la anterior cita en Oslo en 1952 (694 de 30 países).
Una tregua discutida
«Es cierto que tiempo después ese mismo año ocurriría la guerra por el control del Canal de Suez y a continuación, la invasión de Hungría [cuando la URSS intervino militarmente en el país para sofocar una revuelta popular], pero los JJOO de Cortina de 1956 sin duda fueron un momento de distensión dentro del clima de intrigas de la Guerra Fría», señala Goldstein en conversación con EL PERIÓDICO. «Hoy, en cambio, estamos en un momento de muy poca distensión; Italia no es un país neutral y en noviembre incluso ha habido discusiones en la ONU sobre la resolución para la tregua olímpica, que finalmente sí fue aprobada, pero con un texto mucho más blando que el original», añade este analista, refiriéndose a esta tradición que nació en la Antigua Grecia, rescatada por el Comité Olímpico Internacional (COI) y que prevé que se pausen todos los conflictos durante la cita.
Tanto es así que ni Rusia ni EEUU se opusieron, pero tampoco dieron su respaldo como patrocinadores a la tregua olímpica; un gesto simbólico pero significativo y que, en el caso de Washington, repite una decisión ya tomada en los JJOO de Pekín de 2022 (cuando además EEUU no envió a sus funcionarios de gobierno a China, supuestamente por las violaciones de derechos humanos de este país contra los uigures y otras minorías étnicas). «Pese a que en esta parte del mundo nos guste olvidarlo, la diferencia entre 1956 y la actualidad es que entonces no había una guerra en curso en Europa», dice al respecto el periodista Francesco Chiamulera, nacido en Cortina y fundador de un festival literario. «En 1956 Italia además buscaba rehabilitarse después de haber sido uno de los países agresores durante la Segunda Guerra Mundial», añade Chiamulera.
Rusia y Bielorussia, de hecho, no participarán oficialmente en estos JJOO. Por decisión del COI, los atletas de estas nacionalidades solo han sido autorizados a competir como grupo AIN (atletas individuales neutrales), es decir, sin banderas ni himnos ni símbolos de sus países. Pero no es el único hecho de contenido mucho más político que otra cosa que se ha visto en estas últimas semanas. También de alto voltaje han sido las protestas en Italia por la presencia de ICE, la policía migratoria de Donald Trump, como parte de la delegación estadounidense en los JJOO; otro reflejo de cómo la aversión hacia lo que está pasando en EEUU, como el vuelo de una mariposa, también provoca pequeños seísmos en el Viejo Continente. Lo mismo con otra información que ha suscitado rechazo en Italia: los vehículos camuflados, las motos de nieve y los más de 100 agentes de la policía de Catar que, gracias a un acuerdo con el Gobierno de Giorgia Meloni, ya en los pasados días empezaron a desfilar por Milán.













