Algo se mueve en Cuba. Lo indica el modo en que el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ha decidido movilizar a sus militares. Tras la captura de Nicolás Maduro, el Gobierno caribeño decidió decretar el estado de emergencia, movilizando a buena parte del Ejército. No en vano, activar, como ha hecho Díaz-Canel, la denominada Variante 1, supone elevar al nivel más alto la situación de prevención y alerta de sus Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Ahora se dice que la Isla se encuentra en el nivel o Variante 2, lo cual al menos permite recuperar cierta tranquilidad y movilidad familiar a esos jóvenes de entre 17 y 20 años que incluso se han visto movilizados militarmente a través del Servicio Militar Activo (SMA), diseñado para contar con ellos en momentos críticos de seguridad. Y debe de ser un momento difícil, a juzgar por el cierre del país a ciudadanos estadounidenses, y el miedo a que éstos puedan ser utilizados por el régimen para negociar.
Lo cierto es que el régimen castrista, que ha monopolizado el poder político, administrativo, legislativo, ejecutivo y hasta judicial durante más de seis décadas, parece que llega a su fin. Al menos así lo desean quienes se han visto privados durante todo este tiempo de la libertad, la prosperidad y la democracia que el Gobierno cubano les ha ido usurpando. Poco queda de aquella Isla boyante y rica, que llegó a ser denominada “la Perla del Caribe” por su músculo económico y comercial; una hermosa tierra que pudo disfrutar del ferrocarril incluso antes que Alemania, Francia, Italia, España y buena parte de América. Hoy Cuba, sin embargo, ha pasado a ser un país dependiente de Venezuela, Rusia, o China. Pero el maná proveniente del régimen chavista y bolivariano está llegando a su fin. Desde la captura de Maduro, la Isla ha dejado de recibir ese apoyo monetario y energético que obtenía a cambio de una seguridad y unos servicios de Inteligencia que ahora se han visto humillados tras una operación militar que dejó al menos 32 soldados cubanos muertos, los más cercanos y “fieles” a Maduro.
La toma de control del petróleo venezolano por parte de EE.UU. hará que La Habana tenga que buscar nuevas y efímeras fórmulas de supervivencia, que sólo lograrán alargar la caída de un régimen dictatorial que hasta ahora armaba su propaganda a través de su enfrenamiento con unos EE.UU. que, supuestamente, limitaban sus posibilidades de progreso y bloqueaban su desarrollo económico. Sin alimentos básicos, sin medicinas, sin combustible, y sin energía eléctrica, Cuba se enfrenta a un futuro tan incierto como decisivo, plagado de unos apagones que con el paso del tiempo se harán más y más largos. No le resultará fácil aguantar sin esos 35.000 barriles diarios de crudo que daban vida a la Isla.
Lo sabe bien el régimen castrista, que se abre ya con gran disimulo a pactar algún tipo de acuerdo con Washington que evite una intervención directa de Trump en el país. Quizá avances en el terreno de los derechos humanos; quizá una mayor apertura a la sociedad y la disidencia; quizá nuevos acuerdos económicos y comerciales con un paulatino cambio de régimen. Son varias las hipótesis que se barajan. Pero ninguna de ellas semeja fácil; especialmente tras lo ocurrido en Venezuela y viendo la presión que ya empiezan a sentir también Gobiernos como el nicaragüense, el colombiano (con un Gustavo Petro que ya desea colaborar con Trump tras decir éste que una intervención militar allí “suena bien”), o el mexicano (al que el neoyorquino desafía con el envío de tropas sobre el terreno, para enojo moderado de Claudia Sheinbaum).












