A Donald Trump le cuesta mucho dar su brazo a torcer. Y a reconocer que quizá, muchas de las decisiones que ha tomado durante los primeros doce meses de su segundo mandato no consecutivo, no han sido las más adecuadas, ni para él ni para el Partido Republicano. Lo hemos comprobado con lo sucedido en Mineápolis, donde los excesos de los agentes del ICE y de la CBP forzaron al neoyorquino a bajar el tono, y hasta a enviar a su moderado “zar” de la Frontera, Tom Homan, para lograr una “desescalada” en las protestas. Lo digo porque, casi al mismo tiempo que se producía esta bajada de tensión en Minnesota, iniciaba Trump su campaña rumbo a las elecciones de medio mandato de noviembre. Lo hacía el neoyorquino en Iowa el pasado martes, con un mitin en el que, pese a todo, insistía en que la delincuencia en el Estado vecino del norte se había “reducido significativamente” tras la expulsión de “miles de delincuentes y criminales crueles y horribles”.
Con esta alusión insistente a los inmigrantes irregulares, se ve, por un lado, su reticencia a reconocer los excesos de sus agentes federales; y, por otro, cuál será uno de los grandes temas de su recién estrenada campaña electoral: de nuevo, la cuestión migratoria. Lo hace Trump porque no desea dar muestras de debilidad, ni aparentar que se ha equivocado a la hora de calcular los estragos que provocan quienes ‘supuestamente’ sólo persiguen a los que viven “fuera de la ley” y “sin papeles”. Por eso, aun habiéndose dado cuenta de que la violencia tantas veces indiscriminada del ICE y la CBP jugarán en su contra durante los próximos meses, se apresuró el Presidente a incidir en la idea de que los líderes y participantes de las protestas que se han estado registrando en las principales ciudades del país no son simples ciudadanos que denuncian los abusos policiales, sino “agitadores de izquierda”, “psicópatas” e “insurrectos a sueldo” de los demócratas para minar las políticas de seguridad implantadas por su Administración.
Trump inició su tempranera campaña electoral consciente de que los índices de popularidad no le sonríen. Pero también sabe el mandatario que esto constituye algo habitual transcurridos estos meses de gestión y de gobierno. Todos los presidentes que le precedieron se tuvieron que enfrentar a sondeos adversos tras los primeros meses de sus respectivos mandatos. Así, a estas mismas alturas del año, el propio Joe Biden registraba índices de aprobación incluso inferiores a los que se le asignan, de media, a Trump. Digo más: a Biden lo desaprobaba a finales de enero de 2022 cerca de un 56% de los estadounidenses (a Trump aparenta darle la espalda, trazando una media de sondeos, un 54% de los votantes). Con todo, si perdiese el control de la Casa de Representantes en noviembre (el Senado quizá sea más complicado), tampoco sería extraño, pues encaja en lo habitual dentro del poder legislativo estadounidense; y nunca ha significado que implique necesariamente una derrota en las siguientes elecciones presidenciales.
Su éxito dependerá de su capacidad para contener la inflación, y asegurar el equilibrio de las bolsas y el crecimiento económico (tres parámetros que, hasta el momento, registran un saldo anual positivo). Pero, por si las cosas se le ponen feas a nivel doméstico (no logrando aumentar las exportaciones, ni bajar los tipos de interés incluso a partir de mayo con su elegido para presidir la Reserva Federal, el profesor Kevin Warsh), siempre le quedará presumir de sus logros internacionales; primero en Gaza y Venezuela, y quizá después, en los próximos días y meses, en Cuba, Ucrania, e Irán.












