La vida de Lidia Sanmartín se paró el 24 de julio de 2013 en la curva de A Grandeira de Angrois. Trabajadora de banca en Madrid, aquella tarde viajaba en el tren Alvia que descarriló a la entrada de Santiago y, con seis costillas rotas, dos neumotorax, tres hernias discales y fracturas en la rodilla, la tibia y el peroné, sobrevivió a una de las mayores tragedias ferroviarias de la historia reciente. Desde entonces, cada víspera del día de Santiago Apóstol compra una tarta y sopla las velas. Casi trece años después, el accidente ocurrido el pasado domingo en Adamuz ha vuelto a remover recuerdos, miedos y heridas que nunca llegaron a cerrarse del todo. Lidia, ahora residente en A Coruña, reflexiona en esta entrevista sobre el impacto del suceso, el proceso de recuperación, las secuelas invisibles y los aprendizajes que una tragedia de estas características le infundieron para afrontar el día a día.
Casi trece años después, otro accidente ferroviario vuelve a marcar la actualidad. ¿Cómo ha vivido las noticias que llegan de Adamuz desde el pasado domingo?
Con mucha pena, porque conozco en primera persona lo que les está pasando a esas personas. Cuando pasa algo así, te remueve, es inevitable. Los sentimientos están a flor de piel porque yo recuerdo lo que me pasó y es algo que llevas ahí todos los días. Ahora, sobre todo, con ese componente añadido de saber exactamente qué les va a venir y conocer perfectamente el dolor por el que están pasando ahora mismo.
¿Qué fue lo primero que le vino a la cabeza al enterarse?
Lo vi el domingo, al poco de ocurrir, en una noticia de Instagram: «accidente de tren descarrilado». Al principio pensé que sería un descarrilamiento sin más. Dejé el móvil y seguí viendo la tele, pero luego empezaron a salir más informaciones y fallecidos. Hasta la una y media de la madrugada seguía mirando noticias en el móvil, que era lo peor que podía hacer. Había una parte de mí que no quería ver, pero, a la vez, no podía dejar de mirar el móvil. Mi reacción fue: «No puede ser». Pensaba que tenía que ser una broma de mal gusto o una película de ciencia ficción; estaba convencida de que esto no podía volver a pasar.
Usted viajaba en el Alvia que se accidentó en Angrois el 24 de julio de 2013. ¿Qué recuerda de aquel día?
Recuerdo prácticamente todo, excepto pequeños momentos tras el accidente en los que perdí la consciencia en el vagón. Luego, hay imágenes que mi cabeza, por suerte, fue bloqueando con los años, pero lo demás lo recuerdo casi todo. Recuerdo salir corriendo de la oficina porque llegaba tarde al tren. Recuerdo que ese día me senté del lado izquierdo, siempre solía ir en el otro lado. Afortunada yo, porque resulta que al final fue el que tuvo menor impacto. También recuerdo el desamparo, estar allí sin saber qué había pasado. Yo tenía un dolor torácico que ni siquiera me permitía poder hablar. Esa sensación sí que fue muy dura, escuchar a la gente pedir ayuda y no poder hacerlo. Tuve la fortuna de que un policía me encontró, yo levanté la mano y él me la agarró.
¿Fue consciente de la gravedad del accidente desde el primer momento?
No. Al principio se siente como si estuvieras en un mal sueño o en una película. No eres consciente hasta que pasan las horas y baja la adrenalina. El golpe de realidad llega ya en el hospital y con los días. De hecho, tras el accidente, una de las vecinas de Angrois que bajó a ayudar me dijo: «Mi niña, tengo aquí el teléfono, ¿quieres llamar a tu familia?» Y yo le dije que no. «¿Para qué les voy a llamar si no sé dónde estoy ni qué ha pasado? Los voy a asustar», respondí. Claro, después, cuando viene la realidad te das cuenta de lo que estaban sufriendo ellos, porque en los medios de comunicación ya había imágenes del accidente y no sabían qué había sido de mí.
¿Cómo fue esa estancia hospitalaria, cuando ya era conocedora de la magnitud de lo ocurrido?
