Corría el año 2010 y mi amigo Álvaro -no Arbeloa- trabajaba en una relojería suiza del barrio de Salamanca que ya no existe. Pasé por la tienda –entonces recién inaugurada- para que me la enseñara antes de irnos a comer. Mientras me hacía el "tour" y me mostraba unos relojes de precio prohibitivo me preguntó: "¿Sabes quién viene aquí a menudo?". "No, ¿quién?", le respondí. "Xabi Alons…". No había pronunciado la última “o”, cuando el entonces futbolista del Real Madrid entró por la puerta. Nos presentaron. Me pareció algo más bajo que en la tele, afable y educado, pulido en los modales y en el vestir, y algo tímido. Me sucedió con Xabi lo que nos pasa a veces con algunas personas que conocemos y de las que instintivamente nos sentimos cercanos en carácter y forma de ser, como miembros de una misma tribu espiritual. Soy introvertido, y no muy amigo de socializar, aunque me siento a gusto en petit comité, como parecía sentirse él en aquel velador. Soy vehemente y minucioso con aquellas cosas que creo que hago bien, como me pareció ser Xabi; procuro ser correcto con los demás, soy incapaz de gritar y me cuesta imponer mi carácter si no es por las buenas; no me gusta mandar manu militari, y cuando me toca hacerlo lo siento como un engorroso examen del universo. Creo que esto es lo que le ha pasado a Alonso en el Real Madrid, cuya salida se anunció el pasado lunes, tras la derrota contra el Barcelona en la final de la Supercopa de España: ha sido víctima de su forma de ser, quizá algo apocada, en un contexto y un tiempo poco adecuado para ésta. Xabi triunfó en un equipo alemán, donde seguramente se le respetara como entrenador por el mero hecho de serlo, por su trayectoria como futbolista –varias veces campeón de Europa, campeón de España, campeón de Alemania, campeón del mundo…- y por sus conocimientos de fútbol. Con esos mimbres, la disciplina -valor alto en Alemania- se imponía sola y sus credenciales de campeón eran todo lo que necesitaban sus jugadores para seguirle con fe ciega, hasta ganar la primera Bundesliga para aquel equipo hasta entonces segundón. En cambio, en España, en el Real Madrid, nada de esa trayectoria –parte de ella en el propio club- ha parecido valer frente a cuatro “vacas sagradas” de apenas 20 años en el vestuario. Éstas obligaron a Xabi a retratarse y casi a retractarse frente al desafío público de un jugador díscolo que cuestionó una sustitución; a luchar contra una marea de egos en la era del más absoluto narcisismo, cuando él, que lo ganó todo, nunca sacó el suyo a pasear cuando vestía de corto, ejemplo de discreción, elegancia, calidad, trabajo y perfil bajo. Al final, lo determinante ha sido que un equipo que suele ganar hasta cuando juega mal, no consiguió vencer ni convencer cuando jugaba bien, como contra el Barça el domingo pasado. Los resultados priman. Sea. Pero la sensación de que a Xabi le “han hecho la cama”, como se suele decir en el argot futbolístico, está ahí. Porque quiso hacer correr a aquellos que ni estaban acostumbrados, ni parecían dispuestos a hacerlo. Todo, sin querer sacar el látigo, únicamente mediante el uso de su auctoritas de entrenador y de la confianza en la profesionalidad de sus soldados. Pero la auctoritas -y con ella el respeto al que habita el cargo- ha muerto, y el valor ya no se presupone. Vivimos tiempos de un relativismo que sólo parece pedir potestas, modales algo carcelarios y volumen alto de barra brava. Xabi, un gentleman del deporte, no encaja en la época. Es un español del norte, reservado, que no quiso ponerse a la altura del carácter saturnal y antojadizo de unos chavales muy dotados para el fútbol, pero no para acatar órdenes, niños grandes que pasaron de jugar en las calles a manejar millones de euros, con todo lo que ello conlleva de extravío y desubicación vital. No parece tampoco que el club -pecado mortal- reforzara su autoridad, por lo que Xabi quedó librado a su suerte como aquel oficial de “Master and Commander” al que, de pronto, la marinería tiene por gafe, dándole muerte y tirándolo por la borda con la aquiescencia del capitán. Sólo que, en el Real Madrid, lo tiraron por el capricho de una tripulación que no estaba dispuesta a fregar la cubierta, ni a subirse al palo mayor, ni a aparejar, pero sí a amotinarse, cobrar a fin de mes y disfrutar de los favores de las nativas en tierra firme, como Brando y los suyos en el “Bounty”. Quizá tendría que haberse dedicado al rugby, donde todavía quedan caballeros, y donde los valores y el esfuerzo todavía significan algo.
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