La vida con adolescentes es fascinante, nunca dejas de sorprenderte. A aquello de «no pongas punto final en los WhatsApp, que resulta intimidante», ahora se ha sumado lo de «no llames, que eso es intrusivo, manda un mensaje». Criada en un mundo en que el teléfono de casa era de todos y para cosas importantes, y no se podía usar mucho rato (para comunicarse con cierta discreción había que ir a una cabina), para mí el hecho de recibir o hacer llamadas era algo normal y, a la vez, estimulante. Con el paso del tiempo y el avance de las tecnologías aprendes a no coger las que no te interesan, a activar el buzón o a bloquear, por lo que las únicas llamadas intrusivas que me quedan son las de números desconocidos a la hora de la siesta, del comercial de cualquier cosa o de esa persona que cree que eres alguien que no eres… y se empeña en que sí, que mejor sabrá ella que tú quién eres realmente.
Los chavales no llaman, no, pero tampoco es que escriban muy bien. Lees una conversación de adolescentes y te sangran los ojos: no caben más atentados al diccionario por frase. Y aún te aseguran que eso es así porque se trata de un mensaje, que en realidad no escriben mal.
Otra cosa curiosa es que un hijo adolescente jamás te coge la llamada cuando quieres hablar; da igual que pasen el 99% del tiempo con el móvil en la mano: cuando lo intentas jamás contactas a la primera. Entre otras cosas porque tienen el timbre en modo silencio, porque, ya saben, llamar es intrusivo.
Hace poco leí que los Gen Z encuentran las llamadas «impredecibles y exigentes», como si relacionarse a través de una conversación oral requiriese instrucciones previas. «Voy a llamarte a tal hora para que hablemos de tal cosa».
Eso sí: ellos no reciben llamadas porque son invasoras de su paz mental (aunque pasen horas agarrados al TikTok), pero sí tienen todo el derecho a contactarte a cualquier hora con un «mamá / papá» que te deja el corazón en un puño pensando que algo grave ocurre (spoiler: necesita que le compres algo o que vayas a buscarle al cine porque llueve) o con un «¿qué hay para comer?» a media mañana. Y aquí llega lo mejor: su llamadas sí son importantes, y no atenderlas, un desprecio supremo.
El móvil, que se suponía iba a facilitarnos la comunicación familiar, ha resultado ser el tribunal donde se juzgan nuestros delitos semióticos. Una mala puntuación y estás condenado. Un tono inapropiado (aunque no exista entonación en un texto) y eres culpable. Una llamada telefónica directamente es destierro social. Un gif incorrecto, o pasado de moda, te condena al ostracismo o a la burla inmisericorde.
El punto final significa amenaza, pero un «ok» vacío de emojis es mensaje de amor. Y así vivimos, en un universo paralelo donde las reglas básicas de la civilización no se aplican si el trasmisor tiene menos de 20 años. Mientras tanto, los adultos intentamos adaptarnos a este nuevo código morse adolescente. Los padres somos como esos turistas en un país extranjero sin guía: sabemos que hay reglas, intuimos que las estamos rompiendo constantemente, pero nadie se detiene a explicarnos en qué consisten.
Punto final.
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