A las víctimas de Adamuz les digo que la vida sigue, pero de otra forma

La vida de Lidia Sanmartín se paró el 24 de julio de 2013 en la curva de A Grandeira de Angrois. Trabajadora de banca en Madrid, aquella tarde viajaba en el tren Alvia que descarriló a la entrada de Santiago y, con seis costillas rotas, dos neumotorax, tres hernias discales y fracturas en la rodilla, la tibia y el peroné, sobrevivió a una de las mayores tragedias ferroviarias de la historia reciente. Desde entonces, cada víspera del día de Santiago Apóstol compra una tarta y sopla las velas. Casi trece años después, el accidente ocurrido el pasado domingo en Adamuz ha vuelto a remover recuerdos, miedos y heridas que nunca llegaron a cerrarse del todo. Lidia, ahora residente en A Coruña, reflexiona en esta entrevista sobre el impacto del suceso, el proceso de recuperación, las secuelas invisibles y los aprendizajes que una tragedia de estas características le infundieron para afrontar el día a día.

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