Con el tiempo, la civilización islámica logró ni lo que Bizancio ni antes Roma, habían logrado, a saber: expandirse por el Oriente, dominar las tierras de la antigua Babilonia y, sobre todo, islamizar la invencible meseta iraní.
«Senderos que se bifurcan». José Luis Villacañas, 2025
El británico Lloyd Llewellyn-Jones, autor de «Persians» (2022), concluye con un epílogo en el que analiza la transición de lo persa (el pasado) a lo iraní (el presente), con protagonismo de clérigos musulmanes, chiitas, pues los otros musulmanes, los sunitas, no tienen clérigos. Los iraníes se encontraron, después de lo del Sha, con otro régimen autoritario, de fundamentalistas y crueles ayatolás, que llegaron al poder gracias al impulso revolucionario de la sociedad civil frente al régimen del Sha de Persia. Y transición hecha realidad, por la concurrencia en 1978-1979 de causas especiales, además de la general indicada. De entre las varias, señalo dos:
La primera fue la incapacidad del segundo Sha, Reza Palhevi, de la efímera dinastía Palhevi, para gobernar un país, con cuantiosas reservas de gas y petróleo, y sin la ayuda de una brutal policía política (Savak). La segunda fue la traición de los aliados occidentales, británicos y norteamericanos, siempre en la trastienda del golpismo iraní y responsables, ya acreditados de la caída del gobierno de Mossadegh que, en 1953, nacionalizó el petróleo iraní. ¡El petróleo, siempre, una de las bases de la geopolítica!
No resulta extraño que el Nobel de la Paz y de la industria del cacahuete, el demócrata Jimmy Carter, elegido presidente de los Estados Unidos en 1976, ignorase el peligro de apoyar, para la gobernación de Irán, a una caterva o piña de clérigos, musulmanes. Sí resulta raro, por el contrario, que británicos y franceses, políticos e intelectuales, cometieran el mismo error, no teniendo en cuenta lo que son la autocracia y la teocracia clericales, formas degeneradas de ejercicio del poder político, lo que es un tema clásico de las ciencias y la teología políticas. («Mi fuerza mística», dijo el Sha a Oriana Fallaci en 1974).
¡Qué repugnancia producen ahora, a la vista de los miles de muertos (30.000) en las calles de Teherán, en enero de este año, las ideas de los Foucault –santón de la izquierda según Guy Sorman–, Sartre, Simone de Beauvoir y otros parecidos, ignorantes de que el autócrata aspira a lo trascendente o divino, y el ya «divino», creyéndose Dios –por eso omnipotente– no sabe que es un agente asesino del diablo, pues las teócratas sólo hacen diabluras! La historiadora Mary Beard, en uno de sus libros sobre emperadores romanos, lo explica bien, escribiendo de la deificación de Calígula; y leyendo con atención la Historia del Papado, también se explica. Mucha se deberá escribir aún, en España, sobre el llamado «valor político de la Religión».
El Sha de Persia, que se sentó empavesado y empavonado en el «Trono del Pavo Real», dijo, a modo de «canto de cisne»: «Mi mayor error fue seguir los consejos de los anglo-americanos». Y si el Sha partió de Teherán el 16 de enero de 1979, el 1 de febrero arribaría Jomení, Guía Supremo o Imam, jefe religioso y civil, iniciándose lo llamado del «Gran Satán», que así se llamó a Norteamérica, humillada por la ocupación de la embajada estadounidense en 1979 y el posterior fallido rescate de los rehenes. Se asegura que aquella humillación aún perdura.
Surge la pregunta: ¿Corresponderá al republicano Trump, vengarse ahora de aquel pasado, que costó a Carter un segundo mandato, siendo derrotado por Reagan? Cualquier acción de Trump, bélica (atacar) o cuasibélica (amenazar), en venganza contra Irán por la humillación antes explicada, que tanto afectó al orgullo americano, será bien acogida por la población estadounidense, aunque sea pretextando que es para el bien de la población iraní, desarmada frente a los armados Guardias de la Revolución. Los bombardeos de resultado enigmático, de junio de 2025, fueron por otra causa (contra las centrales atómicas). Lo que haga ahora el norteamericano «fantoche» es muy dudoso.
Importante es que lo empezado en 1979 (totalitarismo islámico), puede acabar pronto. Es paradójico que, si en 1979 las gentes iraníes se manifestaban contra los Estados Unidos, ahora en 2026 se manifiestan para que intervengan los Estados Unidos y acaben con los ayatolás, fundamentalistas y corruptos. Estamos asistiendo a una indiscutible «vuelta de la tortilla», pasando del odio a USA (1979) al odio al Régimen islámico. Y Trump, loco o cuerdo, diciendo un día una cosa y la contraria al siguiente, tiene en vilo al mundo entero. Los menos optimistas consideran inviable la permanencia del régimen religioso, teniendo en cuenta que la población de Irán –que no es árabe, sino persa– es abrumadoramente laica, no musulmana.
Ahora sugiero dejar de leer, para escuchar la música de «En un mercado persa», recordando tiempos pasados, los del pick-up. Y escuchada la música, continúo: El Gran Bazar teheraní, que es institución central, mucho más que un lugar de mercado –también El Fontán de Oviedo es mucho más que un mercado–, se parece a los zocos árabes, pues los vendedores, sean de alfombras, telas, especies y/o especias, son siempre hombres y jamás mujeres. La palabra Bazaar es de origen persa, dulces y evocadoras como «paraíso» y otras; y es que, en la infancia, el «Bazar» era casi sinónimo de juguetería: en Oviedo recuerdo al «Bazar Elías» (las dos tiendas, la de Principado y Uría), al «Bazar San Mateo», a «La Panoya», de espectaculares juguetes a derecha entrando por el amplio pasillo (con trenes eléctricos para niños) y a izquierda (con muñecas para niñas), lamentando que no se anunciara como lo que era: un bazar. Los bazares chinos de ahora son vulgares e impropios de China, insuperable en el arte de la caligrafía.
Supe que muchas alfombras a la venta en el Gran Bazar teheraní eran no persas sino fabricadas en China, preguntando inquieto si las chinas eran también voladoras, contestándome, en la lengua farsi, que habría que intentarlo, afuera, en el jardín de la mezquita, sin techo que estorbara. Supe que el Gran Bazar fue esencial para derrocar al Sha y ahora también para acabar con la República islámica, pues el negocio o comercio, por la crisis económica y la corrupción, baja y baja, sin parar. Experimenté un susto al ser detenido por unos guardias, mientras fotografiaba unas cajas artísticamente colocadas en un tenderete, siendo retenido durante horas interminables, ignorante yo de que los persas fuesen tan refractarios a la fotografía como los árabes. Y supe después que, en un lugar muy próximo y enorme, lugar de numerosos retretes, se reunían los espías de las potencias extranjeras antes de ser colgados. En Teherán, naturalmente, no había bares o chigres para hacer pipí como en Casa Bango, en El Fontán.
Por calles y plazas, polvorientas y contaminadas, del Sur, fui al Norte, caminando, luego en metro, y, finalmente, en un destartalado autobús amarillo, llegué a las puertas del Palacio de Niavaran, de aireadas colinas, residencia del Sha. Entré y vi todo, desde los roperos del Sha, de la bella Farah Diva, la shahbanou, desde el lujoso retrete real a la clínica dental adosada al despacho principal del Rey. También vi los aviones de juguete del primogénito Reza Palhavi, del que dicen ahora que «apunta maneras», aunque le reprochan amistades muy peligrosas. n
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