Yo siempre fui una persona muy positiva. Recuerdo que en la unidad de críticos hubo un momento en el que me pasé la lengua por los dientes. Una de las enfermeras me preguntó: «¿Qué haces?». «Ver si tengo dientes», le respondí y se echó a reír. Estaba inmovilizada pero veía que movía las manos y los dedos de los pies. Sabía que en silla de ruedas no me iba a quedar, pero tenía que comprobar si aún tenía dientes. Me pongo en la piel de los que están sufriendo ahora mismo allí. Al principio, lo único que quieres es salir del hospital, que te digan que estás bien, que estás fuera y que vas a recuperar tu vida, pero vida ya ha cambiado, la vuelves a recuperar pero de otra forma. A mí lo que me ayudó fue pensar en que cada día era un día menos. Yo estoy un mes hospitalizada y nunca digo: «Va, ¿cuándo me puedo ir?». Recuerdo que una amiga mía se casaba el 31 de agosto, fue el único momento en el que pregunté a las traumatólogas del CHUS: «¿Podré ir?». Tenía en aquel momento 30 años y lo único que me podía en aquel momento era la rabia. A mí, la rabia me ayudó a salir adelante. Eso y pensar en el corto plazo: «Me queda un día menos para caminar, un día menos para salir del hospital, un día menos para volver a conducir». Había momentos en los que echaba la vista atrás y decía: «Hace una semana estaba peor». Me enfocaba en los pasitos que iba dando, pero el choque de realidad es muy duro.
«A mí la rabia y el pensar en el corto plazo me ayudó a salir adelante»
¿Está ahí la clave? ¿En no mirar a largo plazo?
Pues sí. A mí me venían a ver especialistas de cirugía torácica, traumatólogos… Tenía un montón de lesiones y al final lo que hice fue aceptar lo que venía. «Te tenemos que operar». Pues venga, queda un día menos. A mí, el accidente me hizo descubrir que era muy resiliente. No es aquello de que no hay mal que por bien no venga, pero sí que al final no te queda otra que coger la vida y las cosas cómo vienen. En el momento del accidente, en el Alvia, estábamos viendo la película El lado bueno de las cosas. Yo no me acordaba, pero, en el acto que se hizo por el aniversario, una de las víctimas que venía en el tren me lo recordó. Al final, sin saberlo, yo me aferré eso, pero es algo que tiene que salir de ti. Todo el mundo te dice: «Míralo por el lado bueno, mucha gente murió y tú estás aquí». Y está claro, es cierto. Evidentemente todas las personas que sufrieron el accidente de Angrois y ahora el de Adamuz lo saben, pero que se lo recuerden tampoco es plato de buen gusto porque uno sabe lo que está padeciendo: lo bien que estaba antes del accidente y cómo está ahora.
Es que a todas las heridas del cuerpo, hay que sumar las emocionales…
Para mí esa es, sin duda, la peor parte. Es cierto que yo tuve, y todavía tengo muchas secuelas físicas y dolores, pero vas aprendiendo a vivir con ellos. La parte psicológica está siempre. Al principio no recibes ningún tipo de terapia hasta que te la costeas tú mismo. Yo pensaba que no la necesitaba, porque estaba viva, iba a rehabilitación… pero yo tenía 30 años, venía de Madrid para pasar las fiestas de mi pueblo con una bolsa y unos tacones de 14 centímetros y salí un mes más tarde del hospital en silla de ruedas con una pierna colgando, que no se movía, y con dificultades para respirar. Evidentemente, esa rabia que tenía yo dentro necesitaba canalizarla. Las secuelas psicológicas del accidente yo las sigo sufriendo a día de hoy y el único remedio frente a eso es la terapia. Es como la ITV del coche, que antes de pasarla tienes que ir al taller.
Nos podría decir, ¿de qué modo se manifiestan esas secuelas?
Por ejemplo, de aquella, yo venía sola de Madrid conduciendo, en avión, en tren… No tenía ningún problema. Desde el accidente a mí me cuesta conducir, ya no digamos en avión. Curiosamente en tren iba medianamente tranquila, aunque me costó años. Yo terminé el viaje que hacía el Alvia, ese trayecto entre Santiago y A Coruña el 14 de octubre de 2024, 11 años después. Más o menos iba tranquila porque decía: «Esto no puede volver a pasar». Ahora me lo tendría que pensar. Pero ese miedo a subirte a un autobús o al coche viene por lo que has vivido, te hace ser mucho más consciente de todos esos peligros que no puedes controlar. Pasé mucho tiempo subiéndome a los autobuses urbanos de A Coruña buscando la ventanilla de emergencia y el martillo. Como dice mi psicóloga, nosotros tenemos nuestra mochila. Lo que pasó lo puedes tener bien colocado o mal colocado en esa mochila. La terapia ayuda a ordenarlo, hace que seas capaz de seguir adelante e ir haciendo las cosas, aún con todas las limitaciones.
¿Qué importancia tiene el círculo familiar y los allegados en ese momento que le dan el alta?
