Lo que a nivel del sistema inmunitario conocemos como HLA (Human Leucocyte Antigen=antígeno de histocompatibilidad), no son más que proteínas que se adhieren a la envoltura externa de las células, como si fueran adornos particulares sobre una gorra. Estas proteínas especiales están codificadas por un grupo de genes heredados en parte del padre y en parte de la madre. Pues bien, esta gorra actúa, por ejemplo, en el rechazo de los trasplantes alogénicos, es decir, procedentes de otras personas. Jean Dausset recibió el Premio Nobel en 1980 por descubrir el sistema HLA.
Pues bien, traigo a colación el sistema HLA para entender mejor lo que Lise Barnéoud, en «Células errantes», nos quiere hacer ver cuando nos dice que las células fetales que constituyen la placenta poseen un tocado o adorno muy particular: una capa de invisibilidad; algo así como si su gorra adormeciera a las células inmunitarias maternas. Así se entiende por qué la madre tolera durante nueve meses al feto.
Y, algo muy curioso e importante es que, las células fetales no solo pueden introducirse en la circulación sanguínea de las madres, sino también instalarse de forma duradera en el propio interior de los tejidos. De esta manera, se ha comprobado que de las mujeres que, al menos una vez han estado embarazadas de un varón, el 70% de ellas presenta células masculinas en el hígado. Es decir, la circulación celular es bilateral, como es conocido que, pasados los 40 años más del 50% de los individuos conservan células maternas en la sangre. Al igual que las células fetales, las de origen materno pueden instalarse en el interior de nuestros órganos. Se incorporan a nosotros y así perduran y se perpetúan.
Pero Lise Barnéoud va más allá, querido lector. Nos dice que, entre el 10% y 30% de los embarazos únicos comenzarían con dos embriones; uno puede desaparecer, legando sus células al superviviente. Son los llamados «gemelos fantasma». De la misma manera, si una mujer comienza su vida uterina con un mellizo varón, en sus órganos reproductores puede haber células provistas del cromosoma Y (masculino), y entre ellas el gen llamado SRY, el arquitecto de los testículos, lo que puede llevar a la ambigüedad sexual, que representa el 1,7% de los nacimientos.
En palabras de la autora del libro, «Las células errantes», algunos expertos consideran que las técnicas de fecundación in vitro hacen aumentar este fenómeno de fusión precoz, dado que se transfieren dos embriones al mismo tiempo. Este quimerismo (condición biológica en la que un individuo tiene células con dos o más tipos de ADN distintos, como si dos seres vivieran en el mismo cuerpo) puede justificar la disforia de género. Si las células del Sistema Nervioso Central (SNC) llevan cromosomas diferentes a las de los órganos genitales, puede producirse un desajuste entre el género sentido y el sexo biológico. Y, es que, las mujeres pueden tener células del varón en el cerebro. Las células microquiméricas pueden atravesar la barrera hematoencefálica, de tal manera que, células de origen fetal pueden transformarse en neuronas en el cerebro de la mujer pocas semanas después del parto.
Desde Carl Sagan y Hubert Reeveo, nos sabemos polvo de estrellas: los elementos químicos que nos componen proceden de estrellas muertas hace mucho tiempo. Ahora cabría la posibilidad de que algunas de nuestras células procedan también, de antepasados comunes, muertos hace mucho tiempo.
Como dijo la filósofa danesa Magrit Shildrick: «El microquimerismo nos indica que la muerte no es el fin absoluto».
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