Fundamental. Desde el minuto uno hasta el final. En el hospital estás en una burbuja; todo el mundo viene a verte y está pendiente, pero cuando vuelves a casa estás sola. Yo volví a casa de mis padres; mi madre me llevaba a rehabilitación; mis hermanas y familiares me ayudaron hasta para ducharme. Aunque seas muy positivo, que yo siempre lo fui y siempre fui de ver el vaso medio lleno, hay momentos muy malos. Te cansas… Yo tuve que estar 3 meses haciendo curas en esa pierna todos los días en el centro de salud. Y caes y dices: «¿Pero esta pierna se va a mover alguna vez? ¿Pero voy a volver a ser yo?». Entonces ahí es muy importante que la gente te visite. A mí el accidente me enseñó que a los enfermos no hay que ir a visitarlos al hospital, ahí no lo necesitan. Lo necesitan después, cuando están en casa, que están solos, que están aburridos y es cuando tienen tiempo para darle a la cabeza. Para mí ese apoyo fue primordial.
¿Cree que alguien externo que no lo ha vivido puede entender por lo que han pasado?
Jamás. Por muy empático que seas, si no lo has pasado es prácticamente imposible entenderlo. Tengo un compañero que dice que «nadie escarmienta en carne ajena». Un par de años después del accidente, yo le dije preocupada a mi psicóloga que creía que había perdido la empatía. Trabajando en el banco, de cara al público, hay personas que acuden a ti y te cuentan sus problemas y yo ni sentía ni padecía ante lo que me contaban. Ella me dijo: «No perdiste la empatía, lo que pasa que aprendiste a relativizar». Lo entendí cuando un cliente muy joven, con dos niños, me contó que había perdido a la mujer por una enfermedad y me afectó mucho. Por eso creo que es muy difícil llegar a entender lo que se siente. Igual que yo tampoco soy capaz del todo de ponerme en el lugar de los familias que han perdido a alguien en el accidente o que todavía están buscando.
«A las víctimas hay que visitarlas cuando salen del hospital, ahí es cuando más lo necesitan»
¿Mantiene contacto con otros pasajeros de aquel tren?
No, únicamente mantengo el contacto con Cristóbal González, que era el presidente de la Asociación de Perjudicados por el Accidente Ferroviario del Alvia de Santiago de Compostela (Apafas). Yo estuve 15 días en Santiago en la UCI de coronarias del CHUS, porque en trauma que es donde estaban los demás estaban desbordados. Entonces tampoco tuve contacto con el resto de víctimas.
Las víctimas del Alvia han esperado once años hasta conocer la sentencia del juicio, y casi trece para la resolución de los recursos a la misma. Los conocimos el pasado jueves. ¿Cómo ha vivido ese proceso?
Antes te hacía el símil de la mochila que portamos todos los que viajábamos en ese tren. La sentencia fue la tapa de la mochila, pero la decisión de la Audiencia Provincial de A Coruña ha vuelto a abrirla. Además, se publicó esa resolución justo en este momento, en el que toda la atención está en Adamuz, para que pase desapercibida. No podemos vender en España que tenemos un sistema ferroviario puntero cuando dejamos al arbitrio de una única persona la vida de 300. En mi cabeza no cabe que la única responsabilidad la tenga el maquinista, hay una concurrencia de culpas. En Santiago no había ese sistema de seguridad -en referencia al ERTMS-, de modo que le pasó a este maquinista como le pudo pasar a cualquier otro. Esta decisión, a mí lo que me hace es desconfiar de la justicia de este país y lo digo como licenciada en Derecho.
Ya, para terminar, Lidia, usted es un ejemplo de que, después de un suceso como este, con todo, la vida sigue. ¿Qué aprendizaje se has llevado de estos años que pueda servirles hoy a las víctimas de Adamuz?
El mayor aprendizaje que me llevé y que sirve para todo el mundo es que abrir los ojos cada día es un regalo. Por eso yo me lo he tomado como una segunda oportunidad. Todos los años, el 24 de julio compro una tarta y soplo mis velas. Si puedo hacerlo con mi familia porque es festivo o estoy de vacaciones, lo hago. Si no, lo hago con mi marido y con mi hijo e, incluso, si es necesario lo hago sola. Yo ese día a las 20.41 soplo las velas. Así lo entendí. Yo me casé un 23 de julio para que me cogiera de fiesta el 24 de julio y mi hijo se llama Tiago por Santiago. Entiéndeme, no todo lo que hago tiene que ver con aquello, pero para mí es una fecha muy importante. Aquella tarde en Angrois volví a nacer y quiero aprovechar hasta el último minuto que la vida me dé. Tengo mucha suerte. Después del accidente conocí a mi marido, me casé, tengo un hijo maravilloso, tengo a mi familia que no ha dejado de apoyarme en ningún momento y veo el tiempo como un regalo del que seguir disfrutando.














